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50/50

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En la vena de las “dramedias” independientes que Hollywood ha lanzado exitosamente los últimos años, llega “50/50”, la tercera entrega del neoyorkino Jonathan Levine, en la que narra la historia de Adam (Gordon-Levitt), un joven que es diagnosticado con un cáncer del que tiene un 50 por ciento de probabilidades de sobrevivir.

Un desapegado médico le entrega a Adam los resultados de una resonancia magnética y le hace anuncio del tumor en cuestión, llamado específicamente Neurofibrosarcoma de un Schwannoma (“mientras más sílabas tiene, más grave es”), un descubrimiento que sorprende a Adam, quien mantiene un estilo de vida saludable, se alimenta bien, hace ejercicio y no bebe ni fuma.

La primera reacción del joven de 27 años no es la desesperación o la desesperanza. Muy por el contrario, Adam parece sumido en un estancamiento en el que no se permite pensar al respecto, quizás porque nada de lo que piense pueda mejorar la situación. Es más, a la hora de compartir las noticias con sus seres queridos, es él quien adopta el rol de calmarlos, con su negación apoderándose de él, al punto de que su mayor preocupación es la de evitar la de los demás.

Sus cercanos se toman el anuncio de distintas maneras. El mejor amigo de Adam, Kyle (Seth Rogen, interpretando al único personaje que a estas alturas podemos esperar de él, lo que no es necesariamente algo malo aquí) es sin duda su mayor apoyo. Restándole importancia a la enfermedad de Adam (“si fueras un juego de casino, tendrías las mayores posibilidades de ganar”), es él quien lo acompaña más lealmente durante todo el tratamiento. Ni fidelidad ni apoyo es algo que la egoísta novia de Adam, Rachael (Bryce Dallas Howard, incapaz de añadir capas a un personaje desagradable y unidimensional),  puede prometerle y no tarda en considerarse sobrepasada por la situación y marcharse a pesar de haberse comprometido con él en un principio. La madre de Adam (Anjelica Huston, quien deja una impresión duradera con un personaje con limitado tiempo en pantalla) no mejora la situación con su excesiva preocupación y constantes llamadas.

Acompañando el tratamiento del cáncer, Adam comienza a atenderse con una inexperta terapista (Anna Kendrick), cuyas intenciones son correctas incluso cuando sus métodos de acción son inefectivos y, a medida que el procedimiento avanza, la tranquila pasividad de Adam ante su situación, comienza a cambiar, y la muralla que armó para protegerse se empieza a venir abajo, asomando una tranquila desesperación producto del enfrentamiento con su mortalidad.

Y sí, aunque “50/50” no suene como tal, es una comedia, al menos principalmente. A pesar de que la historia principal que estructura la trama trate sobre un mal mortal, la película se encarga de añadir toques cómicos para mirar el asunto de una perspectiva que raramente ha sido abordada antes.

Es quizás en este aspecto donde “50/50” pierde enfoque. La película no intenta aligerar un tema serio como lo es el cáncer, pero parece empeñada en trivializar las situaciones que dicho padecimiento conlleva, lo que es curioso, considerando que Will Reiser, guionista de la cinta, escribió la historia tras sobrevivir a una enfermedad similar a la del protagonista.

Es así como “50/50” se dedica a mostrar aspectos más superficiales, tales como el uso del cáncer de parte de Adam y Kyle para conocer mujeres, y el abuso de la marihuana medicinal que se les entrega, lo que a veces hace sentir al espectador que el riesgo del cáncer no está presente o que la película decidió alejarse del realismo y sacrificar verosimilitud para contar una historia más optimista y divertida.

La historia sigue una fórmula conocida y un camino más convencional del que se podría haber esperado, para crear una película sencilla y con buenas actuaciones que, a pesar de no ser una mirada reflexiva de la mortalidad ni presentar lecciones de vida perspicaces, avanza de forma fluida y simple, pasando por momentos cómicos que la mayoría de las veces funcionan, una subtrama romántica que es tierna a pesar de no funcionar del todo y pasajes dramáticos que le sacarán lágrimas a los más sensibles.

Por Ignacio Goldaracena

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La Mirada Incendiada

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La Mirada Incendiada

Tiempos de dictadura, un hijo de exiliados políticos que vuelve a Chile por cuenta propia y un crimen de crueldad inconmensurable por parte de las fuerzas de orden. El tercer largometraje de ficción de la directora Tatiana Gaviola, “La Mirada Incendiada”, inicia con las palabras “Inspirada en un hecho real”, tomando como punto de partida el conocido Caso Quemados, atentado en el que Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas de Negri fueron víctimas de un ataque incendiario por parte de militares a plena luz del día en la vía pública.

Protagonizado por Juan Carlos Maldonado en el papel de Rodrigo, el filme prometía sin duda ser un aporte para la memoria de nuestro país, dada la historia en cuestión y su contexto, sin embargo, esta promesa metamorfoseó hasta convertirse no sólo en polémica, debido a la nula influencia que tuvo la familia de Rojas de Negri en materias de decisión cinematográfica, sino que también es una cinta que no cumple del todo con los objetivos que parece perseguir.

El inicio de la película muestra a Rodrigo volviendo a Chile con una cámara bajo el brazo y el propósito de desempeñarse cómo fotógrafo profesional. Tras andar un rato medio perdido, y luego de ser ayudado por una amiga vecina de su tía, logra llegar a la casa de esta y sus dos primas menores, quienes cariñosamente lo acogen a lo largo de la trama. Tras esto, se forjan lazos emotivos que dan cuenta de la personalidad dulce y templada del protagonista. De esta forma, se retrata claramente cómo Rodrigo influyó en la vida del resto de los personajes mediante escenas variadas, que muestran momentos íntimos en los que estos interactúan, desde conversaciones nocturnas y abrazos diurnos, hasta experiencias traumáticas que refuerzan vínculos.

A lo mencionado anteriormente, se suma la manera en que los personajes se comunican entre sí. Si bien, el guión resulta claro y conciso, los intercambios de palabras se articulan principalmente a través de diálogos medianamente breves y en ocasiones incluso un poco rígidos, cayendo en la sobre explicación del contexto dictatorial en el que ocurren los eventos una y otra vez, resultando en parte obvios. Además, el guión demuestra la clara intención de introducir gran variedad –y cantidad– de expresiones y/o dichos chilenos, dando así a entender una identidad lingüística acertada, que da cuenta de aspectos de nuestra cultura, pudiendo haber sido presentado de manera igualmente oportuna, pero a través de matices más sutiles.

Por otro lado, Rodrigo es retratado a través de conversaciones y acciones como un joven que no se encuentra realmente al tanto ni de la situación a nivel país, ni de las restricciones que esto implica, modificando el relato y añadiendo romanticismo mediante la presencia de un protagonista en parte inocente, que sueña con denunciar las injusticias del golpe sin pensar en repercusiones. En este sentido, resalta también el carácter poético que busca reflejar la voz en off de narradora de la historia –perteneciente al personaje de Carmen Gloria Quintana–, sugiriendo la existencia de una profunda relación previa al hecho incendiario entre Carmen Gloria y Rojas de Negri, interpelando acciones y decisiones tomadas por el protagonista. Esto agrega de manera similar un toque de romanticismo que resulta algo forzado y, sobre todo, algo lejano a la realidad de los hechos.

En cuanto a la atmósfera, la película logra reflejar el miedo colectivo y la tensión de la época, además de espacios y elementos característicos que resultan clave para retratar el período, tales como cacerolazos, protestas y allanamientos. Las escenas no son demasiado largas, por lo que hacen que la cinta sea dinámica y en su mayoría liviana, teniendo en consideración la carga del tema que trata. Sin embargo, esto mismo es lo que también genera que en algunas ocasiones se pierda un poco la continuidad entre una escena y la siguiente.

Por último, cabe destacar que, si bien las heridas dejadas por el flagelo dictatorial a lo largo y ancho de este territorio siguen estando cargadas de un rojo fresco y humeante, vale la pena que historias como estas vean a la luz en el formato cinematográfico, alimentando la memoria de nuestro país mediante expresiones artísticas cargadas de historia. Por desgracia, “La Mirada Incendiada” no cumple del todo con este objetivo, quedando al debe principalmente en temas de fidelidad con la memoria histórica nacional y la empatía hacia víctimas del caso, ya que, a pesar de que se deja en claro que el filme tan sólo se inspira en los hechos reales, este sin duda abre paso a preguntas que vale la pena hacerse. ¿Hasta qué punto es viable mezclar realidad y ficción? ¿De qué manera abordar temáticas delicadas de la manera más empática posible? Lamentablemente, en ese sentido “La Mirada Incendiada” desarrolla su narrativa omitiendo aquel elemento tan importante.


Título Original: La Mirada Incendiada

Director: Tatiana Gaviola

Duración: 102 minutos

Año: 2021

Reparto: Juan Carlos Maldonado, Catalina Saavedra, Gonzalo Robles, María Izquierdo, Cristina Aburto, Constanza Sepúlveda, Belén Herrera, Pascal Balart, Estrella Ortiz


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