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Cine

Baby: El Aprendiz del Crimen

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El cine de acción es, posiblemente, uno de los grandes favoritos de las salas de cine actuales. La emoción, el riesgo y la valentía han sabido tomar un lugar especial en el corazón de sus fanáticos gracias a tomas que acompañan a los protagonistas en sus arriesgadas maniobras a través de los distintos escenarios a los que se enfrentan. El espectador, presa de la tensión y la adrenalina, sigue a los personajes en líneas narrativas que, si bien son más simples que otros géneros del cine, se desenvuelven constantemente sobre relatos arquetípicos más o menos conocidos por todos.

Entonces, el gran desafío para cualquier película de acción es cómo mantener una historia sencilla que sea capaz de atrapar a su público, emocionarle y, a la vez, albergar novedad en su forma y contenido. “Baby: El Aprendiz del Crimen” se presenta a sí misma como una nueva apuesta por responder a esa pregunta trabajando desde el humor, el ritmo y la preocupación por los detalles. Una producción que logra cautivar desde múltiples aspectos al espectador que gusta del cine de acción, pero también a aquellos más reacios a este género, gracias a una producción impecable en muchos sentidos.

En este filme, Edgar Wright –conocido director responsable de películas como “Shaun Of The Dead” (2004) y “Scott Pilgrim vs The World” (2010)– nos trae la historia de Baby (Ansel Elgort), un joven y talentoso conductor que trabaja para un jefe criminal (Kevin Spacey) realizando vertiginosas y arriesgadas maniobras tras el volante, para mantener a salvo a los distintos equipos criminales a medida que escapan de los atracos que perpetran.

La trama –a primera vista simple– no destaca por su originalidad respecto al género. Las historias de conductores ligadas al mundo criminal nos llevan necesariamente a pensar en otros títulos y sagas que podrían tener una línea argumental parecida, como “The Transporter” (2002) o la saga “Rápido y Furioso”, no obstante, uno de los grandes aciertos que “Baby: El Aprendiz del Crimen” tiene por sobre dichas películas es el sólido trabajo humorístico que presenta. La tensión, propia de la acción ligada a las peligrosas maniobras en automóvil, encuentra su contrapunto en un humor de situación que no necesita gags o chistes para hacerse notar. Es el mismo ambiente y el contraste entre una toma y otra lo que pone en evidencia la maestría del director a la hora de crear un humor no dependiente de las palabras, capaz de aligerar la carga ante una película que, de otro modo, hubiese parecido ridícula y sobrepoblada de clichés del género. Este juego autoconsciente de burlarse de sí misma, de sus situaciones y acciones, presentándolas de manera graciosa en contraste con la seriedad de las tomas de acción, hacen de la trama una compleja pieza de relojería que rara vez decepciona a medida que los minutos avanzan.

Es, entonces, que se hace presenta uno de los elementos clave para la película: el ritmo. Juegos de cámara y planos que se suceden casi tan rápido como las maniobras del joven conductor a través de la pantalla, con detalles en segundo plano finamente cuidados y un trabajo de construcción de personajes inteligente nacido desde las particularidades de cada uno de los habitantes de la historia, se aúnan al trabajo rítmico visual impecable que da cabida al humor característico de Edgar Wright. Así es como se configura la apuesta de esta película, una mirada distinta al cine de acción –desde el humor– que funciona bien a su propósito: contar de manera novedosa una historia trillada y lograr despertar emociones ante una historia en la cual el mismo final se nos cuenta antes de que ocurra.

Ahora bien, el ritmo narrativo no es el punto más fuerte de la película, sino que lo es la música. Una banda sonora que logra encerrar casi todos los gustos y que se hace presente desde sus primeros minutos hasta su desenlace casi de manera ininterrumpida. Será este trabajo musical lo que marcará el eje de la construcción de toda la historia de “Baby: El Aprendiz del Crimen”; cada escena, maniobra y juego de cámara se condice con el ritmo de la banda sonora salida desde los audífonos de su protagonista, en un filme que, más que construirse y presentarse, se orquesta ante el espectador. Será en la música, entonces, donde encontramos verdaderamente al protagonista; sus gustos, sus amores, sus deseos y su pasado, como también su presente, sus sueños y su trabajo como conductor criminal.

En síntesis, si se le mira superficialmente, “Baby: El Aprendiz del Crimen” es una película cuya historia cae en lugares comunes y clichés del género de acción; una narración más o menos predecible que mantiene a sus personajes sanos y salvos gracias a milagros divinos propios del género. Sin embargo, el filme está muy consciente de ello y le saca partido gracias a un humor impecable, inteligente y de ritmo envidiable –tanto visual como musicalmente hablando–, que va dando profundidad a la historia, enlazando nuevas aristas a sus personajes –cada vez más personales– hasta construir un viaje cinematográfico realmente placentero, demostrando que la forma en la cual una historia es contada es tan importante como la historia misma.

Por Ricardo Tapia

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El Llamado Salvaje

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El Llamado Salvaje

El CGI (Computer Generated Imagery) en el cine es a menudo un tema controversial al ser a veces mal utilizado, o ser técnicamente deficiente. A veces el efecto que genera es simplemente espantoso, como en el caso de “Cats” (2019), en otras busca ser casi lo único valioso en una película, más que historia o personajes, como en el caso de “Avatar” (2009). Esto se debe en gran medida a que es un recurso relativamente nuevo en la historia del cine, y las capacidades técnicas de los efectos especiales siempre están evolucionando. Algo notable de “El Llamado Salvaje” desde un principio es el uso de CGI para generar personajes casi en su totalidad, lo que es definitivamente una apuesta arriesgada. Sin embargo, el resultado, a pesar de no ser perfecto, es un buen camino a seguir para la industria en el futuro.

La historia sigue a Buck, un perro grande y afable, criado por una acaudalada familia en California, que es secuestrado y vendido durante la Fiebre del Oro, y enviado a Yukon, al norte de Canadá. Ahí vivirá diversas aventuras y conocerá a diferentes perros y personas que lo acercarán a su lado más salvaje, lo que finalmente lo llevará a su destino.

“El Llamado Salvaje” es una sólida película de aventuras, en gran medida porque el personaje principal es profundamente querible. Pese a que puede ser sumamente difícil generar empatía con un protagonista que no habla, por lo que se vuelve difícil entrar en su mundo interior, el film toma las decisiones adecuadas de utilizar una voz en off que a menudo nos dice lo que piensa, y hacer uso del CGI para darle al animal un gran rango de emociones y personalidad. Inmediatamente somos capaces de conectarnos con Buck, y además de entender su relación con los otros animales que conoce, los que también son sumamente expresivos.

Y ese es uno de los grandes aciertos de la película. El uso que le da al CGI tiene más que ver con construir personajes expresivos y queribles que con buscar un fotorrealismo que sea técnicamente sorprendente, o con generar un mundo de fantasía que sea el gancho de la cinta. A diferencia de “The Lion King” (2019), acá los personajes caninos están llenos de expresividad y personalidad, incluso a pesar de no tener voz, y esto es casi en su totalidad a lo efectivo del CGI.

Aunque, claro, la falta de prolijidad técnica en la animación de los personajes se siente, y en algunas escenas casi llega a distraer de la historia. Hay momentos en que estos no alcanzan a mezclarse bien con su ambiente y se sienten como personajes de videojuego, moviéndose por un ambiente de manera desconectada. Sin embargo, el film completo genera una sensación de fantasía y plasticidad que se complementa bien con este aspecto.

Básicamente, todo es un poco plástico, pero al menos de manera coherente. Se siente como un film animado, tanto por su textura visual como por su puesta en escena, lo que tiene sentido, considerando que es la primera película live action del director Chris Sanders, famoso por “Lilo & Stitch” (2002) y “How To Train Your Dragon” (2010) y “The Croods” (2013). Esto lleva a que los momentos en que el CGI falla se vuelvan menos choqueantes y nunca lleguen a ser más llamativos que la historia en sí.

“El Llamado Salvaje” no es una película perfecta, tiene algunas falencias de guion, algunos de sus personajes (particularmente los villanos) son algo caricaturescos y el final se vuelve sobre explicativo, alargándose y siendo innecesariamente cursi. Sin embargo, al igual que el viaje de Buck, es una película con altos y bajos: una vez terminada, es un viaje que valió la pena tomar. Y no sólo eso, es también un buen ejemplo de las posibilidades narrativas que puede tener el uso de CGI en el cine, si dejamos de centrarnos en el aspecto técnico y volvemos a concentrarnos en la historia y los personajes.


Título Original: The Call Of The Wild

Director: Chris Sanders

Duración: 105 minutos

Año: 2020

Reparto: Harrison Ford, Dan Stevens, Bradley Whitford, Karen Gillan, Omar Sy, Jean Louisa Kelly, Terry Notary, Cara Gee, Colin Woodell, Wes Brown, Anthony Molinari, Brad Greenquist


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