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Cloud Atlas: La Red Invisible

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Extremadamente ambicioso, monumentalmente inconsistente e inmensamente vacío. Así puede ser descrito el proyecto más grande que ha parido la dupla de los hermanos Wachowski, quienes proponen seis líneas temporales paralelas, para construir una odisea cinematográfica de casi tres horas de duración, donde podemos encontrar géneros tan variopintos como el drama, la comedia, la ciencia ficción y la acción, bajo la óptica del tema recurrente en la filmografía de los directores de “The Matrix” (1999): la libertad. El problema reside en que la apariencia titánica de esta súper producción sólo funciona como fachada para un discurso que pudo haber quedado mucho mejor articulado, si las piezas que componen este puzle, hubiesen estado mucho mejor pulidas.

Situada en seis espacios temporales, “Cloud Atlas: La Red Invisible” nos cuenta la historia de un grupo de personajes en busca de la libertad. Adam Ewing (Jim Sturgess) es un joven abogado de San Francisco, responsable de dar el último paso para aprobar una ley que favorece la esclavitud durante la fiebre del oro en California durante el año 1849, pero después de conocer a Autua (David Gyasi), un esclavo negro, y vivir una traumática experiencia en un barco hacia América, Adam comenzará a cuestionar su misión. Robert Frobisher (Ben Whishaw) es un homosexual de 23 años en plena Escocia del año 1936. Con el sueño de transformarse en un gran compositor y ganarse el respeto de su padre, Robert se hace ayudante de Vyvyan Ayrs (Jim Broadbent), para quien comienza a escribir su próxima obra maestra, “El sexteto del Atlas de las Nubes”, descubriendo que para lograr el éxito deberá realizar un gran sacrificio. Luisa Rey (Halle Berry) es una periodista que un día se ve envuelta en la investigación de un caso que, de ser expuesto a la luz pública, podría salvar a toda una ciudad de un desastre nuclear durante el año 1973. Lógicamente, al conocer este secreto, Luisa comenzará a ser cazada, arriesgando su vida para revelar la verdad. En 2012, Timothy Cavendish (Jim Broadbent), un frustrado publicista de libros, tiene un golpe de suerte y comienza a vivir los lujos a los que jamás pudo aspirar. Su personalidad despilfarradora lo deja endeudado con unos mafiosos, teniendo que buscar auxilio en su hermano, quien paga sus deudas y lo envía a un asilo de ancianos del cual Timothy tendrá que escapar. En Neo Seúl del año 2144, Sonmi-451 (Doona Bae), una clon de servicios, se une a un grupo rebelde que busca destapar la cruda verdad detrás del mundo de los clones. Por último, en un futuro aún más lejano, Zachry (Tom Hanks), vive perseguido por los demonios de un acto de cobardía. Llega a su aldea Meronym (Halle Berry), miembro de una raza de seres superiores que viven una crisis y deben buscar ayuda en la isla. Zachry acompañará a Meronym en su viaje, viéndose obligado a enfrentar sus demonios.

Y así, en resumidas cuentas, se puede sintetizar el argumento de “Cloud Atlas: La Red Invisible” –y eso que omití la sexta línea temporal que avanza unas cuantas décadas desde la última, y funciona como epílogo de la historia de Zachry-. No he tenido la oportunidad de leer el libro en el que la película está basada, pero según la información disponible, la estructura narrativa que emplea la cinta es la misma que utiliza la obra escrita. Juzgando desde el visionado, lo cierto es que la forma en que se construye la narración tiene grandes aciertos, pero a su vez, tremendos defectos.

En cuanto a los rasgos positivos del relato, podemos destacar el vínculo temático que se maneja en todas las historias. Más allá de las referencias mediante hechos o personajes que se repiten entre las líneas temporales, el tema de la libertad y la lucha por conseguirla, es el gran leiv motiv que une las historias. De esta manera, el montaje funciona como el gran hilador del discurso, sujeta a la necesidad de la expositiva voz en off, principal responsable de otorgar coherencia a todo lo que aparece en pantalla, dando paso a todos los defectos de la cinta.

Siguiendo con el montaje, los saltos de tiempo que existen entre cada una de las historias dejan ver las gigantescas lagunas del guión, sembrando una serie de incertidumbres que se presentan una vez terminado el visionado, en esos minutos posteriores en los que uno trata de procesar todo lo visto durante el metraje. Preguntas ridículas como “¿Por qué, si existe la tecnología para clonar seres humanos, esta se invierte en producir meseras para un restaurant de comida rápida y no para fines militares?” o “¿Por qué en el futuro del personaje de Tom Hanks adoran como diosa a una clon camarera? ¿Por qué lo persigue una especie de mago diabólico? ¿Es una metáfora o es real?”, y también “¿Por qué  mandaron sólo a un hombre a matar a Luisa Rey, siendo que en sus manos reside un secreto gigantesco?” Interrogante que se eleva a niveles astronómicos al final de la aventura de la periodista.

CLOUD ATLASTodas estas preguntas nacen por la pequeñez del contenido que presentan las historias, las cuales no dan para cumplir con la gran promesa de la “odisea definitiva”. Ninguna cierra con un final congruente y satisfactorio para el espectador, llegando a clímax forzados y mal rodados, víctimas de la propia necesidad de la película por dar con una conclusión antes de alcanzar las tres horas de metraje. Si no fuera por la gran premisa, ninguna de estas historias tendría sentido como unidad. Está claro que la idea del “sexteto” envuelve a todas las líneas, pero es difícil cerrar el círculo cuando sus secciones están tan mal dibujadas. Lo peor es que la presencia de lagunas merma la emoción que tanto se esmera por inspirar, relegando a la voz narradora la tarea de expresar cada una de estas emociones, como un salvavidas ante lo anodino de la catarsis.

Si queremos ver el filme como un todo, las pretensiones desmesuradas que se plantean desde un principio, no se cumplen. Existen secuencias, algunas escenas, sobre todo las que conciernen al romance prohibido de Robert Frobisher, que consiguen buenos momentos de cine, sin ser nada de otro mundo. La dirección, que estuvo dividida entre los Wachowski y Tom Tykwer, director de “Corre Lola, Corre” (1998), es superficial, sin mostrar nada más de lo que vemos en pantalla, acusando su presencia por algunos guiños estilísticos que intentan dotar de dinamismo a un desarrollo que es una verdadera montaña rusa.

En cuanto al elenco de actores, asistimos a un desfile de caracterizaciones, ya que en cada una de las líneas temporales el elenco adopta nuevos personajes, en un movimiento que se transforma en un arma de doble filo, ya que algunas transformaciones están muy bien logradas, en cambio otras pasan directamente al plano de la vergüenza, culpa de un sobrecargado maquillaje. En cuanto a las actuaciones, el sobresaliente elenco cumple mejor cuando le toca protagonizar que ser personajes secundarios, algunos de ellos simples rellenos para cumplir con la tónica del filme.

Concluyendo, “Cloud Atlas: La Red Invisible”, es víctima de sus propias pretensiones, al carecer de material para cubrir su excesivo metraje, y de la inspiración y garra de los autores, quienes son incapaces de llenar de emociones a una serie de historias que pedían a gritos un vínculo con la audiencia. “Cloud Atlas: La Red Invisible” es una gran sinfonía vacía.

Por Sebastián Zumelzu

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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