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Carnage, Un Dios Salvaje

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La adaptación de la obra de teatro francesa del mismo nombre, escrita por  Yasmina Reza y adaptada a la gran pantalla por el magistral Roman Polanski, es uno de los estrenos a tener en cuenta durante esta temporada, sobre todo si se es amante de los guiones bien escritos, cuya magia reside en los excelentes diálogos que entablan los personajes, quienes metidos en una sola locación, se transforman en el motor de un filme que cautiva por su inteligente simpleza.

Dos parejas, la primera compuesta por Penelope (Jodie Foster) y Michael (John C. Reilly), y la segunda por Nancy (Kate Winslet) y Alan (Christoph Waltz), tratan de llegar a un acuerdo luego de que el hijo de Nancy y Alan, golpeará al de Penelope y Michael. Lo que comienza como una civilizada conversación entre adultos, subirá súbitamente de tono cuando el carácter, los egos y las frustraciones reprimidas se tomen la discusión, dejando la riña entre los menores como una mera excusa para traer a la palestra conflictos mayores, y al parecer, irresolubles.

“Un Dios Salvaje” es una película que se sostiene gracias a un gran trabajo de guión y el oficio del reparto, que no por nada tiene a cuatro grandes intérpretes, tres de ellos dueños de numerosos galardones, desde Globos de Oro hasta los Oscar, que respaldan su trayectoria y solidez en escena, cada uno funcionando como pilares fundamentales de la obra. Jodie Foster es Penelope, pacifista e idealista, ferviente opositora de la injusticia que sufrió su pupilo. Michael, marido de Penelope, interpretado por John C. Reilly, se esfuerza para ser la voz conciliadora entre su esposa y la pareja oponente, que tiene como protagonistas a Alan, rol que encarna el brillante Christoph Waltz, como un hombre que no da mucha importancia al hecho de que su hijo haya dejado con un par de dientes menos a otro niño, pero sí prestando mucha atención a su teléfono celular y a su trabajo como abogado de una empresa farmacéutica de dudosa reputación. Nancy cierra el cuarteto, viviendo de las apariencias y la falsa modestia, rasgos que  Kate Winslet se encarga de conjugar de forma perfecta. El trabajo de actuación es remarcable, ni falta que hace señalarlo, y es el primer gran factor que hace de “Un Dios Salvaje” una lección para cualquiera que busque indagar en el arte que es actuar frente a una cámara.

El guión es el otro factor clave en el último largometraje de Polanski. Firmado por la misma  Yasmina Reza, el traslado del texto desde las tablas hasta el cine es admirable, manteniendo un ritmo ascendente, donde la palabra se superpone a la imagen, triunfando en una empresa de la que pocos pueden jactarse. A momentos hay reminiscencias de la puesta en escena teatral, sobre todo en algunas pausas y marca de movimientos que se delatan demasiado cuando son trasladados a la pantalla, pero son sólo un par de detalles para una adaptación que brilla por su dinamismo.

Llevándonos por  momentos incómodos, otros introspectivos y unos cuantos que son sencillamente hilarantes, Roman Polanski dirige esta comedia negra con la asertividad y maestría de los grandes.

Por Sebastián Zumelzu

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Cine

David Lynch: The Art Life

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David Lynch: The Art Life

A través de su filmografía, y con el reciente regreso de “Twin Peaks”, David Lynch ha demostrado ser uno de los autores más prolíficos y complejos de las últimas décadas. Desde su primer largometraje, “Eraserhead” (1977), que su imaginario significa entrar a mundo de sensaciones donde representaciones visuales de la psiquis se vuelven tangibles. Debido a lo intrincado que podría ser su forma de narrar, experimentar su obra exige conectar con lo sensorial, pues su trabajo busca crear reacciones y evocar emociones. El director de “Blue Velvet” (1986) y “Mulholland Dr.” (2001) ha sido capaz de construir un estilo reconocible gracias las características que su obra comparte, en un estilo vago e incierto, pero envolvente, donde lo inexplicable convive con personajes que se ven atrapados en mundos complejos.

Dirigido en una colaboración entre Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental “David Lynch: The Art Life” se centra en el trabajo artístico pictórico del cineasta, mientras se va creando un relato autobiográfico de sus primeros años formativos y su acercamiento al arte, sirviendo como puente entre sus inicios en esta disciplina y sus primeras obras cinematográficas.

Las conversaciones de tres años entre los realizadores y el director estadounidense son condensadas en una hora y treinta minutos, en un relato íntimo en la voz del mismo Lynch. El hecho que sea construido como un monólogo produce una atmósfera más natural y cercana con el director, así también adjudicando un punto de vista donde el espectador sólo observa cómo se mezcla su creación artística y su biografía. La voz en off de Lynch se hace omnipresente en un montaje que mezcla al artista trabajando en sus obras plásticas, en su estudio en Los Angeles –a veces acompañado de su pequeña hija, Lula– intercalando material biográfico como fotografías, videos de archivo y sus pinturas.

La autobiografía que acompaña el viaje visual habla de sus inicios, vida familiar, la relación con sus padres y cómo su influencia inevitablemente ayudó a formar su primera relación con al arte, siendo capturado por esta disciplina cuando decide mudarse a Filadelfia, donde pudo estudiarlo de manera profesional. Y es a través de todas estas experiencias e historias acumuladas que se juntan para inspirar gran parte de su trabajo, y cómo en el proceso de absorber, internalizar y plasmar se ha moldeado un imaginario enigmático y surrealista.

Claramente el foco de este registro documental está puesto en sus creaciones plásticas, concebidas a partir de distintos materiales y mezclando técnicas pictóricas que le dan la libertad de crear pequeños universos, en cuadros que perfectamente podrían ser sacados de alguna de sus películas. Por otra parte, los realizadores utilizan estas obras en el montaje no tan sólo como un apoyo visual, sino también para poder crear pequeños episodios visuales que enfatizan los relatos en off, y utilizando los textos que el mismo Lynch incorpora en sus cuadros, se destaca el estado emocional del relato. Por último, el uso de stop motion le agrega un dinamismo a la narración, haciendo de estas obras pequeñas escenas de la vida del artista, donde algunas de ellas contienen personajes que parecen atrapados en distintas realidades.

Este documental termina siendo un estudio del autor en un estado mucho más primitivo, además de una exploración íntima, donde se logra ver el mundo a través de sus ojos y se puede conocer con frescura una etapa de descubrimiento y creación artística. No es un retrato biográfico de principio a fin, tampoco se centra en una obra en particular, sólo es un acercamiento a procesos creativos desde una mirada de total naturalidad y comodidad por parte del cineasta.

Para entender el universo interior de David Lynch, y posteriormente apreciar con mayor profundidad su trabajo, es importante considerar todos los aspectos y los procesos de creación que lo han llevado a posicionar su nombre y ser poseedor de un estilo particular y reconocible. Así, este documental logra dar a conocer ese otro aspecto del cineasta, un lado que tiene relación con su configuración estética. Se vuelve importante conocer y revisar su filmografía, no necesariamente para poder entender este relato –sólo se cita a sus primeros cortometrajes y las primeras etapas de producción de “Eraserhead”–, aunque sí puede servir como complemento para enriquecer este acercamiento diferente y privado.


Título Original: David Lynch: The Art Life

Director: Jon Nguyen

Duración: 88 minutos

Año: 2016

Reparto: David Lynch, Documental

 


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