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Cine

Despedida de Soltera

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Es una idea convencional que la autoría en el cine está principalmente liderada por hombres, sin embargo, también es verdad que las mujeres son protagonistas de numerables producciones cinematográficas notables. Basta con echar un vistazo a las filmografías de Almodóvar, Allen, Bergman, Buñuel, Godard, entre otros. En las obras de estos autores vemos mujeres que se rebelan en contra de lo establecido, muchas veces tratando de guardar las apariencias dentro de un sistema que les impone reglas claras y rígidas.

BACHELORETTE 01En el último tiempo, el cine hecho por mujeres que cuenta historias sobre ellas mismas se ha multiplicado de manera considerable, dándole un nuevo y notorio punto de vista a este tipo de entregas. Ejemplo de ello son realizadoras como Miranda July, Isabel Coixet, Lucrecia Martel o la chilena Alicia Scherson. En “Bachelorette” (2012), ópera prima de Leslye Headland, vemos cómo a veces el cine sobre mujeres hecho por ellas mismas no es necesariamente el más feminista. A través de una historia romántica empapada de humor negro, estructurada bajo el cine de género hollywoodense clásico, la mirada de la directora está puesta de tal forma que valida el rol femenino impuesto por la sociedad norteamericana contemporánea.

La película cuenta la historia de una mujer con sobrepeso, Becky (Rebel Wilson), quien está a punto de casarse con Dale (Hayes MacArthur), un hombre joven con “buen físico”. A la boda asisten sus mejores amigas de secundaria como damas de honor. Regan (Kirsten Dunst) es la principal y está encargada de organizar la ceremonia, pero está secretamente resentida por el hecho de que ella no es la primera en casarse, mientras Gena (Lizzy Caplan) es una mujer de cáscara dura, llena de sarcasmo y que aparenta ser muy inteligente, aunque en realidad esconde una herida romántica que no sana desde la adolescencia. Y finalmente Katie (Isla Fisher) es una mujer muy atractiva que sólo vive para drogarse, tener sexo y reír todo el día. Becky insiste en mantener una despedida de soltera tranquila, pero sus amigas le preparan una celebración sorpresa. Las cosas se ponen subidas de tono e BACHELORETTE 04incontrolables: las damas de honor terminan contratando un stripper que humilla a Becky por su obesidad y luego, sin que ella se dé cuenta, arruinan su vestido de novia accidentalmente justo la noche antes de la ceremonia. Es a partir de este hecho que se genera la trama principal: tratar de arreglar el vestido de Becky corriendo por Manhattan, mientras ellas tratan de arreglar sus vidas para adaptarlas a tradiciones y apariencias que no les encajan naturalmente.

Acá todo se sostiene en la ilustración estereotipada de uno de los rituales estadounidenses más tradicionales y frecuentemente utilizados en el cine: el matrimonio, abordado desde un punto de vista que deja en evidencia un contenido ideológico bastante marcado de lo que tiene que ser la mujer. El resultado es que la película no logra cumplir con sus pretensiones por ninguna parte, ni por el lado de una mujer rebelándose contra el machismo opresor bajo un cine de autora, ni por el de la construcción de una buena comedia de humor negro, ni menos mostrándonos un relato sensible y empático con la causa feminista. Las protagonistas de la historia son mujeres competitivas, egoístas y muchas veces cínicas. Pareciera que el vínculo que las mantiene unidas no fuese más que la convención social y la costumbre, pese a su falta de tino que muchas veces les lleva a saltarse las normas políticamente correctas, ellas quieren adaptarse y su última meta es perpetuar esa parte del “sueño americano femenino”: casarse con el hombre ideal, tener muchos hijos y vivir en un suburbio de población blanca, es por eso que luchan y en eso se diferencian bastante a la Severine de Buñuel en “Belle De Jour” (1967), o a la Christine de Renoir en “Le Règle Du Jeu” (1939), éstas últimas se mueven en un sofocante mundo de apariencias al cual ya no quieren pertenecer y su liberación final es cuando se enfrentan a su propia verdad y la eligen como camino de vida, a pesar del juicio que pueda recaer en ellas. Esa valentía, ese heroísmo, no se encuentra presente en los personajes que construye Headland.

BACHELORETTE 02Por otro lado, el humor negro no ayuda. Como se nos lleva a un punto final en el que se perpetúa y se valida al sistema social que hace sufrir a los personajes, este humor carece de una crítica profunda y termina convirtiéndose en una burla fácil, en una serie de gags de mal gusto. Lo peor de todo, es que ese insulto gratuito hace que la película a veces se torne increíblemente misógina y machista. La risa aparece entonces por pequeños intervalos, incómodamente y la entretención no es segura, menos aún para una audiencia culturalmente lejana al rito en que se basa la historia.

Más allá del análisis ideológico de la trama, tenemos un guión flojo y ambiguo en el cual muchas de las soluciones a las sub-tramas se van resolviendo de manera artificial e inesperada, dándole poca consistencia al drama. La historia no convence, no podemos creer cómo Becky puede seguir confiando en amigas que a todas luces no la quieren más que por conveniencia o costumbre, menos podemos comprenderla cuando aparece sólo al principio y en los últimos minutos de película. Así con casi todos los personajes de los cuales no sabemos casi nada, una excepción puede ser el personaje de Gena, de quien se desprende una sub-trama amorosa mejor desarrollada.

BACHELORETTE 03La película tiene un reparto de buena calidad, aunque la dirección de actores tampoco pareciera brillar tanto como se quisiera, en esto se nota también una falta de decisión por parte de la directora que se refleja en el todo de la puesta en escena, ese estar entre la película de género clásica y una obra independiente de autoría que podría tener cabida en el festival de Sundance (donde tuvo su estreno), entre un estilo cómico caricaturesco y un realismo crudo.

Con “Bachelorette” podemos darnos cuenta que muchas veces el cine moldeado por una sensibilidad humana en general, independiente del sexo del que provenga, puede ser más fuerte que cualquier discurso disfrazado de feminismo que quiera hacernos creer lo que realmente quiere o siente una mujer, y nos invita a estar atentos a las veces que podríamos estar trabajando inconscientemente para el enemigo que tratamos de atacar.

Por Felipe Garrido

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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