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Luchando Con Mi Familia

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El término “underdog” se utiliza para describir a una persona que tiene pocas posibilidades de ganar en una competencia, y las películas centradas en el deporte suelen utilizar este concepto para explorar el viaje de sus personajes hacia el éxito. Considerando lo anterior como punto de partida, las cintas que trabajan esta idea deben reinventarse para poder transitar este camino sin repetirse, siendo un gran desafío cuando hoy en día la originalidad es un bien escaso.

El documental llamado “The Wrestlers: Fighting With My Family” (2012) cuenta la historia de la luchadora profesional de la WWE, Paige, y cómo toda su familia ha estado involucrada en este deporte. Paige logró esquivar todos los obstáculos y alcanzó la fama en la asociación profesional de lucha libre, siendo aún la luchadora más joven en lograrlo. Siete años más tarde, se estrena la cinta “Luchando Con Mi Familia”, dirigida por Stephen Merchant y basada en la historia de Paige.

La familia Knight se ha dedicado toda la vida a la lucha libre, no tan sólo como fanáticos, sino también como luchadores y entrenadores. Sin embargo, la vida de estas personas está a punto de cambiar cuando sus hijos Saraya (Florence Pugh) y Zak (Jack Lowden) audicionan para ser seleccionados en un programa de la WWE y logren su sueño de ser luchadores profesionales.

Se puede identificar como el corazón de “Luchando Con Mi Familia” la dinámica familiar, pues los lazos que unen a sus integrantes son honestos y favorecidos por el hecho de compartir la pasión por la lucha. Por un lado, está la relación entre Paige y sus padres, quienes cargan con gran parte de las líneas graciosas de la cinta y son presentados como personajes entrañables y divertidos. Por otro, la manera en que Paige y su hermano Zack han crecido genera en ellos un vínculo que trasciende los infortunios que han tenido que vivir. Y es justamente esta unión la que se ve más afectada cuando el conflicto central de la cinta se desata. Una vez que Paige es seleccionada para ser parte de NXT y es entrenada para ser una luchadora profesional, su hermano verá cómo este sueño para él se acaba y el apoyo incondicional que le ha entregado a su hermana se ve cuestionado. Esta representación de los lazos familiares es el hilo conductor de la trama, provocando los momentos más emotivos de toda la película.

Y aunque el escenario y el conflicto familiar son el núcleo del relato, este logra sobrellevarlo de una manera mucho más liviana, pues, sin comprometerse al cien por ciento como tal, esta cinta también es una comedia, identificándose así gracias a las divertidas líneas que se entrecruzan entre todos los personajes. Stephen Marchant es conocido por su trabajo en la comedia y, siendo este su primer largometraje en solitario como director, no deja su sello a un lado, con los diálogos entre los personajes caracterizándose por ser agudos, divertidos y provistos de un humor rápido y eficaz, dejando a un lado los gags que pueden entorpecer lo que está ocurriendo en pantalla.

Una vez que Paige es seleccionada por el entrenador Hutch Morgan (Vince Vaughn) y viaja a Florida, su experiencia será plasmada en una serie de montajes donde su duro entrenamiento la hará dudar de sus capacidades, además de la competencia física y estética a la que se ve enfrentada al rodearse de supermodelos que parecieran tener el favor del público. Al mismo tiempo, su hermano sigue entrenando a un grupo de chicos de clase baja y que han tenido que sortear un sinfín de obstáculos para poder salir adelante. Por lo tanto, la cinta tiene también como objetivo retratar cómo el esfuerzo puede llevar a alguien a la cima sin importar de donde vengan, y esto queda explicitado en una de las líneas finales de cinta y se podría identificar como el alma del relato.

El problema que a veces se genera al producir un biopic radica en la verosimilitud en relación a los hechos reales y el acercamiento honesto al representar a sus protagonistas, puesto que existen momentos en los que se suavizan características o se maquillan hechos en virtud de no dañar la imagen de la historia real. Mencionar estos problemas no significa que “Luchando Con Mi Familia” necesariamente los tenga, pero sí existe la tendencia de hacer sentir bien al espectador y provocar un alto grado de empatía con sus personajes. Y, aunque esta intención es obvia, no se nota una manipulación al respecto, arrojando una cinta con buenas intenciones y de espíritu noble, donde el buen uso de la comedia ayuda a encausar de manera correcta hacia donde se quiere ir el relato y qué es lo que quiere dejar como mensaje.


Título Original: Fighting With My Family

Director: Stephen Merchant

Duración: 108 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Vince Vaughn, Dwayne Johnson, Lena Headey, Nick Frost, Jack Lowden, Olivia Bernstone, Thomas Whilley

 


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Chicos Buenos

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Chicos Buenos

El género coming-of-age se define como historias que tratan el período de crecimiento de un adolescente y su paso a la adultez. Esto es tratado de diferentes formas en diferentes cintas. De manera más bien dramática en películas como “The Spectacular Now” (2012) o “Call Me By Your Name” (2017), y también de manera humorística como en la clásica “Superbad” (2007). “Chicos Buenos” tiene muchas similitudes con esta última, que fue una película sumamente exitosa e influyente durante la década pasada, por lo que las comparaciones son casi inevitables. Afortunadamente, “Chicos Buenos” es lo suficientemente fresca e ingeniosa para mantenerse y brillar por sí sola.

Max (Jacob Tremblay), Thor (Brady Noon) y Lucas (Keith L. Williams) son tres amigos preadolescentes que, al ser invitados a una “fiesta de besos” por Soren (Izaac Wang), el chico más popular de la escuela, intentan espiar a la vecina de Max junto a su novio con un drone para aprender a besar. El plan sale mal y el drone es destruido, y los tres amigos deben encontrar la forma de conseguir otro para no ser castigados y poder asistir a la fiesta.

Las comparaciones con “Superbad” son bastante obvias: Seth Rogen y Evan Goldberg, guionistas de la primera, son productores ejecutivos en este filme, y ambas tratan sobre un grupo de amigos intentando ir a una fiesta con fines románticos y para ganar estatus, y terminan pasando por diversas peripecias que ponen a prueba su amistad. Es en este punto donde “Chicos Buenos” realmente brilla y sorprende, ya que, a pesar de parecer una película sumamente tonta que no busca más que hacer reír –cosa que logra con creces–, también llega a interesantes reflexiones sobre la amistad, cómo la gente cambia y cómo las relaciones cambian con ellas. A medida que se acerca el final, la película adquiere un tono de melancolía muy refrescante, aunque es arruinado por un gag que se siente redundante.

Este es un problema durante casi toda la película. Pese a haber instancias de humor muy inteligentes, también hay momentos sumamente burdos y repetitivos, particularmente los que tienen que ver con la ingenuidad de los niños sobre el sexo. En muchos momentos los personajes interactúan con objetos sexuales sin saberlo, dildos, muñecas inflables, entre otras, y el humor radica en que el público, a diferencia de los protagonistas, sabe lo que estos objetos significan. Estos gags son por mucho lo peor de la película, son repetitivos y no particularmente graciosos, pero la cinta a ratos parece apoyarse en ellos en vez de sus elementos más inteligentes.

Los personajes también pueden volverse un poco agotadores por momentos, debido a su ingenuidad e inocencia, en particular el personaje de Lucas. Max y Thor son dinámicos y multidimensionales, pero Lucas se siente algo plano, incluso en el tercer acto cuando tiene un insight importante respecto a su amistad con Max y Thor. A pesar de esta pequeña evolución, el personaje se siente algo blando, aburrido y, si bien esto es discutible, llega a caer mal. Sin embargo, los tres protagonistas (y, de hecho, todos los personajes de la película) se sienten bastante bien construidos, sin importar cuánta relevancia tienen en la historia. Desde los protagónicos a los secundarios más insignificantes, todos tienen una personalidad definida y se sienten reales.

No obstante a lo anterior, un elemento importante en que la película queda corta es en las actuaciones, específicamente de los niños. Teniendo un reparto principalmente infantil, este era un desafío importante y lamentablemente no alcanza a superarlo. Las actuaciones son inconsistentes; hay momentos en que funcionan muy bien, pero en otros –particularmente las escenas más emocionales– se sienten un poco forzadas y sin vida. Las lágrimas que vemos son claramente maquillaje y esto es algo que a ratos puede sacarnos de la intensidad de la escena.

Por otra parte, visualmente podría ser más arriesgada, ya que no hay mucha propuesta de dirección desde el tipo de encuadres y color. Por otro lado, el universo que se muestra también resulta poco interesante: los personajes se mueven en el mismo mundo suburbano estadounidense que ya conocemos muy bien, incluso en películas de temáticas similares como la mencionada “Superbad” o “Booksmart” (2019), además de otras comedias de Point Grey, productora de Rogen y Goldberg, como “Neighbors” (2014) y “Blockers” (2018). Es un ambiente sobre explotado en la comedia y ya se está volviendo aburrido.

Sin embargo, todos estos elementos en que la película se cae no alcanzan a arruinar su inteligencia, gracia y honestidad. En vez de ser una simple comedia tonta sobre niños que quieren dar un beso, “Chicos Buenos” va más allá, reflexionando sobre la naturaleza de los lazos que nos unen con nuestros amigos, y se podría ubicar cómodamente en el canon de cine coming-of-age estadounidense.


Título Original: Good Boys

Director: Gene Stupnitsky

Duración: 90 minutos

Año: 2019

Reparto: Jacob Tremblay, Keith L. Williams, Brady Noon, Molly Gordon, Midori Francis, Josh Caras, LilRel Howery, Millie Davis, Chance Hurstfield, Enid-Raye Adams, Lina Renna


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