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Día del Atentado

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El poder de las películas de contener mensajes en las historias que nos muestra es quizás su mayor valor. Es la verdadera historia dentro de la historia, aquello que no se nos dice o no se nos muestra, pero que entendemos de todas formas al levantarnos de la butaca. Es lo que nos llevamos con nosotros, con lo que podemos estar de acuerdo o no, algo que nos puede hacer pensar o reflexionar. Si el cine de Hollywood muchas veces peca de no tener mensaje o de tener uno burdo o trillado, eso no significa que no haya ejemplos donde pueda tenerlo. Y es especialmente más cuidadosa la forma en que deben tratar lo que transmiten cuando se ficcionaliza la realidad a través de un medio que inherentemente rechaza la objetividad. Es mayor el cuidado que se exige cuando son casos polémicos o políticos, de difícil resolución o donde hay diferentes perspectivas. Todos podemos estar de acuerdo con que un bombardeo es inexcusable, pero ¿qué se dice una vez que ya se dijo eso?

La película cuenta los hechos circundantes al atentado en la Maratón de Boston en 2013, donde estallaron dos bombas que dejaron tres muertos y cientos de heridos. Los responsables fueron un par de hermanos de origen ruso seguidores del islam radical, que actuaron de forma independiente y fueron rápidamente encontrados por las autoridades, desde quienes está contada la historia. Vemos los hechos ocurridos a través de quienes afectó la tragedia, un elenco coral que incluye al personaje ficticio del policía Tommy Saunders (Mark Wahlberg) y a actores que interpretan a víctimas del atentado, así como personas reales que tomaron parte en la búsqueda y captura de los adjudicados con el crimen.

La película corre bien, y ciertamente evita caer por la mayor parte en la explotación evidente de víctimas y en adoptar una postura patriota demasiado declarada. El director Peter Berg, quien en su filmografía ya había ahondado en las relaciones norteamericanas con el Medio Este, tiene una buena mano y sutileza suficiente como para crear un relato entretenido, con diálogos realistas, atención al detalle que ayuda a caracterizar personajes e incluso un sentido del humor proveniente de lugares verdaderamente humanos con los que es fácil identificar. Berg usa su cámara de forma referencial, adquiriendo distancia y por lo general no es tan obvio en su discurso: no cae en didacticismos y antepone la entretención esperable de una cinta de Hollywood. Dentro de todo, “Día del Atentado” es una película sutil, una buena cinta, pero por lo mismo más peligrosa.

El discurso más presente -que incluso es verbalizado por el policía de Wahlberg en una secuencia- es que el espíritu humano se puede mostrar inquebrantable en momentos de crisis; que mientras haya amor, no podremos ser vencidos. Y, asimismo, cuando vemos entrevistados reales que cuentan su historia, el que más afecta es el de una pareja de corredores que perdió sus piernas. Hablan sobre cómo el hecho los movió a intentar hacer del mundo un lugar mejor e invita a ser embajadores de paz. Es un mensaje que llega, se entiende y se siente, y una conclusión admirable de víctimas que no tienen responsabilidad absoluta en los hechos objetivamente indefendibles que los afectaron.

Pero el discurso no se queda sólo en eso. Otros entrevistados y personajes hablan de la necesidad de defenderse, de que están bajo amenaza constante, que el bien vencerá al mal, que el amor es la única arma y que con él jamás les ganarán. Y eso automáticamente implica un enemigo. La película no reconoce los conflictos mayores, políticos e históricos detrás del hecho que presenta y, mientras los reduzca a una batalla del bien versus el mal, indica que tiene que haber un ganador y que hay que derrotar al bando contrario, aunque sea con la misma violencia con la que los atacaron a ellos.

Los responsables del atentado jamás adquieren una postura o punto de vista en torno a lo que hicieron. Son los personajes menos desarrollados: un par de jóvenes ignorantes que hicieron lo que hicieron sin mayor motivación y sin un discurso más que un miedo conspirativo que la cinta desestima. En paralelo, vemos en las secuencias más melodramáticas las conexiones personales y esperanzas de aquellos ciudadanos del lado “correcto” del debate, aquellos que sólo intentan hacer lo mejor en una situación desfavorable, que son los que la película sí decide humanizar e incluso explotar con el fin de conmover. Y todos sabemos cómo la historia termina: las autoridades matan a un culpable y atrapan al otro (a quien no volvemos a ver tras el arresto, exceptuando por un cartón que nos tranquiliza diciendo que aún está esperando su sentencia de muerte) y los estadounidenses se abrazan en cámara lenta al volver con sus familias antes de asistir a un gran evento que honra a los héroes que trajeron de vuelta la paz a las calles. El amor del que la cinta habla no incluye comprensión por el otro, no se extiende más allá de quienes piensan diferente a ella, no tiene como fin la búsqueda de paz que dice tener.

Si se busca celebrar el espíritu de un pueblo afectado y de quienes salieron adelante, no hay problema mayor con eso. Si se quiere hacer un recuento de hechos reales con connotaciones políticas, y se realiza con la responsabilidad que aquello implica, tampoco es problemático. Pero la ficción es un arma poderosa que conlleva una responsabilidad, y Berg intenta ganar desde cada flanco, se mete en las patas de los caballos, apunta con el dedo y hace acusaciones, sin embargo, reduce implicaciones y motivaciones, y sentimentaliza otras. Su discurso es tan americano y autoritarista como cualquier película que fuese más burda y clara en sus intenciones, pero al esconderlo detrás de un apto manejo audiovisual la propaganda queda oculta, especialmente porque termina estando más elaborada y reforzada que el discurso de amor y unidad que también intentó incluir, y en el que probablemente también cree. Pero no se puede tener ambos.

Por Ignacio Goldaracena

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