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Z: La Ciudad Perdida

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Cuando la perseverancia se entremezcla con la fijación y entonces la mente no distingue más entre ambas, es que se corre peligro. Porque desde ahí todos los medios, incluidos esos potencialmente riesgosos, se justifican con un apasionado discurso basado en el valor de la persistencia y la importancia de encontrar la vocación y el romántico concepto del sentido de la vida. Es seguro, sin embargo, que la gente irrevocablemente tenaz, como Percy Fawcett, en efecto hayan mirado este asunto a través del lente romántico. Encandilado en la magia de una vehemencia que le mataría, es probable que haya perdido la vida feliz y eso lo convierte en un afortunado.

Frustrado de que su contribución al ejército no eleve su rango, el cartógrafo Percy Fawcett (Charlie Hunnam) acepta el reto de explorar la Amazonia con tal de ponerle fin a una controversia fronteriza. El viaje, no obstante, lo llevará a descubrir restos que desentierran una civilización perdida. A partir de entonces, el afán de probar su existencia se convertirá en su meta de vida.

El director James Gray se toma un descanso de las tramas oscuras y los thrillers protagonizados por Joaquin Phoenix para sumergirse en el caso real del explorador británico, desaparecido junto a su hijo en algún rincón inexacto de la selva amazónica en 1925. El paso del tiempo no ha logrado extraer humo blanco respecto a la verdad del misterio, lo que desde luego ofrece material narrativo. El hecho de que el espacio físico sea la jungla sudamericana, exótica y salvaje para el ojo ajeno, aporta riqueza mítica a lo que fue un drama verídico, y Gray se fía de aquello como fascinante telón de fondo para construir su película.

“Z: La Ciudad Perdida” es de aquellos filmes de aventuras que intenta ser intimista y justo con lo que enseña; el motor es la sed de aventura del protagonista que lo tiene en constante ir y venir entre la civilización occidental y la naturaleza indómita, obsesionado, incapaz de saciarse. A raíz de este mandamiento, la película se preocupa de ilustrarnos el viaje per se desde la mirada de él y embriagarnos con esa perspectiva más que de hilar una línea de tiempo apasionante en términos técnicos de relato. Extendiéndose por más de dos horas, este embelesado carácter atmosférico –que como tal se presiente autoindulgente– amenaza con traspasar el límite de lo atractivo y rozar territorio fastidioso cada quince minutos.

Si bien arranca estilo “In The Heart Of The Sea” (2015), introduciendo un héroe subvalorado que deja atrás a su familia para embarcarse en un desafío que ensalzará su honor, todo bien impulsado como quien salta en trampolín para cruzar una reja, lo que sigue dista bastante de la cinta sobre Moby Dick, independiente del elemento fantasioso de esta última. Los puntos de tensión están, y la acción también, mas todo en su mínima medida para hacer avanzar la historia en vez de constituir esto mismo una herramienta en pos del espectáculo. No hay giros ni asombro ni enigmas, por lo menos nada en una proporción que importe. Si este ritmo, que se arrastra ligero, imperturbable y lineal, es un descuido o un capricho, no queda claro y, como fuere, la propuesta no es necesariamente negativa cuando se le toma el peso como conjunto.

Gran parte de las cualidades de la película responden al desempeño de Hunnam y esto aporta a equilibrar la balanza a tiempo. Se necesitan buenas actuaciones para alimentar una historia que se enfoca más en el ímpetu de un hombre que en el objeto de aquel ímpetu; Hunnam está sobrio, contenido y sensible a la motivación de su personaje. En su discurso pausado, que parece pesarle en la lengua, el actor transmite la fatiga de un sujeto en cuya obsesión se le irá la vida. Por su parte, Robert Pattinson, decidido a erradicar el recuerdo de aquel fatídico vampiro, personifica al colega de Fawcett debidamente peculiar e introvertido, coexistiendo junto al protagonista sin opacarlo, de igual forma que Angus Macfayden añade la cuota de desagrado. El factor dramático de Siena Miller como la esposa sorprende, y Tom Holland, una de las últimas buenas promesas, es refrescante en pantalla.

Hay una intención de discurso político sobre la postura condescendiente y egocentrista con que la historia occidental ha abordado la existencia de culturas diversas, pero no alcanza más allá de un pincelazo con afanes conciliatorios. Irrelevante, al fin y al cabo; no tiene caso cargarle una responsabilidad que no asume de veras. Sólo queda juzgar lo que sí se compromete con apostar: esta narración en mayoría amable del Amazonas, barnizada con el deslumbro de un hombre blanco que insistiría en seguir volviendo, a pesar de la amenaza, casi buscando perderse en ella. No se ejecutó perfectamente, pero está lejos de ser descartable.

Por María José Álvarez

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La Mirada Incendiada

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La Mirada Incendiada

Tiempos de dictadura, un hijo de exiliados políticos que vuelve a Chile por cuenta propia y un crimen de crueldad inconmensurable por parte de las fuerzas de orden. El tercer largometraje de ficción de la directora Tatiana Gaviola, “La Mirada Incendiada”, inicia con las palabras “Inspirada en un hecho real”, tomando como punto de partida el conocido Caso Quemados, atentado en el que Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas de Negri fueron víctimas de un ataque incendiario por parte de militares a plena luz del día en la vía pública.

Protagonizado por Juan Carlos Maldonado en el papel de Rodrigo, el filme prometía sin duda ser un aporte para la memoria de nuestro país, dada la historia en cuestión y su contexto, sin embargo, esta promesa metamorfoseó hasta convertirse no sólo en polémica, debido a la nula influencia que tuvo la familia de Rojas de Negri en materias de decisión cinematográfica, sino que también es una cinta que no cumple del todo con los objetivos que parece perseguir.

El inicio de la película muestra a Rodrigo volviendo a Chile con una cámara bajo el brazo y el propósito de desempeñarse cómo fotógrafo profesional. Tras andar un rato medio perdido, y luego de ser ayudado por una amiga vecina de su tía, logra llegar a la casa de esta y sus dos primas menores, quienes cariñosamente lo acogen a lo largo de la trama. Tras esto, se forjan lazos emotivos que dan cuenta de la personalidad dulce y templada del protagonista. De esta forma, se retrata claramente cómo Rodrigo influyó en la vida del resto de los personajes mediante escenas variadas, que muestran momentos íntimos en los que estos interactúan, desde conversaciones nocturnas y abrazos diurnos, hasta experiencias traumáticas que refuerzan vínculos.

A lo mencionado anteriormente, se suma la manera en que los personajes se comunican entre sí. Si bien, el guión resulta claro y conciso, los intercambios de palabras se articulan principalmente a través de diálogos medianamente breves y en ocasiones incluso un poco rígidos, cayendo en la sobre explicación del contexto dictatorial en el que ocurren los eventos una y otra vez, resultando en parte obvios. Además, el guión demuestra la clara intención de introducir gran variedad –y cantidad– de expresiones y/o dichos chilenos, dando así a entender una identidad lingüística acertada, que da cuenta de aspectos de nuestra cultura, pudiendo haber sido presentado de manera igualmente oportuna, pero a través de matices más sutiles.

Por otro lado, Rodrigo es retratado a través de conversaciones y acciones como un joven que no se encuentra realmente al tanto ni de la situación a nivel país, ni de las restricciones que esto implica, modificando el relato y añadiendo romanticismo mediante la presencia de un protagonista en parte inocente, que sueña con denunciar las injusticias del golpe sin pensar en repercusiones. En este sentido, resalta también el carácter poético que busca reflejar la voz en off de narradora de la historia –perteneciente al personaje de Carmen Gloria Quintana–, sugiriendo la existencia de una profunda relación previa al hecho incendiario entre Carmen Gloria y Rojas de Negri, interpelando acciones y decisiones tomadas por el protagonista. Esto agrega de manera similar un toque de romanticismo que resulta algo forzado y, sobre todo, algo lejano a la realidad de los hechos.

En cuanto a la atmósfera, la película logra reflejar el miedo colectivo y la tensión de la época, además de espacios y elementos característicos que resultan clave para retratar el período, tales como cacerolazos, protestas y allanamientos. Las escenas no son demasiado largas, por lo que hacen que la cinta sea dinámica y en su mayoría liviana, teniendo en consideración la carga del tema que trata. Sin embargo, esto mismo es lo que también genera que en algunas ocasiones se pierda un poco la continuidad entre una escena y la siguiente.

Por último, cabe destacar que, si bien las heridas dejadas por el flagelo dictatorial a lo largo y ancho de este territorio siguen estando cargadas de un rojo fresco y humeante, vale la pena que historias como estas vean a la luz en el formato cinematográfico, alimentando la memoria de nuestro país mediante expresiones artísticas cargadas de historia. Por desgracia, “La Mirada Incendiada” no cumple del todo con este objetivo, quedando al debe principalmente en temas de fidelidad con la memoria histórica nacional y la empatía hacia víctimas del caso, ya que, a pesar de que se deja en claro que el filme tan sólo se inspira en los hechos reales, este sin duda abre paso a preguntas que vale la pena hacerse. ¿Hasta qué punto es viable mezclar realidad y ficción? ¿De qué manera abordar temáticas delicadas de la manera más empática posible? Lamentablemente, en ese sentido “La Mirada Incendiada” desarrolla su narrativa omitiendo aquel elemento tan importante.


Título Original: La Mirada Incendiada

Director: Tatiana Gaviola

Duración: 102 minutos

Año: 2021

Reparto: Juan Carlos Maldonado, Catalina Saavedra, Gonzalo Robles, María Izquierdo, Cristina Aburto, Constanza Sepúlveda, Belén Herrera, Pascal Balart, Estrella Ortiz


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