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Dogman

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Muchas películas de crimen glamorizan y relativizan la violencia. Algunos filmes de Quentin Tarantino y Guy Ritchie, por ejemplo, idealizan este mundo, llenándolo de personajes carismáticos e incluso admirables. En contraposición, “Dogman”, de Matteo Garrone, busca hacer un retrato honesto y sórdido de los efectos que el mundo del crimen puede tener sobre las personas.

Marcello (Marcello Fonte) es un afable peluquero de perros que vive en un barrio costero en Italia. Mantiene una abusiva relación de amistad con Simone (Edoardo Pesce), un delincuente violento y errático, que aterroriza a los vecinos del barrio y a quien Marcello vende cocaína ocasionalmente. Su relación comienza a deteriorarse cuando Simone incita al peluquero a que lo ayude a cometer algunos crímenes.

Es una historia pequeña e íntima, y una manera interesante de retratar la forma en que personajes cotidianos y ordinarios pueden ser empujados a circunstancias terribles por fuerzas sobre las cuales no tienen control, sin intentar transformar la violencia que los afecta en un espectáculo, como otra película podría intentarlo. El personaje de Simone es representado no como un mafioso carismático e inteligente, sino como un animal violento y caótico, sin ningún código moral y cuyos únicos motores son el dinero y la droga, mientras que Marcello empieza su arco como un tipo muy querible y carismático, pero termina perdiendo la cabeza ante las presiones que su contraparte, y posteriormente el resto de la gente de su comunidad, ejercen sobre él.

El arco de Marcello se ve enfatizado al ser retratado durante casi toda la película como una persona sumamente empática y de buenas intenciones, particularmente en su actitud amorosa con los perros que cuida y su relación con su hija pequeña. Hay un constante esfuerzo de parte del director por hacer que la audiencia empatice y se encariñe con él, mostrándolo constantemente bromeando y jugando con su hija, y cuidando y bañando a los perros en su peluquería. Esto hace que el cambio en Marcello, a medida que la película avanza, sea más doloroso y chocante para la audiencia.

Esta visión más sórdida y visceral del crimen y la violencia se condice además con el ritmo lento y naturalista del filme, en que seguimos a los personajes durante su día a día sin intentar maquillar la realidad monótona en que viven, y donde la delincuencia y la amenaza de violencia ya se ha vuelto rutina. Esto recuerda a algunos momentos de “Matar A Un Hombre” (2014) de Alejandro Fernández Almendras, cuyo protagonista también se ve enfrentado a circunstancias similares.

Visualmente, la película busca constantemente transmitir la monotonía y lentitud de las vidas de estos personajes, incluso cuando se encuentran en circunstancias de tensión. El uso de planos largos, en que se ve prácticamente la acción completa de la escena, impide que el tiempo se contraiga a través de cortes, dando la sensación de que transcurriera más lento. Las pocas escenas de violencia en el filme son retratadas en el mismo código, lo que, sumado a un estilo visual naturalista, sin ninguna clase de teatralidad que embellezca lo que se ve, las hace sentir viscerales y dolorosas.

Este lenguaje podría sentirse fuera de lugar si no fuera por las actuaciones de sus protagonistas. Marcello Fonte ganó el premio a mejor actuación en el Festival de Cannes, y con justa razón. Tanto en su forma de moverse como en su forma de hablar, su interpretación construye un personaje sumamente coherente. Sin embargo, también cabe destacar el trabajo de Edoardo Pesce, que interpreta a Simone con un tono neutro y una energía baja constante, incluso en los momentos más intensos. Esto hace que el personaje se vuelva mucho más amenazante, ya que lo hace ver más como un sociópata que en cualquier momento puede estallar, y lo vuelve interesante incluso cuando el tratamiento narrativo de su personaje puede resultar un tanto unidimensional.

“Dogman”, con su ritmo lento, y su representación sórdida y visceral de la delincuencia y la violencia, funciona casi como una bocanada de aire fresco en una cartelera llena de películas de acción que trivializan el acto de asesinar a una persona e idealizan la figura del criminal como una especie de antihéroe. Si bien, estas películas no necesariamente tienen el objetivo de hacer reflexionar a sus audiencias y más bien buscan entretener (y hay grandes películas que hacen exactamente eso), a veces es bueno alejarse de lo que Hollywood tenga para ofrecer, y “Dogman” es una buena alternativa.


Título Original: Dogman

Director: Matteo Garrone

Duración: 103 minutos

Año: 2018

Reparto: Marcello Fonte, Edoardo Pesce, Nunzia Schiano, Adamo Dionisi, Francesco Acquaroli, Alida Baldari Calabria, Aniello Arena, Gianluca Gobbi


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Araña

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Araña

Particularmente para la historia de nuestro país, la ficción ha servido como un medio artístico donde la reflexión frente al pasado y la reconstrucción de nuestra memoria ha sido indispensable para mirar hacia el futuro. Por lo que en muchas ocasiones se ha hablado de las particularidades políticas de las producciones cinematográficas chilenas. “Araña” marca el regreso de Andrés Wood al cine después de ocho años del estreno de “Violeta Se Fue A Los Cielos” (2011), y se enfoca en el frente nacionalista Patria y Libertad, grupo paramilitar creado en 1971, basado en ideas fascistas y nacionalistas en oposición al gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, marcando también el retorno del director desde “Machuca” (2004) a cintas que toman el contexto político de Chile previo al golpe militar de 1973.

La nueva película de Wood se centra en dicha organización, enfocándose en tres de sus integrantes: Gerardo (Pedro Fontaine / Marcelo Alonso), Inés (María Valverde / Mercedes Morán) y Justo (Gabriel Urzúa / Felipe Armas). Durante las actividades que el grupo realizaba contra el gobierno de Allende, el triángulo amoroso se forja, creando deslealtades y traiciones. Cuarenta años más tarde, el regreso de Gerardo pone en jaque las vidas de sus ex compañeros.

La cinta tiene como indudable objetivo el diálogo que se establece entre el pasado y el presente, creando los puentes necesarios para la reflexión frente a los hechos del ayer y sus evidentes efectos en el Chile de hoy, y cómo los protagonistas de esta historia lidian con fantasmas que aún los persiguen. Para lograr esta meta, el relato nos sitúa en el año 2018, donde tres personajes viven una vida adulta distante del espíritu joven y revolucionario que los caracterizaba; sus biografías parecen manchadas y cada uno ha decidido batallar o eludir quiénes eran hace cuarenta años, por lo que, a través de flashbacks ubicados en 1971, se va restaurando y completando esos trozos de una historia que parece incompleta. Y, aunque el relato permite contextualizar la época y se dedica a mostrar en detalle lo que estaba ocurriendo extraoficialmente, este no pretende explicar desde dónde nacen las ideologías que los personajes llevan como estandartes, pero sí se centra en el complejo triángulo interpersonal que se estaba gestando.

Los tres protagonistas de “Araña” se caracterizan por su particular complejidad, pues, una vez que Gerardo ingresa a militar en el frente nacionalista y al mismo tiempo a la vida del joven matrimonio compuesto por Inés y Justo, el inevitable desmoronamiento de su vida se empieza a acelerar, complicando cada vez más los conflictos personales y políticos por los que atraviesan. Y aunque las identidades de estas tres personas están exhibidas con vulnerabilidad y total honestidad, no están expuestas para una conexión a través de la empatía y la fácil identificación; por el contrario, sus discursos son develados sin tapujos con el objetivo de documentación frente a las ideologías que levantaron al grupo paramilitar y lo hicieron caer dos años más tarde, después del golpe militar de 1973.

Los saltos a la narración en el presente van complementando las características que estos personajes –ya con varios años a cuestas– muestran sin disimulos o engaños, y si bien esta historia no pretende ser una crónica o documentar objetivamente el viaje de estas personas, no deja de ser el reflejo de una realidad notoria, y evidencia la falta de redención a la que la ficción nos tiene acostumbrados. Por lo tanto, en ellos sigue vivo el fuego de las ideas que iniciaron al movimiento paramilitar en una primera instancia, y su humanidad es desnudada y puesta como conflicto frente a lo que el público pueda reflexionar sobre sus actos.

La dirección de Andrés Wood describe con una gran factura visual una época aún presente en la memoria. Además del paralelo y el viaje temporal establecido con sus personajes, el diálogo entre pasado y presente es aún más crudo cuando se centra en las consecuencias sociales y el estado actual de nuestro país, haciendo innegable la representación que se propone frente a la ideología de extrema derecha que se ha evidenciado con más fuerza en el último tiempo, y cómo la sensación de nacionalismo y pertenencia sigue latente.

“Araña” resulta ser una producción que arriesga en términos visuales y en su propuesta narrativa, pues, por un lado, la construcción de sus personajes da cuenta de un relato de abundante complejidad, y por otro, se caracteriza por exponer un extremo ideológico que se prefiere evitar, pero con una presencia innegable, por lo que la cinta de Wood invita a la reflexión sobre la memoria y sus consecuencias en la actualidad.


Título Original: Araña

Director: Andrés Wood

Duración: 120 minutos

Año: 2019

Reparto: Mercedes Morán, Marcelo Alonso, María Valverde, Felipe Armas, Pedro Fontaine, Caio Blat, Gabriel Urzúa, Mario Horton, María Gracia Omegna, Jaime Vadell


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