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Rocketman

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¿Quién es Elton John? ¿Podemos llegar a conocer a las figuras públicas cuya vida personal han expuesto para nuestro consumo? La respuesta, probablemente, es no, y por eso biografías, documentales y películas se empeñan en adentrarse un poco a responder la curiosidad del público. Pero finalmente cada obra es sólo la versión del autor sobre la figura y, aunque en el caso de “Rocketman” el mismo Elton John sirva como productor (además de sujeto) de la cinta y haya autorizado el relato, eso finalmente tampoco es suficiente como para afirmar saber quién fue, sino sólo una conjetura más.

La cinta nos presenta primero a Elton John (Taron Egerton) como un niño llamado Reginald Dwight. Una familia disfuncional, su talento incuestionable y una sensación de soledad son elementos que sólo irán incrementando y afectándolo más y más a medida que empiece a incursionar en la música, se mude a Estados Unidos y vea su carrera explotar. Vemos cómo poco a poco se va convirtiendo en el Elton John que tenemos en nuestro imaginario: un exuberante performer, dotado pianista y con una afición particular por vestuarios extravagantes e infinitos diseños de lentes de sol. Como respuesta al estrellato, en paralelo empieza el decaimiento, las inseguridades y la adicción, las cuales, aunque no son suficientes para destruir lo conseguido y manchar su estatus, tiñen los entretelones de su vida de una tristeza y miedo que lo acompañan durante gran parte de su fama.

Y ahí surge otra pregunta: ¿Cuál es el problema de Elton John? La película tiene varias ideas, pero no da una respuesta tan clara. Puede ser el abandono y la indiferencia de su padre, o la forma en que su madre siempre lo acompañó, pero resintiéndolo por tener que hacerlo. O podría ser el odio que el cantante se tenía a sí mismo, su relación con su sexualidad o la paranoia de que quienes lo rodean algún día lo abandonen. O una mezcla de todas las anteriores. La película muestra a un artista desestabilizado, que incurre en distintos mecanismos autodestructivos para sentirse mejor o para hacer un llamado de atención, aunque no tenga tan claro el porqué de este desequilibrio.

Más precisión no es necesariamente un requisito –después de todo, no es así como funcionan las enfermedades mentales–, pero esta falta de foco, además del no situar a su personaje en un período fijo en el tiempo, nos da pistas de que “Rocketman” no sabe muy bien qué historia está contando. La película utiliza una sesión de terapia grupal como marco global en el cual ubicar su trama. Este centro de rehabilitación, en el que John se confiesa como alcohólico, cocainómano, adicto al sexo y a las compras, da pie a los saltos temporales que nos cuentan su historia desde que era un niño que asombraba como prodigio del piano, hasta su fama internacional como uno de los artistas más lucrativos e importantes de la historia, pero todo atravesado por sus adicciones. Así, “Rocketman” bordea asuntos psicológicos importantes que, aunque la película no sepa poner en palabras, al menos se traducen en la actuación de Egerton y terminan siendo creíbles.

Ver a Egerton sonreír y correr frenético por el escenario segundos después de mirarse en el espejo con seriedad casi catatónica, es suficiente para sentir que entendemos qué es lo que le pasa al músico, y el actor lo comunica de una forma que, independiente de si le acierta a los manierismos que tiene que replicar, logra hacer real y emotivo cada momento del subibaja emocional por el que la película decide hacerlo pasar. Egerton lo interpreta como alguien temperamental, inseguro y dañado, que finalmente sólo está buscando el perdón hacia los otros y especialmente hacia sí mismo. Y ahí ya se nos empieza a dilucidar la respuesta a la pregunta que la película hace y que da pie a este texto.

La energía de Egerton está acompañada por la cámara del director Dexter Fletcher, que nunca está estática. El de la película es un dinamismo que no se siente gratuito porque esta se plantea como una máquina vertiginosa que, una vez que parte, no se deja de mover. Los años de fama de Elton John así fueron y un tratamiento más estático hubiese sido un deservicio para la figura. El frenetismo también tiñe los números musicales, que, junto con la actuación protagónica, son los puntos más altos de la cinta.

Cuando Egerton cubre las canciones más conocidas del repertorio, se deja la pretensión de realismo de lado para sumir al espectador en fantasías de una originalidad refrescante, con una imaginación para coreografiar que no se detiene en bailes y movimientos de cámara circulares e ininterrumpidos. El color –que en el resto de la cinta se utiliza más que nada para separar a Elton John del resto de los personajes– se apodera de la pantalla para que el protagonista cante a cámara, otros personajes se unan a la canción y los espacios físicos se desintegren según sea decidido. Es así como “Bennie And The Jets” toma lugar en una orgía y “Rocketman” parte desde un encuentro entre John y su versión joven bajo el agua, o como presentaciones del cantante tienen la capacidad de mover un pueblo entero a bailar o a dejar anonadado a un público que literalmente levita al escuchar la música del inglés.

Son los momentos más inspirados en una película que el resto del tiempo sigue muchas reglas del biopic tradicional (el descubrimiento del talento en la infancia, los hitos más importantes de su ascenso a la fama, matrimonios y separaciones con colegas), que peca de que sus personajes buenos sean sólo buenos y los malos sean sólo malos, que tiene más diálogo expositivo que no expositivo, y que bordea y menciona los puntos más negativos de la figura que retrata en vez de mostrarlos. A pesar de no caer en suavizar a Elton John de la forma en que otras películas recientes han decidido mostrar a sus ídolos, tampoco expone su decadencia completa, lo que en una película sobre adicciones se siente un poco tímido.

Independiente de eso, hay cariño y valentía en cómo se muestra al personaje, y un atrevimiento y un goce tanto en lo que los actores muestran frente a cámara como la forma en que se decide contar la historia. Es finalmente la razón por la que la gente quiere a este particular y carismático ícono que es Elton John, porque, aunque pueda conmovernos con una balada melancólica y el público sepa de sus recaídas, él no representa la tristeza, sino algo mucho más optimista: el ser uno mismo y disfrutar siéndolo, por más diferentes al resto que seamos y aunque no sepamos quiénes somos. “Rocketman” es una celebración de eso.


Título Original: Rocketman

Director: Dexter Fletcher

Duración: 121 minutos

Año: 2019

Reparto: Taron Egerton, Jamie Bell, Richard Madden, Bryce Dallas Howard, Steven Mackintosh, Gemma Jones, Tom Bennett, Kit Connor, Viktorija Faith, Charlotte Sharland, Layton Williams


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Toy Story 4

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Toy Story 4

“Toy Story” es considerada la franquicia más importante de Pixar. Estrenando su primera parte en 1995, sirvió como un trampolín para la compañía, gracias a la creación de entrañables personajes e historias en un tono familiar, pero con gran profundidad para ser disfrutadas por adultos y niños. Tras una secuela brillante, “Toy Story 3” (2010) se planteó como el final para una trilogía que supo cohesionar una historia que aún seguía viva. Por lo tanto, producir una nueva parte se asomaba como una apuesta demasiado ambiciosa. Y es así como el estreno de “Toy Story 4” aparece como una sorpresa y un desafío, al tener que cumplir con lo que sus antecesoras habían establecido.

Ha pasado un tiempo desde que Bonnie adoptó los juguetes que una vez pertenecieron a Andy, y a Woody le ha costado aceptar su nueva vida y rol en los juegos de la niña. Pero cuando Bonnie crea a Forky a partir de desechos, Woody asume la responsabilidad de hacerse cargo del excéntrico juguete, quien pone en aprietos al comisario y lo empuja a una aventura donde podrá conocer un mundo mucho más grande del que ya conoce.

Pensar en una secuela a una cinta que ya se establecía como un cierre a una trilogía, podría inferir en el factor económico que mueve a la industria cinematográfica y la explotación de la nostalgia como un factor determinante al momento de regresar y expandir universos que alcanzaron un éxito en determinado momento. Afortunadamente, esta nueva entrega de “Toy Story” no pretende sólo descansar en la nostalgia; por el contrario, reflexiona sobre su propia permanencia en la cultura popular, evadiendo lo esperado y decidiéndose por expandir el territorio en el que ha transitado, y lo hace de manera confiada y sin temor a fallar en el intento.

Regresar a un mundo conocido, con personajes que han estado presentes durante veinticuatro años, pareciera ser una tarea fácil al no tener que introducir sus dinámicas o explicar cómo funcionan las reglas de este universo ficticio. Y aunque este pie forzado permite que el relato en esta nueva pieza de la saga se mueva con seguridad, al mismo tiempo existe el temor de agotar una idea que ha funcionado casi a la perfección en sus tres entregas anteriores. Sin embargo, la seguridad de Josh Cooley (director de esta entrega) y compañía permite que la inclusión de nuevos personajes se acople de forma natural al elenco de juguetes conocidos por el público, así la exploración de nuevos rincones en estos personajes otorga aires frescos y una renovación de las dinámicas exploradas en las cintas anteriores.

El hilo conductor continúa estando en las manos de Woody, quien sigue al centro del relato, pero esta vez los cambios que ha tenido que atravesar lo han llevado a cuestionar su propósito, asumiendo un rol y tomando responsabilidades que lo empujarán a poner en riesgo su propia existencia. Y aunque la saga de los juguetes que cobran vida cuando los humanos no los ven siempre ha tenido un tono amigable, donde la amistad es la temática más presente, esta también ha vivido cuestionando el rol que estos objetos tienen en la vida de los niños a los que le pertenecen, por lo que constantemente las aventuras que estos tienen bordean el peligro de seguir cumpliendo una función o ser olvidados en una caja, una repisa o la basura.

El encargado de provocar la nueva responsabilidad de Woody es Forky, una cuchara-tenedor creado por Bonnie en su primer día como preescolar. Woody entiende la importancia que Forky tiene para la niña, a quien le está costando acostumbrarse al nuevo lugar donde debe asistir, por lo que se empecina en enseñarle al extraño personaje lo que significa ser un juguete y el papel que tiene en el grupo de objetos con los que Bonnie se entretiene. El rol de cuidador de esta nueva adquisición y protector de Bonnie, le concede a Woody un nuevo rincón donde explorar su propio sentido de pertenencia y propósito.

La aventura de Woody tratando de rescatar a Forky trae de regreso a Bo Peep, quien da un salto desde su papel en la primera cinta, hacia un personaje mucho más complejo e interesante cuando se descubre su nueva vida y cómo esta ha logrado sobrevivir a los cambios de roles que sufren los juguetes. Este retorno permite que la cinta trabaje temáticas que socialmente están en discusión, pero son tratadas de tal manera, que no parece ser forzado, por el contrario, la cinta gana en frescura y vigencia. De esta forma, la adición natural de los nuevos personajes se beneficia de la modernización que rodea a una producción que fluye sin detenerse y logra cerrar su propuesta sin entramparse.

Si bien, el final de “Toy Story 3” exclamaba un cierre casi definitivo para el grupo de juguetes, la propuesta de “Toy Story 4” pareciera ser una suerte de epílogo de la saga, donde se puede identificar una discusión sobre su propia vigencia y legado. Y aunque sigue una estructura de rescate y aventura propia de las entregas anteriores, esta logra funcionar adecuadamente gracias al buen uso del humor, la dinámica de sus personajes, el cuidado trabajo visual y la carga emotiva que ya caracteriza a esta franquicia.


Título Original: Toy Story 4

Director: Josh Cooley

Duración: 100 minutos

Año: 2019

Reparto: Animación

 


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