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Dredd

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Un reinicio en toda regla es lo que propone “Dredd”, re-adaptando a la pantalla grande los personajes del comic creado por el británico John Wagner, haciéndonos olvidar la irrisoria versión noventera interpretada por Sylvester Stallone con un buen tándem de acción y explosiones sin concesiones, algo para  agradecer en los tiempos que corren.

En un futuro decadente y sumido en el crimen, los “jueces” son los implacables ejecutores de la ley en las calles, con la autoridad para dictar sentencia, e incluso, matar cuando la situación lo amerita. El juez Dredd (Karl Urban), uno de los más respetados de la unidad, recibe a Anderson (Olivia Thirlby), novata que busca entrar al cuerpo de los jueces y que tiene como habilidad especial el poder para leer mentes. A ambos se les encomendará una sospechosa misión en uno de los peligrosos bloques ubicados en los barrios bajos de la ciudad, donde un par de jóvenes, victimas de una letal sustancia conocida como SLO-MO, la nueva droga de moda que provoca que el cerebro perciba el tiempo al 1% de su velocidad normal, los llevó a lanzarse desde las alturas. El trabajo se hace aun más dificultoso cuando Ma-Ma (Lena Headey), reina del crimen en el edificio, comience una mortal cacería contra los jueces.

El inglés Pete Travis, quien ya se encargara de películas como la excelente “Omagh” (2004), “Vantage Point” (2008) y “Endgame” (2009), realiza un notable trabajo impregnando a la cinta de una atmósfera sucia y decadente, muy en la línea de lo mostrado en “RoboCop” (1987), mezclado con la pulcra oscuridad de “The Matrix” (1999), en una refrescante cruza de estilos que, sumados a las bondadosas dosis de gore, hacen de “Dredd” una inesperada –y muy agradable– sorpresa. Un fenómeno más que irregular cuando la película sufrió una serie de retrasos debido a las re-filmaciones y cambios de último minuto, señales que suelen presagiar lo peor. Afortunadamente, “Dredd” salió airosa.

Tampoco es la panacea, pero sí es un filme bastante decente en su género. Quienes hayan podido visionar la locura de acción que es “The Raid: Redemption” (2011) –totalmente recomendable, por lo demás–, podrán encontrar muchas similitudes de la trama con la cinta que nos ocupa, claro que con un tratamiento mucho más occidentalizado y más balas que golpes de artes marciales. Con este antecedente, los momentos de acción se suceden uno tras otro, cada una con su factor explosivo particular que, añadidos a la dirección de Pete Travis, se transforman en secuencias espectaculares llenas de efectos y artificios audiovisuales.

Sin ser una superproducción, la película es inteligente al centrar la acción en un espacio cerrado con poca luminosidad, donde los acotados usos del CGI lucen esplendorosos ante la fiesta de estallidos. La prioridad está en lo artesanal, en las logradas explosiones de miembros y heridas infringidas con sabor a acción ochentera. En cuanto al montaje, este es concordante con el tono de la película, potenciando la paranoia que se vive en el edificio en la medida justa para no marear y dejar apreciar con claridad la cacería.

Karl Urban, quien interpretara a Eomer en la trilogía de “El Señor de los Anillos”, protagoniza su primer filme taquillero, y aunque su rostro esté cubierto por un casco durante la totalidad del metraje, el actor es capaz de entregar carisma a su Dredd, alejándose de la caricatura que realizó Stallone hace 17 años, para dar vida a un justiciero implacable. Olivia Thirlby, quien tiene más carrete como secundaria en dramas y comedias románticas, es la novata idealista que se ve obligada a sacar las garras ante la adversidad, con una interpretación solvente ante el poco desarrollo de personajes, que queda al debe para una eventual segunda parte que, de conservar el tono, se avista interesante en cuanto a seguir indagando más en el universo distópico en el que se sitúa la cinta.

Se puede criticar el desarrollo de la trama, donde los malos están destinados a perder desde un principio, y más que un choque de fuerzas, presenciamos el poder de la mano ajusticiadora de Dredd castigando al crimen con balas y sangre, que a fin de cuentas, es todo lo que esperábamos de una película de estas características. Si se busca acción, explosiones y grandes dosis de hemoglobina, “Dredd” es lo que están buscando.

Por Sebastián Zumelzu

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Cine

David Lynch: The Art Life

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David Lynch: The Art Life

A través de su filmografía, y con el reciente regreso de “Twin Peaks”, David Lynch ha demostrado ser uno de los autores más prolíficos y complejos de las últimas décadas. Desde su primer largometraje, “Eraserhead” (1977), que su imaginario significa entrar a mundo de sensaciones donde representaciones visuales de la psiquis se vuelven tangibles. Debido a lo intrincado que podría ser su forma de narrar, experimentar su obra exige conectar con lo sensorial, pues su trabajo busca crear reacciones y evocar emociones. El director de “Blue Velvet” (1986) y “Mulholland Dr.” (2001) ha sido capaz de construir un estilo reconocible gracias las características que su obra comparte, en un estilo vago e incierto, pero envolvente, donde lo inexplicable convive con personajes que se ven atrapados en mundos complejos.

Dirigido en una colaboración entre Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental “David Lynch: The Art Life” se centra en el trabajo artístico pictórico del cineasta, mientras se va creando un relato autobiográfico de sus primeros años formativos y su acercamiento al arte, sirviendo como puente entre sus inicios en esta disciplina y sus primeras obras cinematográficas.

Las conversaciones de tres años entre los realizadores y el director estadounidense son condensadas en una hora y treinta minutos, en un relato íntimo en la voz del mismo Lynch. El hecho que sea construido como un monólogo produce una atmósfera más natural y cercana con el director, así también adjudicando un punto de vista donde el espectador sólo observa cómo se mezcla su creación artística y su biografía. La voz en off de Lynch se hace omnipresente en un montaje que mezcla al artista trabajando en sus obras plásticas, en su estudio en Los Angeles –a veces acompañado de su pequeña hija, Lula– intercalando material biográfico como fotografías, videos de archivo y sus pinturas.

La autobiografía que acompaña el viaje visual habla de sus inicios, vida familiar, la relación con sus padres y cómo su influencia inevitablemente ayudó a formar su primera relación con al arte, siendo capturado por esta disciplina cuando decide mudarse a Filadelfia, donde pudo estudiarlo de manera profesional. Y es a través de todas estas experiencias e historias acumuladas que se juntan para inspirar gran parte de su trabajo, y cómo en el proceso de absorber, internalizar y plasmar se ha moldeado un imaginario enigmático y surrealista.

Claramente el foco de este registro documental está puesto en sus creaciones plásticas, concebidas a partir de distintos materiales y mezclando técnicas pictóricas que le dan la libertad de crear pequeños universos, en cuadros que perfectamente podrían ser sacados de alguna de sus películas. Por otra parte, los realizadores utilizan estas obras en el montaje no tan sólo como un apoyo visual, sino también para poder crear pequeños episodios visuales que enfatizan los relatos en off, y utilizando los textos que el mismo Lynch incorpora en sus cuadros, se destaca el estado emocional del relato. Por último, el uso de stop motion le agrega un dinamismo a la narración, haciendo de estas obras pequeñas escenas de la vida del artista, donde algunas de ellas contienen personajes que parecen atrapados en distintas realidades.

Este documental termina siendo un estudio del autor en un estado mucho más primitivo, además de una exploración íntima, donde se logra ver el mundo a través de sus ojos y se puede conocer con frescura una etapa de descubrimiento y creación artística. No es un retrato biográfico de principio a fin, tampoco se centra en una obra en particular, sólo es un acercamiento a procesos creativos desde una mirada de total naturalidad y comodidad por parte del cineasta.

Para entender el universo interior de David Lynch, y posteriormente apreciar con mayor profundidad su trabajo, es importante considerar todos los aspectos y los procesos de creación que lo han llevado a posicionar su nombre y ser poseedor de un estilo particular y reconocible. Así, este documental logra dar a conocer ese otro aspecto del cineasta, un lado que tiene relación con su configuración estética. Se vuelve importante conocer y revisar su filmografía, no necesariamente para poder entender este relato –sólo se cita a sus primeros cortometrajes y las primeras etapas de producción de “Eraserhead”–, aunque sí puede servir como complemento para enriquecer este acercamiento diferente y privado.


Título Original: David Lynch: The Art Life

Director: Jon Nguyen

Duración: 88 minutos

Año: 2016

Reparto: David Lynch, Documental

 


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