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“Sal”, la ópera prima del director Diego Rougier, llega a nuestras salas con el gran aliciente de ser “el primer western chileno” (aunque no es el primero). Denominación que perfectamente puede funcionar como arma de doble filo, ya que por un lado existe el entusiasmo y ganas de ver una versión “a la chilena” de uno de los géneros cinematográficos más importantes de la historia, pero también está el recelo que despiertan las incursiones “de género” en el cine nacional, donde la mayoría de las producciones suelen caer en el terreno de la mediocridad, con ideas interesantes que no logran cuajar en cintas cuya mayor virtud son las buenas intenciones. El filme de Rouger comparte estas buenas intenciones, y a pesar de contar con una serie de defectos, logra salir airosa.

La historia comienza en la ciudad de Barcelona, donde Sergio (Fele Martínez), guionista y director de cine, está tratando de sacar adelante un western, el cual pretende rodar en el desierto de Atacama. Viéndose sobrepasado por las críticas a su trabajo, Sergio decide viajar al norte de Chile, para re-escribir su película en el desierto más árido del mundo. Para su infortunio, llegará a un pueblo perdido, donde es confundido por un tal Diego, quien mantiene una enemistad de años con Víctor, el hombre más poderoso y violento del pueblo. Sergio deberá sufrir los clamores de la venganza, mientras asume el pasado del desconocido Diego, el cual lo convertirá en el protagonista de su propio guión.

Lo más destacable de “Sal”, es el amor y fidelidad que derrocha por el género al cual se subyace. Los rituales de rutina están en su lugar, al igual que sus arquetipos, dando forma a la típica historia del “extraño en tierra extraña”, escapando de un pasado oscuro, en este caso, uno que desconoce. La trama se desarrolla en base a esta premisa, sin entregar grandes giros, más allá de los propios del western, en una historia que no sorprende en su desarrollo, pero funciona. Es de agradecer también, el que la historia se sienta chilena. Es una película de pistoleros, claro está, pero tiene en sus personajes y puesta en escena, un aire criollo que se apodera de las convenciones y las hace suyas.

La ambientación y atmósfera de western, están logradas a cabalidad. Desde los títulos de crédito, pasando por la fotografía y la banda sonora. El diseño de las locaciones, y el mismo desierto de Atacama, recrean un escenario idóneo para el desarrollo de una película de vaqueros, y se convierten en uno de los aciertos de la película.

Lamentablemente, “Sal” adolece de una serie de detalles, que merman una historia que camina, pero a ratos, exenta de ritmo o interés por lo que está pasando en la pantalla. Sobran, a lo menos, veinte minutos de metraje, sobre todo en su segunda mitad, donde la acción da tumbos, y al estar frente a una trama tan convencional, el camino hacia el clímax se diluye en situaciones predecibles y mal resueltas. Un ejemplo de esto son las escenas de acción, las cuales carecen de tensión al estar tratadas de una forma aletargada. Esta bien querer despegarse de los cánones impuestos por la industria hollywoodense, pero las escenas de acción en “Sal”, no tienen emoción.

El elenco, encabezado por el español Fele Martínez, logra buenas interpretaciones, a pesar de no contar con grandes personajes. El único que posee una verdadera tridimensionalidad es Sergio, todos los demás están relegados a cumplir su rol arquetípico dentro de la trama, pero sin la suficiente sustancia como para que lleguen a sentirse personajes con capas. “El malo” es “El malo” y “El matón”, “El matón”. La más perjudicada es Javiera Contador, haciendo el papel de “La traidora”, con un personaje de lo más insípido, protagonizando los momentos más bajos del filme, entre ellos, la escena de sexo más falsa en la historia del cine chileno.

Aun así, “Sal” se salva de la quema, irónicamente, gracias a su guión, el cual cierra el círculo del personaje, y salvo un par de inconsistencias en la escena del clímax, la historia deja todo en su lugar, con una conclusión “de western”. Más allá de las buenas intenciones, Rougier logra su cometido, entregando una película que, sin ser una maravilla, es un western con todas sus letras.

Por Sebastián Zumelzu

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La Odisea de los Giles

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La Odisea de los Giles

Las problemáticas sociales provocadas por recesiones económicas han sido ampliamente utilizadas en el cine como elemento dramático que lleva los personajes a tomar medidas drásticas para mejorar su situación. “The Full Monty” (1997) es un buen ejemplo de esto, donde un grupo de trabajadores en la Inglaterra de 1972 es despedido y se ve obligado a hacer un show de striptease. La decisión narrativa de ambientar en ese momento histórico específico estaba justificada y permitía hablar sobre los problemas de ese período en Inglaterra, además de hacer un paralelo con la actualidad. “La Odisea De Los Giles”, a pesar de también estar ambientada en un momento específico en la historia de Argentina, toma una serie de decisiones que no le permiten llegar a su real potencial, tanto como película heist como reflejo de un momento histórico.

Fermín Perlassi (Ricardo Darín), junto a su esposa Lidia (Verónica Llinás), decide instalar una cooperativa en un pequeño pueblo en Argentina durante la recesión económica antes de “el corralito”. Luego de convencer a un colorido grupo de vecinos de unirse a su plan, es estafado por Fortunato Manzi (Andrés Parra), un abogado que se queda con todos sus fondos. Perlassi y compañía lo pierden todo, pero cuando, tiempo después, ven la posibilidad de recuperar lo que es suyo, deciden ejecutar un complejo robo al abogado que los estafó y les quitó todo lo que tenían.

“El corralito” y la estafa que permite funcionar como puntapié inicial para la historia es lo que debiera presionar a los personajes a tomar acción, sin embargo, nunca se siente que haya una real presión sobre los personajes para tomar la decisión de hacer el robo. Si bien, se nos comunica a través de una voz en off que los protagonistas lo han perdido todo y que la situación es realmente crítica, jamás se alcanza a percibir audiovisualmente y, de hecho, se muestra a algunos personajes en exactamente el mismo estado en que los vimos en un principio. Esto hace que haya poco en juego, e incluso en los momentos más críticos, cuando efectivamente el robo podría llegar a cancelarse, las consecuencias que esto tendría en los personajes parecen poco significativas. La crisis económica es poco aprovechada como elemento narrativo y se siente como una excusa para justificar la estafa y la posterior planificación del robo.

Por otra parte, los personajes secundarios están sumamente poco desarrollados, y casi todos se quedan en etiquetas como “el peronista”, “el anarquista revolucionario” o “la empresaria”. Si bien, esto se intenta justificar en el tono humorístico de la película, se pudo haber trabajado de mejor manera, particularmente el villano, que resulta sumamente caricaturesco, tanto en su actuación como caracterización, la que claramente busca hacerlo ver diabólico. En todas las escenas en que aparece hay un esfuerzo consciente por hacerlo ver lo más desagradable posible, lo que termina transformándolo no sólo en un personaje odioso, sino unidimensional. Perlassi, en una escena, le comenta a otro personaje que, parafraseando, la gente mala no sabe que es gente mala. Pues bien, Manzi es tan caricaturesco, que da la impresión de que lo supiera perfectamente. Fuera de esto, las actuaciones están bastante bien, pese al poco desarrollo de los personajes.

Visualmente es un filme sumamente promedio, no hay grandes decisiones de dirección más que contar la historia de forma clara y transparente, cosa que logra. Sin embargo, al no hacer hincapié en ninguno de sus elementos narrativos, no hay nada que sobresalga. No hay énfasis en el suspenso y la incertidumbre de si el robo funcionará o no, y no hay hincapié en los efectos de la crisis económica sobre el pueblo argentino. Esto, sumado a una banda sonora de estilo country bastante olvidable, hace que la película no tenga una identidad audiovisual clara o memorable.

Si bien, cumple con varios requerimientos de una película heist (subgénero que gira en torno a un grupo de personas que quieren robar algo), como tener un robo complejo con muchas piezas móviles y un grupo de gente con nada que perder, donde cada miembro tiene una labor específica, finalmente todas las decisiones estilísticas que toma la vuelven olvidable y poco relevante. Es como si, intentando apelar al mayor público posible, hubiera perdido todo lo que hacía que la historia fuera interesante.

“La Odisea De Los Giles” no termina de funcionar como dicho subgénero, ya que los stakes son muy bajos y los personajes están poco desarrollados, pero tampoco funciona como reflejo de la sociedad argentina de inicios de los 2000, ya que no hay suficiente énfasis en los efectos de la crisis sobre los personajes, a pesar de ser el puntapié inicial de la historia. Esto último es una lástima, ya que, siendo la cinta seleccionada por la Academia Argentina para postular a los Premios Oscar, deja mucho que desear.


Título Original: La Odisea de los Giles

Director: Sebastián Borensztein

Duración: 116 minutos

Año: 2019

Reparto: Ricardo Darín, Luis Brandoni, Chino Darín, Verónica Llinás, Daniel Aráoz, Carlos Belloso, Rita Cortese, Andrés Parra, Marco Antonio Caponi, Ailín Zaninovich


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