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Cine

Colossal

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Tomar códigos que pertenecen a un género e insertarlo en otro, puede parecer una tarea compleja y un tanto peligrosa cuando la base que sostendrá toda esta idea no es sólida. Sin embargo, si estos elementos son trabajados con el cuidado necesario, puede dar como resultado un trabajo donde el cruce de géneros es una fortaleza en un experimento fuera de lo común. Es así como el español Nacho Vigalondo (director de la gran “Los Cronocrímenes”, 2007) interviene con una idea que podría parecer insólita, pero apostando por la originalidad.

Después de una ruptura amorosa por causa del alcohol y las irresponsabilidades, Gloria (Anne Hathaway) decide partir de cero en una ciudad alejada de Nueva York. Todo parece marchar bien, hasta que inesperadamente una bestia aparece en Seúl destruyendo gran parte de la ciudad. Gloria descubre una inusual conexión con aquel monstruo y, a partir de ese momento, deberá descubrir la razón de tal extraño vínculo, algo que de paso la ayudará a poner su vida en orden.

Para poder entender la singular propuesta de “Colossal”, es necesario dividirla en dos partes, donde la primera establece un tono narrativo bastante cercano a una comedia romántica y con una estética propia de cintas americanas independientes, y donde la segunda poco a poco comienza a mutar en un relato que se centrará mayoritariamente en desarrollar los conflictos de su protagonista, contextualizando su entorno y motivaciones. Gloria se ve casi obligada a volver al lugar que la vio crecer, una ciudad que se ve implacable al tiempo. Es ahí cuando el entorno se vuelve protagonista, destacando un ambiente amable y con las características de un pueblo suspendido en el tiempo, simulando ser el lugar perfecto para recuperarse de algún golpe emocional, pues ahí los problemas de las grandes ciudades parecen lejanos y completamente ajenos.

Es ahí donde, además de un viaje físico a sus memorias de niña, está la oportunidad que para realizar un viaje personal en el que se vuelve indispensable analizar su propia vida y las razones que la llevaron hasta ese punto. No obstante, Gloria ve en este lugar un refugio pasajero, y es su amigo de infancia, Oscar (Jason Sudeikis), quien la empuja paulatinamente a ponerse en pie y empezar desde cero. A través de ellos es posible ver el cuidado que existe frente a la construcción de personajes que parecen reales y que ayudan enormemente a situar al espectador frente a una historia que comienza a dar giros inesperados. Así, también, se deja notar inmediatamente la química que existe entre Hathaway y Sudeikis, pues ambos dejan que estos personajes interactúen de manera natural y, de la misma manera, el relato logra encontrar en ellos la forma de poder avanzar en un curso que permita canalizar los hechos posteriores con la adecuada verosimilitud.

Y es en el segundo acto donde se da rienda suelta al imaginario del director español, explorando de forma inusual el mundo psicológico de sus personajes. Una vez que se establece la presencia de un monstruo de dimensiones gigantescas en Seúl, el relato da un giro inesperado y comienza drásticamente a mutar en una interacción de formas diferentes de contar la historia, donde una estructura más tradicional empieza a quebrarse y da espacio para que elementos fantásticos y propios de un género más ligado a la ciencia ficción sean participes de la narración.

Mientras en el otro lado del mundo un monstruo acecha y destruye una ciudad, Gloria comienza a darse cuenta que existe una conexión aún más potente con la extraña y gigantesca bestia. Desde aquel momento, la protagonista comienza un verdadero trabajo para entender este vínculo que no sólo la tiene perpleja a ella, sino que también comienza a afectar a quienes la rodean. Y para desarrollar esta inusual idea y cohesionar un relato que parece fragmentado, pero que lentamente se está armando, la forma de trabajar la narración se vuelve fundamental, pues, si bien los protagonistas podrían parecer simples, el guion comienza a profundizar en sus conflictos más internos y deja que el espectador pueda descubrir los ensambles y metáforas que se utilizan para que el relato llegue a puerto de manera adecuada.

En un principio, la premisa de una producción como “Colossal” puede ser mirada con ojos escépticos, pues un cruce tan extraño de géneros podría entregar resultados caóticos. Sin embargo, el producto final de este experimento cinematográfico termina entregando grandes momentos en cuanto a una propuesta original, logrando destacar dentro de un panorama lleno de expansiones de franquicias y remakes de éxitos pasados.

Por Ángelo Illanes

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Artículos Cine

Star Wars y el auge de los efectos visuales

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Star Wars

Desde prácticamente siempre, ha existido un odio irracional hacia las precuelas de Star Wars, aquella trilogía de películas que estrenada entre 1999 y 2005 que prometía conectar todos los hilos en torno a la historia que George Lucas iniciara en 1977. Amparado bajo una segunda explosión de popularidad de la saga, el director comenzó a principios de la década del 90 lo que sería la concepción de una idea que ya tenía cuando trabajaba “El Imperio Contraataca”, y que, según sus propias declaraciones en múltiples ocasiones, no le era posible filmar debido a las limitancias tecnológicas propias de la época. Así, el desarrollo del CGI hizo que Lucas pudiera adentrarse en la realización de una nueva trilogía, donde, más allá de su cuestionado argumento e innecesaria creación de fallas argumentales para la saga original, terminó por transformarse en una revolución gracias al elemento que fue más destacado por la crítica: los efectos especiales.

Fue en 1997 cuando comenzó el rodaje de “La Amenaza Fantasma” (1999) y, aunque se mantuvieron algunos elementos como la marioneta de Yoda y una utilización de escenarios reales con un cuidado diseño de producción, la transición se fue desarrollando de manera natural a lo que terminaría siendo “El Ataque de los Clones” (2002) y “La Venganza de los Sith” (2005), donde el uso de fondo verde fue más prominente que en ocasiones anteriores. Como dato curioso, y para reforzar la idea de que la animación digital fue el elemento principal de estas cintas, es sabido que no se construyó ni una sola armadura de trooper durante las tres películas, con dichos modelos siendo todos creados por computadora. A pesar de que el uso de CGI ya se había presenciado en otras películas previas –probablemente “Jurassic Park” (1993) siendo el caso más reconocido–, su utilización dentro de la producción de Star Wars significó todo un precedente, gracias a un innovador software donde se crearían los efectos visuales, al punto de que en la primera cinta existe una sola secuencia que no contiene efectos digitales.

A veinte años de su estreno, los efectos visuales en el cine son cosa de cada día, con prácticamente la totalidad de las cintas más taquilleras utilizándolo en su mayoría, lo que en un espectro más crítico ha terminado por omitir en el espectador el deseo de intentar diferenciar qué es real y qué no al momento de mirar una película. Asimismo, los directores actualmente pueden gozar de la misma libertad que Lucas describió a la hora de realizar las precuelas, pudiendo crear un guion a su antojo sin preocuparse de restricciones en torno a la producción, el desarrollo de personajes y, sobre todo, la creación de mundos y criaturas tan fantásticas como se ha caracterizado la saga desde sus orígenes. Todo lo anterior permitió también una reducción en los tiempos de rodaje, comenzándose a producir blockbusters en masa gracias a la implementación de la fotografía digital, y el uso de cámaras digitales que permiten grabar sin la necesidad de revelar el celuloide, pudiendo así montar y modificar escenas de una manera mucho más rápida.

Ya con la trilogía original Lucas había innovado en una serie de técnicas cinematográficas que eran prácticamente desconocidas para la época, pero todo ese trabajo fue opacado en cierta forma gracias al abrumador éxito que la saga tuvo más allá de la pantalla, transformándose en un icono de la cultura pop gracias a la explosiva venta de juguetes y una creciente popularidad que nunca decayó en el período de 1977 a 1983. Y es así como las tecnologías fueron evolucionando en pos de una saga que desde sus orígenes buscó una forma de deslumbrar y crear experiencias nunca vistas, algo que sin duda se logró con todos los contratiempos que pueda significar. Pasar de un aproximado de 365 tomas con efectos visuales en la primera cinta de 1977 a las más de 2200 que tiene la última de la era Lucas en 2005, habla de una necesidad de incorporar la tecnología con el fin de contar historias, derribando límites y permitiendo que la creatividad e imaginación de los realizadores pueda verse reflejada en la gran pantalla.

Hoy en día, con una nueva trilogía que llegará a su fin este 19 de diciembre, se puede ver como las técnicas de las otras seis entregas se van complementando para darle un romanticismo a la producción, omitiendo de plano un uso totalmente digital para seguir incluyendo animatronics, marionetas, maquillaje y otras técnicas de producción. Sin embargo, es imposible no reconocer el trabajo e influencia de George Lucas en el desarrollo del cine de fantasía como lo conocemos hoy en día y, más allá de cualquier falencia narrativa que haya cometido en sus cuestionadas precuelas, el cine y la tecnología comenzaron una relación que ha beneficiado tanto lucrativa como creativamente a la industria.

  • Star Wars: El Ascenso de Skywalker” se estrena el próximo 19 de diciembre. Preventa AQUÍ.

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