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Apuesta Máxima

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Ningún tema se escapa del alcance de Hollwyood, y el juego no ha sido excepción. Desde “The Sting” (1973) hasta “Lucky You” (2006), pasando por “House Of Games” (1987), la industria ha creado escuela a partir de dramas que tienen este elemento como actor importante de la trama. “Apuesta Máxima” tiene como punto de partida el mundo de las apuestas online, pero lo llamativo es que, en la medida que progresa, se descubre que no interesa tanto el póquer mismo como las tensiones y complicaciones desencadenadas detrás. En efecto, el juego tiene una relevancia mínima, accesoria. Esta es sobre todo la historia de la destrucción del sueño americano vivido a la inversa: por un norteamericano en Centroamérica.

Richie Furst (Justin Timberlake) es un universitario que necesita pagar una gran suma de dinero a su institución educacional y pierde todo lo que tiene al caer en una trampa mientras juega póquer online. No duda en ir tras el propietario del sitio y viajar hasta Costa Rica en busca de un tal Ivan Block (Ben Affleck), millonario que opera desde la isla. Allá no sólo solucionará su problema, sino que se involucrará en el negocio de este poderoso hombre, quien le ofrecerá como carnada ganar una cantidad estratosférica de dinero para que se sume su imperio. Así, se transformará en uno de sus principales colaboradores, pero la aparición de un agente del FBI empezará a convulsionar las aguas.

La película tiene una estructura narrativa de lo más simple y la historia que abarca también lo es, pero de esta se podría haber sacado mucho más provecho. La idea del novato acogido por un tipo con experiencia y dudosa reputación es jugosa, pero los recovecos que escoge son muy poco sabrosos y de aburrido control. Se intenta mantener con firme correa el devenir de la cinta, pero se termina cruzando la frontera hacia lo intrascendente. Si bien la dirección de Brad Furman es nerviosa, de poca lucidez, a ratos torpe, lo que hunde al filme es el guión, que jamás termina por cuajar. Pasada la media hora da un vuelco que insta a pensar que puede agarrar vuelo, pero es apenas un espejismo en el desierto.

La historia tiene poco riesgo y numerosos aspectos que desentonan. Hay contenido que sin razón es remarcado y en otros pasajes el metraje parece tijereteado. Esta desprolijidad (que parece involucrar culpas tanto de la sala de montaje como del proceso de escritura) provoca que el interés se vaya perdiendo progresivamente, hasta llegar al final, momento que provoca más vergüenza ajena que cualquier otra sensación; por su torpeza, la película recuerda a otro estreno de este año: “Broken City”. Las similitudes abarcan desde su trama –protagonista sin aparente salida que depende de un tipo con pleno poder- hasta la falla central: el desarrollo es tan desafortunado que resulta muy difícil involucrarse en la narración, pese al drama de diversas aristas que vemos en pantalla. Cintas que, si bien tienen un adecuado arranque, luego hacen agua por todos lados.

Tal como el guión está  inundado de vuelcos de escaso interés, también lo está de líneas acartonadas, las que son apropiadas con escasa convicción por sus actores. Y allí es donde existe otra deficiencia: el desempeño de sus intérpretes. Justin Timberlake y Ben Affleck son tipos de limitado registro que, con caracteres tan poco dinámicos, son incapaces de hacer mucho. Affleck no es un actor desastroso, pero sí muy discreto, con escaso margen para interpretar papeles que requieran salirse de la parquedad. Mientras que el también cantante ha exhibido un desempeño bastante modesto en su breve carrera en el cine, aunque parece tener cierto potencial, que por cierto aquí no luce. Decir que la elaboración de los protagonistas es floja no es antojadizo. Timberlake es el protagonista absoluto, pero desafortunadamente no hay una exploración sobre él; durante toda la película está entre la espada y la pared, pero ese drama nunca tiene una pausa para la reflexión, lo que también tiene que ver con la falta de ambición de la cinta. El de Affleck es pura caricatura, pese a cierto halo de misterio que se intenta sembrar en un comienzo. Lo más ramplón del filme y probablemente el punto más bajo es el personaje de Gemma Arterton, quien aparece con intermitencia y nunca teniendo la relevancia mínima que justifique su incorporación en la trama. La tensión que genera entre los protagonistas jamás cobra real importancia, no abandonando nunca el estereotipo. La conclusión parece ser que su personaje fue incluido sólo para atraer a más público masculino.

La falta de armonía incluso se extiende al uso de la música. Las pausas, tensiones y progresión, se sienten aún más bruscas por el desatinado empleo de este recurso. Por ejemplo, cada vez que se muestran las calles de Puerto Rico, a lo único que se acude es a emplear música urbana, sin importar el tono que esté imperando en la película. Tampoco hay asco para ubicar un momento cúlmine con música acorde, seguido de otro con una canción bailable. No hay dudas que su ambición no se extiende más allá de armar un sólido entretenimiento, pero claramente se queda muy corta en conseguir ese propósito, ni siquiera siendo cautivante por pasajes. Si bien no es una total pérdida de tiempo, no hay nada digno de recordar al salir de la sala. De no ser por la popularidad de sus protagonistas, debería pasar sin pena ni gloria, directo al olvido.

Por Gonzalo Valdivia

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