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Donde Habita El Diablo

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Dale con la burra al trigo. La única explicación posible para la llegada de títulos de terror con calidad nula a salas nacionales, sin ningún impacto de taquilla internacional o entre los fanáticos, es el éxito que tienen entre el público chileno. Se puede aducir que el fanático consume lo que sea, sin demasiada capacidad crítica, y en este sentido las distribuidoras sólo se hacen cargo de satisfacer la demanda con cintas disímiles, pero que cumplen el objetivo a la hora de la recaudación. El problema (y la oportunidad) de esta realidad, es poder constatar la decadencia de un género que, al salirse de las fronteras del cine B e insertarse en el mainstream hollywoodense, perdió toda la frescura, el riesgo y el impacto de cintas que exploraban con la saturación visual y expresiva del gore, la crítica social con elaboradas alegorías satíricas de la sociedad postmoderna. Ya nada de eso queda, por lo menos en el cine comercial, y este género se volvió una repetición constante de los mismos clichés, giros, personajes y tramas, tratando con una malentendida “novedosa” experimentación formal, la originalidad que hace años dejó de estar presente en las películas de miedo. En este contexto se inserta “Donde Habita el Diablo”, película de 2011 que llega a Chile, y que probablemente pasará sin pena ni gloria por las cadenas exhibidoras.

Es difícil una extensión de más de un par de líneas de la trama, porque simplemente no la tiene. Un grupo de parasicólogos (Fiona Glascott, Rick González, Michael O’Keefe) es convocado para investigar una serie de fenómenos paranormales en la casa de Alan White (Kai Lennox), un viudo reciente, padre de Caitlin (Gia Mantegna), una conflictiva adolescente, y Benny (Damian Roman), un niño de cuatro años. Y eso es todo, porque si se provee un detalle más de la historia, se estaría cayendo en el tan nefasto spoiler. Pero no se preocupe, al leer esta frase ya puede adivinar sin temor a equivocarse, cuáles serán los giros y las “sorpresas” que aportará el guión durante la hora y veinte minutos que dura la cinta.

¿Cuál es, entonces, la supuesta originalidad que se anuncia? El intento simplista de construir un relato utilizando el recurso formal y expresivo de las cámaras “reales”, instaladas por los mismos personajes, que intentan capturar a la presencia sobrenatural en acción. En cada esquina del departamento se colocan dispositivos de vigilancia, lo que junto a capturadoras de video portátil y fotográficas, aportarán el punto de vista desde el cual se observa la experiencia de los supuestos científicos y la familia. Lo que en el papel parece un acierto creativo, termina por dispararse en el pie, porque cada toma es un error, intentando buscar una justificación en lo “realista”, olvidando que en el cine la realidad es más un medio que un fin en sí mismo. Se olvida entonces la verosimilitud del relato, o la construcción de los personajes, que al ser tan burda termina por causar más risa que horror. Porque acá no hay más que efectismo simplista, como los golpes de sonido que se suceden a cada momento, intentando asustar por la mera sorpresa más que por el impacto de una trama sin sustancia.

Lo que más impresiona es la extensión de la cinta (una hora y veinte minutos), a la que le sobre tanto metraje. Las largas tomas de las cámaras de vigilancia tienen un aporte nulo, porque desde el principio hemos presenciado los fenómenos sobrenaturales que se cuentan y lo único que provocan es el deseo de estar en casa y poder apretar el botón Fast Forward en el control remoto. Donde debería primar la economía narrativa y visual, termina por presentarse una experiencia que fácilmente podría resumirse en un video de Youtube, o incluso a una imagen animada (gif) de las que abundan en Internet, donde aparece el fantasma de golpe luego de varios segundos sin nada fuera de lo normal.

Es así como, tras presenciar los hechos paranormales, las explicaciones seudo-científicas sepultan la intención de sostener la película, que termina por provocar más risas que miedo. El absurdo llega a su límite al ver que los supuestos garantes de la racionalidad y la explicación contrastada venida de la ciencia, son los primeros en recurrir a los “poderes” de un vidente o canalizador de energías del más allá. Es obvio que en ningún momento al cine se le puede pedir veracidad objetiva (ni siquiera a los documentales), pero sí se debe obtener, a lo menos, la tan esquiva verosimilitud. Jamás debe interesar creer que lo que vemos es real, sino que en su coherencia contenga tanta lógica, que sea imposible evitar la duda ante lo que presenciamos. Aquí no hay dudas, y con eso menos habrá sorpresa. Por eso, como las explicaciones agravan la falta, lo único que queda es reírse ante tan desastroso proyecto, o gastar el dinero de la entrada en algo más provechoso.

Por Juan Pablo Bravo

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Star Wars: Los Últimos Jedi

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Star Wars: Los Últimos Jedi

Enfrentarse al desafío de continuar el legado de la magnánima franquicia de Star Wars, es un reto que no sólo debe tomarse con precaución, sino también con valentía. “Star Wars: Los Últimos Jedi” se posiciona en la cartelera con el camino bien pavimentado. Tras la sorpresiva aparición de “The Force Awakens” (2015) y el arrollador éxito de “Rogue One” (2016), el episodio ocho tiene por desafío mantener (y elevar) la barra de calidad que sus dos antecesoras han cimentado. Así como sus protagonistas tienen la responsabilidad de hacerse cargo del lado luminoso y oscuro de La Fuerza, esta película tiene como meta no sólo entretener y dar taquilla, sino cambiar el paradigma con el cual la saga se ha abordado en sus cuarenta años de historia.

La película retoma donde nos dejó el episodio VII. La primera orden ha destruido a la nueva República y, a pesar de haber perdido la base Starkiller, su superioridad militar respecto a la resistencia deja a los rebeldes al borde de la desaparición. Por otro lado, la chatarrera sensible a La Fuerza, Rey (Daisy Ridley), intenta traer de vuelta a la resistencia al legendario y deprimido Jedi, Luke Skywalker (Mark Hamill). La paz en la galaxia pende de un hilo y las fuerzas de ambos bandos se jugarán todas sus cartas en un choque inevitable, del cual uno de los dos no saldrá bien parado.

La trama de “Los Últimos Jedi” no deja espacios para respirar. Juega a tres bandas argumentales que consiguen conjugarse con la armoniosa astucia que sólo Disney parece conocer: la tensa acción, la sensible introspección y la rápida comedia. Porque sí, “Los Últimos Jedi” encaja perfectamente en la efectiva fórmula de las películas de Marvel; un equilibrio eficaz entre el vértigo, la intimidad y el cómodo drama, todo condimentado con amplias dosis de risas fáciles. Gracias a esto, la trama planteada por el director y guionista, Rian Johnson, consigue avanzar rápidamente y no deja muchos momentos para la discusión (aunque después del análisis ciertas cosas no cuadran mucho). Aun así, la historia se hilvana perfectamente con la línea editorial planteada en “The Force Awakens”, o más bien consigue madurar esas directrices y las empuja hacia los límites que su cinética narrativa permite. El guion avanza en tres líneas narrativas que progresan con una lógica aceptable y que consigue sumergirnos en el suspenso, la intriga y, sobre todo, la sobretonal emoción que la película pretende ostentar.

Los personajes se dividen en dos grupos claramente definidos: la nueva generación y las antiguas leyendas. Finn (John Boyega) y Poe Dameron (Oscar Isaac), rostros habituales, encabezan cada uno un arco argumental cargado de tensión y contratiempos. Finn juega un papel fundamental en el desarrollo de la trama entre la resistencia/primera orden y, aunque sus acciones se delimiten más por el azar que por mérito propio, consigue desarrollar una historia funcional y sin vueltas muy complejas. Dameron, por otro lado, finalmente protagoniza la trama que se le debía desde el episodio pasado y, como comandante de la resistencia, se enfrenta a decisiones morales que conllevan a enfrentar un tópico recurrente en el universo Star Wars: la impetuosa juventud versus la sabiduría que da la experiencia ¿Qué es más necesario, mártires o líderes? Una reflexión que la franquicia había obviado y que, por fin, se materializa con orgánica eficacia en la trama del piloto más hábil de la resistencia.

Pero todo esto no es más que un acompañamiento para lo realmente interesante, Rey y Kylo Ren (Adam Driver), quienes se roban toda la atención del filme al ser, quizás, los personajes de la franquicia fílmica que mayor conexión tienen con La Fuerza. En este punto, Johnson consigue un sorprendente manejo del suspenso y la inmersión. Nos mantiene capturados durante toda la película en espera a ver cómo se resuelven las dudas planteadas en el episodio anterior y consigue cosechar un crecimiento, si bien no sobresaliente, al menos creíble de sus nuevos héroes. El manejo del misterio y la intriga en la trama de los dos sensibles a La Fuerza es el punto más destacado de esta historia, la cual no termina por sorprender, pero si consigue coherencia y solidez respecto a los personajes que construye. Rey evoluciona, con sentido y razón, pero sigue siendo un personaje plano y bidimensional, mientras que Kylo Ren no hace más que avanzar, a veces desde la puberta hipérbole, como el gran protagonista de la nueva franquicia.  Ambos son los indiscutibles líderes de esta nueva camada de películas, quienes, en distinta medida, mantienen con vida la ambigüedad que implica La Fuerza, la luz y el lado oscuro; lo correcto y lo necesario.

Por otra parte, es imposible obviar a las leyendas Luke Skywalker y Leia Organa (Carrie Fisher). La princesa cumple su rol como general y personaje de apoyo, mientras que Luke, en esta faceta decaída y cabizbaja, entrega una interesante interpretación como último y decadente maestro Jedi. En este punto vale la pena detenerse, pues Disney parece no tener escrúpulos en volver evidente su divorcio con el legado de George Lucas y continuar con su insípido manejo de los personajes clásicos. Los hermanos Skywalker tienen limitados momentos propios a lo largo del filme, pero, por cómo se les aborda, pareciera que cuarenta años de legado súbitamente han desaparecido en provecho de los nuevos protagonistas. Asimismo, los secundarios “de antaño” han desparecido casi por completo y sus participaciones son limitadas a la comedia y los gags. Una lástima.

En lo técnico la película es un acierto en todas sus áreas. Fotográficamente, la madurez de la saga salta a la vista. Diversos fotogramas nos entregas variadas metáforas visuales que nos hablan del mundo interno de los personajes, como la frustración que siente Luke o la soledad que rodea a Rey y Kylo. La música, a cargo del maestro John Williams, se empareja con el montaje y levantan escenas enteras, entregándonos un espectáculo de vértigo, suspenso y emociones.

Visualmente el filme es un éxito en justa regla. La brutal pericia de la post producción demostrada por LucasFilm en las dos entregas anteriores alcanza su peak en este momento, dando vida a mundos llenos de detalles (el caso de los planetas) y dotando de espectacularidad toda la marcialidad de la Nueva Orden. En terrenos espaciales, las batallas están logradas bastante bien y, aunque limitadas, divierten dentro de lo posible. En general los combates, espaciales y terrestres, no son el plato fuerte del filme (en comparación con la suprema “Rogue One”), no así las coreografías e intrépidas batallas de sables láser y similares, las cuales deslumbran gratamente. Esta es una película que visualmente envejecerá muy bien y cuyos méritos en ese apartado no pasan solamente por la solidez de sus efectos especiales, sino también por la clara sensibilidad detrás de su visión fotográfica y su armado de montaje.

“Los Últimos Jedi” finalmente se libera de la mochila que implica cargar con ocho películas en su espalda y, a la velocidad de la luz, emprende vuelo propio en pos de la nueva generación, tanto de héroes como de espectadores. Los tiempos han cambiado y así mismo lo han hecho las audiencias y los realizadores, por lo que es obvio que la narrativa de Star Wars mute hacia la sintonía de Disney y sus otras patentes: comedia fácil, villanos planos y héroes bidimensionales que coexisten en una trama de manual escrita por talentosos guionistas. Si “The Force Awakens” fue un evidente tributo a la trilogía original, “Los Últimos Jedi” toma limitados y puntuales elementos de la saga, les da identidad propia y consigue entregarnos algo jamás visto, nuevo y propio. Quienes esperen revisionar “The Empire Strikes Back” (1980), acá no la van a encontrar. La saga ha tomado su propia ruta y, salvo puntuales momentos, delimita un nuevo camino por el que continuará la franquicia; no hay vuelta atrás. El filme es el heredero perfecto para la línea editorial planteada en el episodio VII, la hija prodigio de la space opera de J.J. Abrams. Sea esto bueno o malo, sólo el tiempo lo dirá.


Título Original: Star Wars: The Last Jedi

Director: Rian Johnson

Duración: 152 minutos

Año: 2017

Reparto: Daisy Ridley, John Boyega, Adam Driver, Óscar Isaac, Mark Hamill, Carrie Fisher, Domhnall Gleeson, Benicio del Toro, Laura Dern, Gwendoline Christie, Kelly Marie Tran, Lupita Nyong’o, Anthony Daniels, Andy Serkis, Warwick Davis


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