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Directo Al Corazón

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“Escribes como John Lennon”, le asegura un director de sello discográfico a un promisorio cantante, allá por los 70. La comparación, junto con resultar algo exagerada,  compromete a quien sea que la recibe. En el caso de Danny Collins (Al Pacino) sirvió como nada más que puntapié inicial para una carrera que no tardó en estancarse en la comodidad, satisfecha con haber instalado unos cuantos hits que permitieran facturar hasta que los pies no se puedan arrastrar al escenario. El paralelo entre lo que pudo ser y lo que fue, lo revela un salto temporal de cuatro décadas, que muestra a Collins como un cantante de pop facilón, que aún encandila a costa de sus glorias pasadas.

DANNY COLLINS 01El punto de quiebre en una vida que luce como desaprovechada –que en la actualidad alberga los excesos y la esposa joven de rigor (Katarina Cas)- lo detona el regalo que le hace su amigo y manager, Frank (Christopher Plummer): una carta que le escribió de puño y letra cuarenta años antes el mismo Lennon. Para ese hombre que vive de manera tan desinhibida y despreocupada, tal revelación marca un viraje que lo lleva instalarse en un hotel en Nueva Jersey y a intentar establecer una relación con el hijo que nunca conoció (Bobby Canavale).

Las cosas en su lugar: el título que tiene acá el debut de Dan Fogelman sugiere una película más inofensiva y cursi de lo que realmente es. Cierto es que emerge como una cinta luminosa y optimista, un baño de energía ideal para ver en días sin mucho que hacer, pero también es indesmentible que se las arregla para anidar en su interior un interesante componente de cinismo. De que, está bien, es una historia de revancha, pero no prevalece el ánimo de aleccionar o pontificar sobre los vaivenes de la vida.

DANNY COLLINS 02Eso cuaja perfecto en una película que en ningún momento  pretende ser otra cosa, del mismo modo que su fanfarrón rockstar protagonista es consciente de su mediocridad, y que cuando se lanza en búsqueda de la redención no lo hace con propósitos completamente genuinos o con ambición de recibir todo. La respuesta a eso se encuentra, quizás, en que pocas películas de este tono menor han alcanzado una conjunción tan sólida entre el actor central con el espíritu y la ambición de la misma. De un modo no tradicional, “Directo al Corazón” marca cierta reinvención en la carrera de Pacino, como un actor que no teme, entusiasmado, ponerse ropajes de autoparodia. No hay momentos para mayores lamentos, parece decir la estrella de “Dog Day Afternoon” (1975), del mismo modo que su Danny Collins persigue otra oportunidad, pero sabiendo que la jodió hasta el fondo y la redención total no es posible. El guión no teme estrechar lazos con la vida de Pacino y ahí asoma, probablemente, lo más interesante de la cinta.

Naturalmente, la cinta funciona con menor jerarquía cuando irrumpen los clichés propios del género, que desatan con desconcertante facilidad nudos que en películas de mayor hondura serían cumbres inabordables. Y menos aun cuando el romance entre Collins y el personaje de Annette Bening pasa a DANNY COLLINS 03ser el foco de las luces. En ese plano, Dan Fogelman no tiene para ofrecer más que migajas. En un mero intercambio de líneas de manual, la cinta flirtea con películas mucho menos afortunadas, como “Love Punch” (2014), o todo lo que ha venido protagonizando Diane Keaton en las últimas dos décadas.

Pero “Directo al Corazón” está lejos de ser eso. Tampoco, por fortuna, es el regreso de una estrella de glorioso pasado o el rescate tardío de un tipo menospreciado en su momento. Es la historia de lo que decide hacer una estrella de medio pelo –que despilfarró un supuesto gran talento- al enterarse de lo que pudo haber sido su vida, desde una óptica que evidencia esfuerzos por tomar prudente distancia de la complacencia. Ese halo de desenfado se agradece en una película que, en otras manos, podría haber sido una lata tremenda.

Por Gonzalo Valdivia

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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