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Dioses de Egipto

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Deidades teniendo enfrentamientos a muerte. Un rey que somete a esclavitud a quien se le oponga. Un joven que intenta recuperar a su amada. Un dios esperando años para cobrarse venganza. Suena a una producción cargada de dramatismo que fácilmente podría ser un artefacto mareador y grosero. Una de esas cosas al estilo “Clash Of The Titans” (2010) y su secuela, “Wrath Of The Titans” (2012), que se le dan tan fáciles a la industria cuando se trata de hacer lo que puede con el argumento que pille. Pero los moldes y esquemas tan establecidos muchas veces están ahí listos para ser subvertidos o al menos no respetados, como comprueba Alex Proyas con su nueva producción, una película que no es un total sinsentido porque saludables cuotas de liviandad y autoconsciencia le confieren dignidad.

GODS OF EGYPT 01Osiris (Bryan Brown) se apresta a entregarle la corona del imperio egipcio a su hijo, Horus (Nikolaj Coster-Waldau), quien pese a sus ganas de disfrutar sin mucha responsabilidad parece estar preparado para asumir tal desafío. Cuando todo está listo, un invitado no esperado aparece en la ceremonia, Set (Gerard Butler), hermano y tío de los anteriores, para aguar la fiesta y quedarse con el trono, y luego llegar a completar más de un lustro sumiendo en la miseria al pueblo. En medio de esa amarga situación, reaparece para intervenir Bek (Brendon Thwaites), un joven que desea rescatar a su amada Zaya (Courtney Eaton) de la casa de uno de los principales colaboradores del actual rey, y que acabará intentando recuperar los ojos de Horus para conseguir su propósito.

Si un porcentaje muy amplio de realizadores de seguro habría llevado la historia hacia lo grotescamente épico, Alex Proyas se queda con aspiraciones harto más modestas e inesperadas. Aunque las frases excedidas en tintes dramáticos brotan en más de una oportunidad, y las secuencias de acción son generosas con el espectador ávido de espectáculo fácil, el ojo está puesto en otro lado. Las jugarretas comienzan en su dirección de actores, en la que hay indudablemente algo de fanfarronería, como de leve parodia hacia lo que haría el 99% de Hollywood con una historia tan boba.

GODS OF EGYPT 02Aquí nadie se desvive por parecer totalmente sumergido en su personaje. Todos asumen que la historia tiene bastante de ridículo y se enfilan hacia la aventura light y despreocupada. Si toca una escena de acción, se hace con profesionalismo, aunque siempre inyectando una porción de humor que no se siente desperdigada casualmente sino que provocada. En tanto si toca algo de mayor voltaje dramático, la cinta toma distancia, evitando comprometerse cínicamente con algo en lo que no cree; de alguna manera, siente tan poco suyo esos momentos de real drama, que ni siquiera se atreve a hacer el intento. Un gesto honesto que, sopesando ambas opciones, finalmente se alza como la mejor vía.

En concordancia a la distención perseguida, el casting es particularmente acertado. Por “Game Of Thrones” a Coster-Waldau es inevitable asociarlo a la imagen del villano, y a Gerard Butler, especialmente por  “300” (2006), el rol de machote recio es difícil despegárselo. En la película, mientras el primero juega con eso encarnando a un personaje que debería hacer el bien pero es más bien un antihéroe, el segundo se lo pasa en grande con un personaje que es sólo deseos por inflar su ego y que maneja una crueldad que no se manifiesta en poner cara de malo de cuarta, bastándole marcar sólo un gesto durante todo el filme. Otro que se lo pasa estupendamente y sigue el juego es Brendon Thwaites, quien firma una de las actuaciones menos plásticas e impostadas que se recuerden en un papel así. Pero nadie parece disfrutarlo más que Geoffrey Rush, quien se revuelca en la caricatura y brinda el contrapunto ideal a dos momentos en que la trama parece inclinarse hacia lo catastrófico.

GODS OF EGYPT 03En este feudo de la autoconsciencia y saber reconocer cuando lo propio es exiguo, se ubican bien alineados a la propuesta los decorados y vestuarios chillones y sobrecargados, que adquieren pleno lucimiento en especial en la primera fracción de la cinta, poco antes de que más de una muerte se suceda y el panorama se ensombrezca. La película, por cierto, hace oídos sordos ante esas ventiscas de oscuridad y no deja de ser un producto ligero y simple. Más allá de las escenas de acción de rigor, tiene clara su moral. Son, finalmente, las decisiones del australiano Alex Proyas –nacido, curiosamente, en Egipto–, quien si bien no prometía ser un director de extravagancias como ésta allá por 1994 cuando estrenó “The Crow”, lejos de ser centro de lamentos, con su singular impronta actual firma un caso más peculiar que triste.

Si a la postre “Dioses de Egipto” no se ubica como una buena opción de matinée es porque, aparte de estar poco pulida en sus vértices más dramáticos y sustanciales, inevitablemente el espectáculo termina comandando. No esos insólitos diálogos entre Horus y su antigua pareja, ni tampoco los de éste con el joven Bek, ni las divertidas disputas entre tío y sobrino, sino que las luces, los fuegos artificiales. Tal vez no le quedaba otro destino a una película de este presupuesto con una historia así. Dentro de eso también figura que seguramente sea olvidada pronto, si bien su completa falta de pretensiones y total conocimiento de lo que es, la hacen un producto bastante distinto del que prometían sus avances y clips. Por fortuna.

Por Gonzalo Valdivia

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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