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Big Eyes: Retrato de una Mentira

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Siempre es bueno apostar por el cambio dentro de los términos cinematográficos, sobre todo cuando se es plenamente consciente de que el paso del tiempo se encarga de agotar la mayoría de las fórmulas que alguna vez fueran garantía absoluta. Caso emblemático de aquella lectura es el de Tim Burton que, con una carrera asentada sobre las bases de la fantasía, ha visto cómo en los últimos años sus producciones arrastran un bajón cualitativo considerable. Teniendo el antecedente de que “Ed Wood” (1994), el único título construido por el realizador fuera del género que lo hiciera conocido, es una verdadera pieza de colección, las expectativas sobre “Big Eyes: Retrato de una Mentira”, un biopic en plan comedia-drama, no pueden ser menores.

BIG EYES 01La película está basada en la vida de Margaret D.H. Keane (Amy Adams), retratista que, en palabras del propio Tim Burton, ejerciera una gran influencia sobre él en sus largometrajes. El relato va repasando la historia de la artista entre la década del 50 y 60, cuando contrajera matrimonio con su segundo esposo, Walter Keane (Christoph Waltz) y este fuera adueñándose de sus trabajos, adjudicándose su falsa autoría para hacer fama y fortuna. Todo lo anterior, enmarcado en el impacto que causaban los característicos cuadros de Margaret, que incluyen siempre a personajes tristes y de grandes ojos.

Los distintos homenajes que el director de “Beetlejuice” (1988) va estableciendo en el ancho del título, se logran ir fijando entre la sutileza y la propia admiración que despierta Margaret Keane en el realizador. Fuera de los simbolismos gráficos presentes en la cinta, existen pasajes en que los primeros planos, e incluso el maquillaje, permiten hacer un juicio sobre el proceso de reivindicación en la figura de la artista plástica. Un escenario que si bien podría ser desfavorable para la verosimilitud de un filme biográfico, en manos de Burton termina siendo algo, a lo menos, creíble.

BIG EYES 02La ambientación de los hechos va marcando el muy buen ritmo de la historia no como un distractor, sino que como un reforzador en el encuadre del mismo; la solapada descripción sobre el rol de la mujer y el heteropatriarcado sociocultural del hombre, tan marcado en plena génesis del movimiento beat (Andy Warhol fue un entusiasta de la pintora), sirve para dimensionar el alcance que podría tener una historia como la de Margaret Keane –muy triste en la parte de su vida que se explora en este largometraje- en tiempos modernos, donde todavía existe la discusión sobre la equidad de género.

Asimismo, el humor negro de la producción permite crear graciosas situaciones, en donde el mundillo snob dentro del arte queda como todo lo charlatán que realmente es, separando de ese modo la interesante labor que cumplen los críticos en el total del contexto de la disciplina artística, sin perjuicio de que algunos de ellos (¿Nosotros?) ocupen tanto la retórica como para quedar de fanfarrones. Por otra parte, “Big Eyes: Retrato de una Mentira” no juzga el trabajo real de su protagonista, ni tampoco empuja al público a hacerlo, acá la calidad pictórica de Margaret Keane –encarnada por una impecablemente sumisa Amy Adams- es irrelevante, lo que importa de verdad son sus motivaciones, y eso es algo que está muy bien dispuesto en la película. Además de lo anterior, también se presenta con ingenio un repaso sobre el arte manufacturado, producido a gran escala y al fan-intérprete responsable de que la expresión artística pierda sentido en algún punto.

BIG EYES 03Ahora bien, los problemas que tiene la cinta van por el lugar del guión, a cargo de Scott Alexander y Larry Karaszewski, los mismos escritores de “Ed Wood”. No obstante, los diálogos pueden ser agudos –“Walter Keane es la razón del porqué la sociedad necesita críticos: ¡Para protegerlos de tales atrocidades!”-, también hay escenas que se advierten forzadas y sin asunto, llevando por momentos a la historia por el lugar de lo conveniente. En contraste, el relato no se introduce lo suficiente en temas espirituales, fundamentales en la vida de Margaret, por lo tanto la transformación que va experimentando la artista en su perspectiva, no queda completamente clara. De igual manera, el otro protagónico, Walter Keane, se plantea muy limitado, aunque Christoph Waltz aporte en explosividad a su rol.

Sería injusto precisar el cambio de Tim Burton como la pérdida de su identidad, porque los elementos de los que siempre se ayudó todavía están ahí –en menor medida, pero incorporados-, y eso sin olvidar que es precisamente lo que en nuestra calidad de espectadores debemos exigir: innovación a través de un punto cero o por medio de la reinvención. La sensación que queda después de ver “Big Eyes: Retrato de una Mentira” es grata; al parecer el otrora gótico director vuelve a caminar por la buena senda.

Por Pablo Moya

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La Mirada Incendiada

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La Mirada Incendiada

Tiempos de dictadura, un hijo de exiliados políticos que vuelve a Chile por cuenta propia y un crimen de crueldad inconmensurable por parte de las fuerzas de orden. El tercer largometraje de ficción de la directora Tatiana Gaviola, “La Mirada Incendiada”, inicia con las palabras “Inspirada en un hecho real”, tomando como punto de partida el conocido Caso Quemados, atentado en el que Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas de Negri fueron víctimas de un ataque incendiario por parte de militares a plena luz del día en la vía pública.

Protagonizado por Juan Carlos Maldonado en el papel de Rodrigo, el filme prometía sin duda ser un aporte para la memoria de nuestro país, dada la historia en cuestión y su contexto, sin embargo, esta promesa metamorfoseó hasta convertirse no sólo en polémica, debido a la nula influencia que tuvo la familia de Rojas de Negri en materias de decisión cinematográfica, sino que también es una cinta que no cumple del todo con los objetivos que parece perseguir.

El inicio de la película muestra a Rodrigo volviendo a Chile con una cámara bajo el brazo y el propósito de desempeñarse cómo fotógrafo profesional. Tras andar un rato medio perdido, y luego de ser ayudado por una amiga vecina de su tía, logra llegar a la casa de esta y sus dos primas menores, quienes cariñosamente lo acogen a lo largo de la trama. Tras esto, se forjan lazos emotivos que dan cuenta de la personalidad dulce y templada del protagonista. De esta forma, se retrata claramente cómo Rodrigo influyó en la vida del resto de los personajes mediante escenas variadas, que muestran momentos íntimos en los que estos interactúan, desde conversaciones nocturnas y abrazos diurnos, hasta experiencias traumáticas que refuerzan vínculos.

A lo mencionado anteriormente, se suma la manera en que los personajes se comunican entre sí. Si bien, el guión resulta claro y conciso, los intercambios de palabras se articulan principalmente a través de diálogos medianamente breves y en ocasiones incluso un poco rígidos, cayendo en la sobre explicación del contexto dictatorial en el que ocurren los eventos una y otra vez, resultando en parte obvios. Además, el guión demuestra la clara intención de introducir gran variedad –y cantidad– de expresiones y/o dichos chilenos, dando así a entender una identidad lingüística acertada, que da cuenta de aspectos de nuestra cultura, pudiendo haber sido presentado de manera igualmente oportuna, pero a través de matices más sutiles.

Por otro lado, Rodrigo es retratado a través de conversaciones y acciones como un joven que no se encuentra realmente al tanto ni de la situación a nivel país, ni de las restricciones que esto implica, modificando el relato y añadiendo romanticismo mediante la presencia de un protagonista en parte inocente, que sueña con denunciar las injusticias del golpe sin pensar en repercusiones. En este sentido, resalta también el carácter poético que busca reflejar la voz en off de narradora de la historia –perteneciente al personaje de Carmen Gloria Quintana–, sugiriendo la existencia de una profunda relación previa al hecho incendiario entre Carmen Gloria y Rojas de Negri, interpelando acciones y decisiones tomadas por el protagonista. Esto agrega de manera similar un toque de romanticismo que resulta algo forzado y, sobre todo, algo lejano a la realidad de los hechos.

En cuanto a la atmósfera, la película logra reflejar el miedo colectivo y la tensión de la época, además de espacios y elementos característicos que resultan clave para retratar el período, tales como cacerolazos, protestas y allanamientos. Las escenas no son demasiado largas, por lo que hacen que la cinta sea dinámica y en su mayoría liviana, teniendo en consideración la carga del tema que trata. Sin embargo, esto mismo es lo que también genera que en algunas ocasiones se pierda un poco la continuidad entre una escena y la siguiente.

Por último, cabe destacar que, si bien las heridas dejadas por el flagelo dictatorial a lo largo y ancho de este territorio siguen estando cargadas de un rojo fresco y humeante, vale la pena que historias como estas vean a la luz en el formato cinematográfico, alimentando la memoria de nuestro país mediante expresiones artísticas cargadas de historia. Por desgracia, “La Mirada Incendiada” no cumple del todo con este objetivo, quedando al debe principalmente en temas de fidelidad con la memoria histórica nacional y la empatía hacia víctimas del caso, ya que, a pesar de que se deja en claro que el filme tan sólo se inspira en los hechos reales, este sin duda abre paso a preguntas que vale la pena hacerse. ¿Hasta qué punto es viable mezclar realidad y ficción? ¿De qué manera abordar temáticas delicadas de la manera más empática posible? Lamentablemente, en ese sentido “La Mirada Incendiada” desarrolla su narrativa omitiendo aquel elemento tan importante.


Título Original: La Mirada Incendiada

Director: Tatiana Gaviola

Duración: 102 minutos

Año: 2021

Reparto: Juan Carlos Maldonado, Catalina Saavedra, Gonzalo Robles, María Izquierdo, Cristina Aburto, Constanza Sepúlveda, Belén Herrera, Pascal Balart, Estrella Ortiz


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