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Toy Story 4 Toy Story 4

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Toy Story 4

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“Toy Story” es considerada la franquicia más importante de Pixar. Estrenando su primera parte en 1995, sirvió como un trampolín para la compañía, gracias a la creación de entrañables personajes e historias en un tono familiar, pero con gran profundidad para ser disfrutadas por adultos y niños. Tras una secuela brillante, “Toy Story 3” (2010) se planteó como el final para una trilogía que supo cohesionar una historia que aún seguía viva. Por lo tanto, producir una nueva parte se asomaba como una apuesta demasiado ambiciosa. Y es así como el estreno de “Toy Story 4” aparece como una sorpresa y un desafío, al tener que cumplir con lo que sus antecesoras habían establecido.

Ha pasado un tiempo desde que Bonnie adoptó los juguetes que una vez pertenecieron a Andy, y a Woody le ha costado aceptar su nueva vida y rol en los juegos de la niña. Pero cuando Bonnie crea a Forky a partir de desechos, Woody asume la responsabilidad de hacerse cargo del excéntrico juguete, quien pone en aprietos al comisario y lo empuja a una aventura donde podrá conocer un mundo mucho más grande del que ya conoce.

Pensar en una secuela a una cinta que ya se establecía como un cierre a una trilogía, podría inferir en el factor económico que mueve a la industria cinematográfica y la explotación de la nostalgia como un factor determinante al momento de regresar y expandir universos que alcanzaron un éxito en determinado momento. Afortunadamente, esta nueva entrega de “Toy Story” no pretende sólo descansar en la nostalgia; por el contrario, reflexiona sobre su propia permanencia en la cultura popular, evadiendo lo esperado y decidiéndose por expandir el territorio en el que ha transitado, y lo hace de manera confiada y sin temor a fallar en el intento.

Regresar a un mundo conocido, con personajes que han estado presentes durante veinticuatro años, pareciera ser una tarea fácil al no tener que introducir sus dinámicas o explicar cómo funcionan las reglas de este universo ficticio. Y aunque este pie forzado permite que el relato en esta nueva pieza de la saga se mueva con seguridad, al mismo tiempo existe el temor de agotar una idea que ha funcionado casi a la perfección en sus tres entregas anteriores. Sin embargo, la seguridad de Josh Cooley (director de esta entrega) y compañía permite que la inclusión de nuevos personajes se acople de forma natural al elenco de juguetes conocidos por el público, así la exploración de nuevos rincones en estos personajes otorga aires frescos y una renovación de las dinámicas exploradas en las cintas anteriores.

El hilo conductor continúa estando en las manos de Woody, quien sigue al centro del relato, pero esta vez los cambios que ha tenido que atravesar lo han llevado a cuestionar su propósito, asumiendo un rol y tomando responsabilidades que lo empujarán a poner en riesgo su propia existencia. Y aunque la saga de los juguetes que cobran vida cuando los humanos no los ven siempre ha tenido un tono amigable, donde la amistad es la temática más presente, esta también ha vivido cuestionando el rol que estos objetos tienen en la vida de los niños a los que le pertenecen, por lo que constantemente las aventuras que estos tienen bordean el peligro de seguir cumpliendo una función o ser olvidados en una caja, una repisa o la basura.

El encargado de provocar la nueva responsabilidad de Woody es Forky, una cuchara-tenedor creado por Bonnie en su primer día como preescolar. Woody entiende la importancia que Forky tiene para la niña, a quien le está costando acostumbrarse al nuevo lugar donde debe asistir, por lo que se empecina en enseñarle al extraño personaje lo que significa ser un juguete y el papel que tiene en el grupo de objetos con los que Bonnie se entretiene. El rol de cuidador de esta nueva adquisición y protector de Bonnie, le concede a Woody un nuevo rincón donde explorar su propio sentido de pertenencia y propósito.

La aventura de Woody tratando de rescatar a Forky trae de regreso a Bo Peep, quien da un salto desde su papel en la primera cinta, hacia un personaje mucho más complejo e interesante cuando se descubre su nueva vida y cómo esta ha logrado sobrevivir a los cambios de roles que sufren los juguetes. Este retorno permite que la cinta trabaje temáticas que socialmente están en discusión, pero son tratadas de tal manera, que no parece ser forzado, por el contrario, la cinta gana en frescura y vigencia. De esta forma, la adición natural de los nuevos personajes se beneficia de la modernización que rodea a una producción que fluye sin detenerse y logra cerrar su propuesta sin entramparse.

Si bien, el final de “Toy Story 3” exclamaba un cierre casi definitivo para el grupo de juguetes, la propuesta de “Toy Story 4” pareciera ser una suerte de epílogo de la saga, donde se puede identificar una discusión sobre su propia vigencia y legado. Y aunque sigue una estructura de rescate y aventura propia de las entregas anteriores, esta logra funcionar adecuadamente gracias al buen uso del humor, la dinámica de sus personajes, el cuidado trabajo visual y la carga emotiva que ya caracteriza a esta franquicia.


Título Original: Toy Story 4

Director: Josh Cooley

Duración: 100 minutos

Año: 2019

Reparto: Animación

 


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Mystify: Michael Hutchence

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Michael Hutchence

La mayor trampa de un documental musical es caer en el éxito objetivo más que en la potencia de los fracasos subjetivos. De hecho, cuando aquello ocurre, se olvida la fuerza de lo documental y se queda la predominancia de la música, de la figura, pero más allá de cualquier cosa, un hálito a discurso oficial que, pese a ciertos bemoles, no se advierte en “Mystify: Michael Hutchence”. Y eso es vital para que el trabajo evite quedarse a medio camino entre el brillo de una estrella de la música popular australiana y las tormentas que pueden aquejar a alguien que elige el aislamiento por sobre la petición de ayuda a los cercanos.

La historia de Michael Hutchence podría ser pensada como la del ascenso y caída de INXS, conjunto clave para el pop-rock australiano, con una influencia mundial que se desvaneció más rápido de lo debido. Pero lo cierto es que la vida de Hutchence, y todo lo que la rodeaba, exigía un trabajo puntilloso y bien hilvanado. Eso es lo que el director Richard Lowenstein comprendió a la perfección, desde el armado estructural de la trama hasta la sensible decisión de que el relato fuera coral, sin entrevistas en cámara, sólo material de archivo y entrevistas en off, lo que puede mostrar ciertas incongruencias a nivel de guion, pero sin duda que permite mirar con diferentes ángulos la vida de Michael.

En vez de mostrar los hitos de INXS, como haría un documental clásico, por ejemplo, “Queen: Days Of Our Lives” (2011), lo que se va construyendo en “Mystify: Michael Hutchence” es cada parte de la persona detrás de la carismática, sensual y misteriosa figura del vocalista de la banda. Sus relaciones sentimentales, incluyendo testimonios de parejas históricas, como Michelle Bennett, Kylie Minogue o Helena Christensen, van dando a conocer no sólo los detalles de esos pasajes de la vida de Hutchence, sino también construyendo las certezas y dudas que él tenía consigo mismo, generando un puente entre sus historias en el presente narrado y su pasado, sus raíces familiares, y también sus intereses más allá de la música.

Algo que llama la atención es el nivel de extensión del archivo propio que tenía Michael Hutchence, incluso en su adolescencia, con material en video que mostraba lo que había detrás de las imágenes ya conocidas, permitiendo así que el retrato sea aún más fidedigno porque no hay necesidad en rellenar el documental con registros en vivo o entrevistados en pantalla. En vez de ello, la presencia del cantante es intoxicante, con pocos respiros, en un cúmulo de información que aprieta el pecho y dificulta la respiración, entregando parte de la experiencia que implicaba para el protagonista ser parte de su propia historia.

El punto más cercano a la creación de una historia oficial sobre Hutchence puede ser la forma cándida en la que se habla de drogas en el documental, algo que puede llevar a equívocos respecto a la influencia de este tipo de sustancias en la historia general o en sucesos específicos. Pero, fuera de ello, los roces creativos, administrativos, sentimentales o familiares se exponen con la suficiente imparcialidad como para entender que había una acumulación de experiencias más allá de las drogas, y que tenerlas lejos de la mira no era un acto de saneamiento, sino que de perspectiva para comprender cómo una vida puede recibir tantos estímulos externos e internos, como para que las drogas no parecieran ser tan fuertes.

El mayor problema en este trabajo audiovisual –que en lo técnico está claramente pensado para una sala de cine, desde la mezcla de sonido hasta la disposición de textos en pantalla– está en el guion, que cae en las trampas del relato coral y deja cojas algunas patas de la historia. “Mystify: Michael Hutchence” es exigente porque la cantidad de información, descripción y emoción dispuesta en pantalla es grande, y puede ser un tanto desconcertante para quien no sea conocedor de la historia de INXS o de su protagonista, pero también es parte de la experiencia, que en este caso, tal como el título de la obra, intenta engañar a quienes creían conocer al artista sólo por la altura de su figura, dando cuenta de todo lo auténtico que en verdad tenía un creador cuya pérdida más terrible no es la musical, sino la humana.


Título Original: Mystify: Michael Hutchence

Director: Richard Lowenstein

Duración: 102 minutos

Año: 2019

Reparto: Michael Hutchence, Patricia Hutchence, Kylie Minogue, Helena Christensen, Bob Geldof, Paula Yates, Lesley Lewis


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