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¿Dónde Estás, Bernadette?

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Después de 31 años desde el estreno de su primer largometraje, Richard Linklater ha destacado por su fructífero trabajo. Encasillado en un inicio como quien retratara a la Generación X, lo cierto es que resulta complejo definir su filmografía en una sola clasificación. Desde el estreno de “Slacker” (1990), la trilogía “Before”, la experimentación visual de “Waking Life” (2001) y “Scanner Darkly” (2006), y el extenso trabajo de producción de “Boyhood” (2014), Linklater ha comprometido una visión del mundo en personajes complejos. Con altos y bajos, el director norteamericano ha podido establecer conexiones entre la vida estadounidense y un mundo que cambia rápidamente.

Su última cinta, “¿Dónde estás, Bernadette?”, adaptación de la novela del mismo nombre, escrita por Maria Semple y con varias premiaciones el año de su lanzamiento, explora los rincones de la vida de una mujer agobiada por las convenciones sociales y el cinismo de la vida moderna. La cinta se centra en la retirada arquitecta Bernadette Fox (Cate Blanchett), quien vive con su esposo e hija, pero su ansiedad y agorafobia la ha llevado a mantenerse al margen de la vida social y alejarse del resto de las personas. Será un viaje a la Antárctica el punto de quiebre para Bernadette, quien desaparece repentinamente en búsqueda de una pasión casi extinta.

“¿Dónde estás, Bernadette?” se destaca por presentar a su protagonista como una mujer diferente y con hábitos particulares, que rayan en lo excéntrico. Siendo ella el foco principal de esta historia, el relato se toma de un ritmo pausado para explorar todos los rincones de su vida, principalmente la relación con su hija y esposo, pero también su rol como vecina y con el peso que significó abandonar su prominente carrera profesional.

Es posible conocerla en una profundidad que permite entender su actuar y se muestra sin temores sus fallas y debilidades. Bernadette es un personaje lleno de detalles complejos, dando vida a una persona real que sufre con el estado actual del mundo y cómo las personas deciden relacionarse unas con otras, exhibiendo también una mirada que juzga a quienes no logran ver tal como ella lo hace.

Sin embargo, la relación con su hija, Bee (Emma Nelson), sirve como punto de vista para suavizar su carácter y empatizar con su viaje de autodescubrimiento. Bee canaliza todos los aspectos positivos de su madre y hace que la búsqueda que emprende cuando Bernadette desaparece del mapa parezca urgente y necesaria; en ellas se puede ver la fuerte conexión que las une y las mantiene a flote.

Si bien, “¿Dónde estás, Bernadette?” es claramente el estudio de un personaje y la crisis personal que vive y la manera en que ésta afecta a quienes la rodean, también es cierto que, establecido la premisa y sus personajes, el relato continúa en un viaje en el cual no hay claridad hacia dónde quiere llegar, por lo que el tercer acto y su resolución parecen instalados artificialmente para cerrar una historia que en su totalidad puede ser apreciada por su particular forma de retratar a su protagonista. No obstante, son particularmente las actuaciones de sus protagonistas las encargadas de mantener arriba una historia que a ratos parece navegar sin rumbo.

“¿Dónde estás, Bernadette?” pareciera otro experimento más a sumar en la filmografía de Richard Linklater, por lo que su valor como producción radica en el estudio de un personaje y sus complejidades, destacando el desempeño de Cate Blanchett para dar vida a esta a Bernadette. La cinta se toma el tiempo necesario para explorar con calma una historia que podría cargarse a un pesado drama, pero que una sutil comedia logra sostenerla y mantenerla en pie.


Título Original: Where’d You Go, Bernadette

Director: Richard Linklater

Duración: 130 minutos

Año: 2019

Reparto: Cate Blanchett, Kristen Wiig, Billy Crudup, Judy Greer, Laurence Fishburne, Troian Avery Bellisario, Jóhannes Haukur Jóhannesson, James Urbaniak, Zoe Chao, Claudia Doumit


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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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