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In-Edit 2019: “The Allins”

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A meses de cumplirse 26 años del fallecimiento de Kevin Michael “GG” Allin, descrito como “el degenerado más espectacular en la historia del rock & roll”, se estrena en nuestro país el documental “The Allins” como parte de la 15° versión del Festival In-edit.

Nacido como Jesus Christ Allin debido a los delirios de su padre, quien aseguraba que el mismo Jesús le había hablado y ordenado nombrar así a su segundo hijo, el 27 de junio de 1993, luego de la suspensión de un concierto que realizaba en Manhattan junto a su banda The Murder Junkies, el músico se perdió en una noche de excesos de heroína y alcohol que acabó con su vida. Ese día, lejos de terminar la tortuosa historia de un hombre cuya figura se había popularizado por su comportamiento transgresor de todos los límites de lo considerado decente para la  humanidad, que lo llevó a pasar importantes temporadas en la cárcel, las letras extremadamente hostiles y desoladoras de sus temas, las amenazas de terminar con su vida en un suicidio público cada Halloween, además de las exuberancias en sus shows cada vez más incomprensibles y que terminaban prematuramente con el cantante revolcado en sus excrementos, mutilado y luchando con sus fans, la muerte de GG Allin dio paso al nacimiento de una de las mayores leyendas de la historia del punk rock, y precisamente ha sido su familia, en particular su hermano Merle, quienes se han encargado de mantenerlo presente.

Es necesario decir que el trabajo del director Sami Asif no es la clásica reconstrucción de la vida y obra de un artista, o el montaje de una especie de retrato divertido de una familia loca o disfuncional. Este documental es más bien una visita de cortesía al mundo que han edificado los sobrevivientes del linaje Allin y sus amigos más cercanos, un trabajo para preservar la historia y el legado, y cómo cada uno de ellos se relaciona con lo único que pueden abrazar hoy del rockero: su recuerdo.

A diferencia de lo que podemos encontrar en el documental “Hated: GG Allin & The Murder Junkies” de 1993, registro audiovisual de la vida de GG Allin, sus violentos y desagradables conciertos, curiosas entrevistas y apariciones televisivas y que, sin pretenderlo, documentó el intenso camino recorrido por el rockero hasta el día de su muerte, “The Allins” indaga desde una perspectiva muy humana los motivos que llevaron a Kevin Michael a transformarse en su propio asesino. Protagonizado principalmente por su madre Arleta y su hermano Merle, a pesar de que inevitablemente contiene imágenes fuertes de las sangrientas y violentas actuaciones en vivo de GG Allin, el documental resulta conmovedor.

La inocencia de Arleta es tan enternecedora como perturbadora. La anciana sufre porque la lápida de la tumba de GG (o Kevin, como ella prefiere llamarlo) ha sido retirada y guardada en el sótano de la iglesia que administra el cementerio donde fue sepultado, debido a las constantes profanaciones que hacían en el lugar sus fans, quienes acudían de todas partes del mundo para vomitar o defecar en ella, u ofrecerle extrañas ofrendas, como jeringas usadas, botellas de whisky y ropa interior. Mas adelante, en una conversación distendida y divertida con Merle, se pregunta cómo pudo dar a luz a estos hijos tan incorrectos siendo ella una persona “relativamente normal”, mientras, en otra secuencia, hará un triste relato de cómo debió huir con sus pequeños hijos de su hogar, cuando descubrió las fosas que su psicótico esposo había cavado para sepultar a la familia luego de asesinarlos.

Desde la muerte de GG, Merle se ha dedicado casi por completo a mantener activos a los Murder Junkies, administrar y vender por internet material promocional y musical, incluso sus propias “obras de arte” hechas con excremento, probablemente como su forma de hacer por GG lo que no pudo hacer en vida: rescatarlo. Su casa, que se ha convertido en una especie de museo donde guarda recuerdos, ropa, DVDs, vinilos, recortes de prensa, muchas fotografías, arte, tributos de los fans y merchandising, es un verdadero lugar de contemplación: todo es limpio y ordenado, silencioso, íntimo, absolutamente lejano a la vorágine de violencia y desenfreno que llevó a la tumba a su hermano menor. Continúa a la cabeza de The Murder Junkies, actuando como promotor, grabando discos y tocando en vivo junto a una variedad de integrantes que han ido cambiando con el paso de los años, a excepción de Dino Sachs, el mítico baterista original de la banda, hoy convertido en un solitario anciano acumulador, que se ha encargado de mantener el espíritu “de mierda” de las performances y que continúa metiéndose las baquetas en el ano para regalar a los fans que asisten a sus shows.

Por su parte, Arleta se aferra al recuerdo de Kevin como lo hace la mayoría de las madres: atesorando los buenos momentos y anhelando el reencuentro con su pequeño. A veces, es como si la muerte de ese hijo descontrolado se hubiera llevado solo a GG, a quien ella dice odiar, y le hubiera devuelto al pequeño Kevin, el niño amoroso que escribía sentidas tarjetas de saludo para el día de la Madre… desde prisión.

Lo más interesante de “The Allins” es que, más allá de ser un recorrido por una infancia llena de carencias, un relato de sus experiencias con sus primeras bandas, fotografías familiares y videos caseros que dan cuenta de su evolución física y psicológica, entre otras cosas, lo que nos permite tener una perspectiva más amplia de cómo terminó convertido en el exponente máximo de la autodestrucción, también nos podemos preguntar si una personalidad como GG Allin, que predicó toda su carrera un odio monumental a lo establecido, a la humanidad completa –incluidos sus fans–, quisiera ser redimido y adorado por quienes hoy lo consideran el único y verdadero rockstar, y que en una época donde prevalece la imagen, el consumo y la tibieza social, es posible mantener viva esa esencia que, al parecer, ninguna sobredosis no pudo llevarse.


Título Original: The Allins

Director: Sami Saif

Duración: 74 minutos

Año: 2017

Reparto: Merle Allin, Arleta Baird, GG Allin, Dino Sex, Rob Basso, Annie Teal, P.P. Duvay, Christopher Kahler


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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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