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Dallas Buyers Club

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El tema que decidieron darle a la recién pasada ceremonia de los Oscar, buscaba conmemorar a los héroes de las películas: Superhéroes, antihéroes o simples líderes, pequeños o grandes, que marcaron una diferencia para alguien o para algo. Parece adecuado entonces que las dos interpretaciones masculinas que se llevaron el galardón fueran las de Matthew McConaughey y Jared Leto, que en “Dallas Buyers Club” interpretan justamente eso, dos personas simples haciendo una gran diferencia para una comunidad entera.

DALLAS BUYERS CLUB 01Ron Woodroof (Matthew McConaughey) es un vaquero de rodeo texano drogadicto y homofóbico en el Dallas de 1985. Cuando una de sus numerosas conquistas le contagia VIH y recibe el diagnóstico, sabemos que estas son malas noticias para Ron, pero no simplemente por el hecho de que le anunciaron que le quedan 30 días de vida. Para el hombre, el sida es una enfermedad de homosexuales y él se rehúsa a estar asociado con ella. Cuando su salud empieza a deteriorarse, se alía con Rayon (Jared Leto), un paciente travesti con quien empieza a contrabandear fármacos ilegales en Estados Unidos, que ayudan a aliviar la enfermedad. Juntos crean un club en el que distribuyen la medicina a sus miembros, otros pacientes con VIH.

Las películas que abordan el tema del Sida suelen hacerlo con sutileza, como resguardándose ante una cuestión que incluso el día de hoy es tabú, con miedo de representarlo incorrectamente o de ofender involuntariamente. Esta temática suele ser relegada a cintas de corte independiente y estar ligada exclusivamente a personajes homosexuales. El camino que toma “Dallas Buyers Club” al respecto no difiere considerablemente de este patrón, pero se enfoca más en la universalidad de la lucha del protagonista, que en la comunidad que representa, presentándola de manera justa y sin emitir juicios sobre ella.

DALLAS BUYERS CLUB 03Lo más rescatable de “Dallas Buyers Club”, y lo que generó el interés inicial que la llevó lo lejos que ha llegado, son las actuaciones principales. McConaughey –desde que decidió hace poco más de un año empezar a exigirse como actor- hizo noticia por perder casi veinte kilos para interpretar el papel del moribundo texano, y Jared Leto también consiguió su buena parte de cobertura por la “transformación” que supone la interpretación de su personaje, pero estas actuaciones van más allá del mero cambio físico. Ambos trascienden los estereotipos en los que fácilmente pudiesen haber caído y enriquecen cada momento que comparten en pantalla. Ninguno niega los defectos de sus dañados personajes, McConaughey abrazando la ignorancia de Ron; Leto abarcando la testarudez de Rayon. Ver las interacciones de ambos, forzando la tolerancia mutua, empezando a agradarse y aprendiendo el uno del otro, forman los mejores momentos de la cinta.

Dicho esto, se siente como si McConaughey y Leto fuesen los únicos factores levantando la película. Es una gran historia aquella que busca contar “Dallas Buyers Club”, pero el problema es que los principales involucrados están operando a niveles muy dispares. Los actores mencionados (el resto no juega un papel predominante, con Jennifer Garner sintiéndose especialmente desperdiciada) están en plena forma y la dirección de Jean-Marc Vallée es lo suficientemente perspicaz como para optar por no lucirse y dejarlos hacer lo suyo, pero el guión parece traicionar a unos interpretes obligados a obedecerlo. Es plano y convencional, e incluye todas las escenas que se esperaría encontrar en una película como esta. Una historia así no necesita ser impredecible, pero cada escena está construida de DALLAS BUYERS CLUB 02forma tan poco sutil, que se dibuja muy claramente lo que se quiere obtener de ellas, y el orden en que suceden hace que la película sea carente de cualquier giro o sorpresa, llevándonos por el camino que sabemos que tomará. Para impedir que esto aburra, la propuesta de montaje es ágil y avanza con rapidez, pero más que agilizar la acción y acentuar el paso del tiempo, pareciera desdeñar los sucesos que se están contando y desproveerlos de relevancia.

El resto de los personajes son unidimensionales y no inciden mayormente en el desarrollo de la historia, desde los numerosos pero nunca amenazantes antagonistas, pasando por la pobre doctora de Garner como aliada solitaria, hasta una comunidad de enfermos con tan poco carácter e ímpetu, que hacen que la lucha del protagonista se sienta menos significativa de lo que es. Todos estos aspectos se vuelven especialmente molestos cuando se contrastan con el nivel en el que está trabajando la dupla principal, que se queda corta con el material que la rodea.

DALLAS BUYERS CLUB 04Aún así, se agradece que, por todas sus fallas, Vallée no juzgue a sus personajes y que, asimismo, no los enaltezca por sus méritos. Esta es una película noble, sobre personas imperfectas, acerca de desvalidos buscando hacer lo mejor en las peores circunstancias y que, operando fuera de la ley, logran marcar una diferencia con todo en contra, excepto las ganas de vivir. Eso es todo lo que se necesita para convertirse en héroes. “Dallas Buyers Club” tiene buenas intenciones, pero no puede evitarse el sentir que, además de sus dos impresionantes actuaciones, la película no sirve a la historia que está contando y que la mayor labor heroica de McConaughey y Leto es ser los únicos elementos redentores de una cinta que no funciona del todo.

Por Ignacio Goldaracena

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2 Comentarios

2 Comments

  1. Cristóbal

    05-Mar-2014 en 1:57 pm

    Peliculaza, en desacuerdo, la encontré magnífica, para mí debió ganar el Oscar. Detesto el ya cliché de “le faltó ambición” la encontré redonda

  2. Fantomas

    09-Mar-2014 en 9:21 pm

    Totalmente en desacuerdo, la encontre una excelente pelicula. Aparte de lo obvio de las 2 increibles actuaciones de Leto y Mcconaughey, la pelicula es una gran critica a la medicina como negocio.

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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