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Dos Tipos Peligrosos

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Concluido el período de estrenos con etiqueta Oscar, pocos directores de quilates se han asomado a la apagada grilla de películas en cines locales. Por ahí anduvieron con retraso Woody Allen y De La Iglesia, con puntualidad británica irrumpió Almodóvar y, para iluminar el circuito alternativo, apareció Godard, pero en general eso y poco más. Los viejos realizadores en buena forma, esos con décadas en el cuerpo, no abundan, y sólo un manojo de ellos alcanza a figurar en nuestra cartelera. Shane Black, 54 años, tiene una filmografía no muy voluminosa, con sólo tres cintas como director, pero es un tipo valioso que ha sido relevante a lo largo de las últimas cuatro décadas de cine. Tuvo un arranque soñado al debutar en 1987 con el guión de “Lethal Weapon”, para en la siguiente década convertirse en el mejor pagado de Hollywood en su rubro con tres títulos que, con el acontecer de los años, han ido viendo mejor apreciadas sus virtudes: “The Last Boy Scout” (1991), “Last Action Hero” (1993) y “The Long Kiss Goodnight” (1996). Su  primera realización en la silla de director, “Kiss Kiss Bang Bang” (2005), fue la eficaz prolongación de sus rasgos creativos, y ahora, tras su estimable paso por el pop corn –“Iron Man 3” (2013)–, vuelve con un filme que es una extraña delicia de principio a fin.

THE NICE GUYS 01La ciudad es Los Angeles y el año es 1977, época de oro de movimientos contraculturales, música disco y películas porno. El hombre, Holland March (Ryan Gosling), un investigador privado que, en medio de un trabajo encargado por una anciana, se tropieza con una misteriosa joven de nombre Amelia (Margaret Qualley). Coincidentemente, ella ya ha contratado los servicios de otro tipo que desempeña el mismo oficio, Jackson Healy (Russell Crowe), con el fin de que ahuyente a quienes andan tras sus pasos, por lo que se suscita la pugna entre uno y otro. Sin embargo, las tareas encomendadas toman bifurcaciones más complicadas, montándose una investigación a la que se une Holly (Angourie Rice), la hija del primero.

El primer estreno importante en semanas puede ser también una suerte de revelación para quienes tal vez esperaban que su director –que venía de dirigir una secuela de Marvel– y sus protagonistas –dos estrellas que cualquiera desearía reunir– respondieran con un entretenimiento que, nutrido de comedia negra, sólo quedará en un bonito intento. Pero, la verdad, nada de eso: “Dos Tipos Peligrosos” enseña que incluso en estos días es posible encontrar esfuerzos fílmicos de mediana escala con sustancia e impronta personal, y que incluso hoy se pueden ver 50 millones de la divisa norteamericana bien gastados.

THE NICE GUYS 02Asentada en una época idealizada y retratada en múltiples ocasiones en el cine, la película extrae lo que le sirve y proyecta su propio universo, en el que sus personajes peregrinan con libertad y se ven sucesos que desafían todo tipo de probabilidades. En base a eso, la cinta distribuye voluntades entre lo hilarante o derechamente lisérgico y el curso natural de la investigación, consumando una narrativa que no se pierde en su desplazamiento entre lo inaudito y lo peligroso. Plenamente concordante con eso es que su pareja de investigadores sea atolondrada y hasta disparatada, pero no incompetente, facilitando de ese modo que la historia pueda progresar (con lúcida acción y humor bien trabajado), pese a los arranques que se ofrecen con generosidad.

El viaje se toma su tiempo y parte importante de su goce reposa en el delicado tejido de la historia. Apuesta por descolocar, pero también por ofrecer algo palpable y significativo, y eso está presente en cada escena, lo que da cuenta de una construcción pulcra de parte de Shane Black y Anthony Bagarozzi. Tal rasgo es seguramente el atributo basal que la pone por las nubes respecto a “Central Intelligence”, la otra buddy movie de la semana (vaya coincidencia): la escritura y composición de cada pequeño momento, urdido para darle tiraje al disparate y al mismo tiempo a lo central, que se cubre de humo y parece irresoluble, pero que jamás se pierde de vista.

THE NICE GUYS 03Más volátil que corpulenta, la película es altamente efectiva en conseguir su cometido, por medio de dos protagonistas que tienen historia previa, un sustento, que los hace queribles, impredecibles e imborrables, y que, no definidos por estar en búsqueda de redención o encontrarse anteriormente condenados, siempre interesan y evaden la caricatura. A ellos se les añade Holly, un personaje cuya incorporación es como un juego en que ella parece estar retando las convencionalidades del género, arreglándoselas para entrometerse y ser gravitante. En efecto lo consigue, de modo tal que la historia de March y Healy no se comprende a cabalidad sin ella. Tampoco, ciertamente, sin las refinadas actuaciones de Russell Crowe y Ryan Gosling, en especial de este último, que tiene el personaje más suculento y que, con su descollante interpretación, debiera alzarse por adelantado como ganador del Globo de Oro.

A través de una escena vista desde la óptica de un niño, la cinta abre con la muerte de uno de los personajes que moviliza la trama. Hay sordidez, intensidad y distinción en esas imágenes, un botón del imaginario de su director, que a medida que va desanudando la trama reta permanentemente las expectativas del espectador. Sin pasarse de listo, engendra un filme que califica como imprescindible en estos tiempos. Un gran ejercicio que es como si los hermanos Coen hicieran una película de estudio sobre los años 70 en clave criminal, o como si “Inherent Vice” (2014) hubiera sido una obra encapsulada en el cine de género. Lo que aleja de todos modos a “Dos Tipos Peligrosos” de cualquier aproximación de ese tipo, es que el director, si bien concede que el mundo es un lugar cruel, hace que todo transite por su particular visión de la ternura y la lealtad. Sin esa candidez, no se entiende el cine de Shane Black, ni tampoco esta cinta.

Por Gonzalo Valdivia

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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