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Anna Karenina

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La trágica historia de Anna Karenina es ampliamente conocida no sólo por ser una de las novelas mas conocidas de León Tolstói, sino también por ser de las más adaptadas a la pantalla grande. Es por ello que una nueva adaptación implica un gran número de retos para los realizadores, quienes deben encontrar un enfoque novedoso para la historia, y así presentar al público una película que resulte atractiva. Este es el desafío que asumieron el guionista Tom Stoppard (“Shakespeare In Love”, 1998) y ANNA KARENINA 01el director Joe Wright, quien vuelve a confiar en Keira Knightley para el rol principal, en la que resulta ser la tercera colaboración entre la actriz y el director después de “Pride & Prejudice” (2005) y “Atonement” (2007).

Anna Karenina (Keira Knightley), jovial aristócrata de la Rusia Imperial, debe viajar de San Petersburgo a Moscú para acudir al rescate de su lascivo hermano Oblonsky (Matthew Macfadyen), cuyo matrimonio con Dolly (Kelly Macdonald) pende de un hilo producto de una infidelidad. A su llegada conoce al Conde Vronsky (Aaron Taylor-Johnson), oficial del ejército ruso, encuentro del cual surge una atracción que les resulta difícil de resistir. Anna regresa a San Petersburgo al lado de su marido Karenin (Jude Law), un alto funcionario de gobierno, y su hijo, pero es seguida por Vronsky. Allí comienzan un furtivo romance que llega rápidamente a oídos de Karenin y de la hipócrita alta sociedad rusa, quienes aíslan y condenan a la pareja, llevándose Anna la peor parte, quien termina consumida por la indiferencia, el aburrimiento y los celos.

La gran novedad de esta adaptación está la puesta en escena, en la que la historia se desarrolla mayoritariamente en un teatro, el cual muta y se adapta según lo requiera el relato, ya sea cambiando decorados rápidamente en planos secuencia muy bien montados, o bien trasladando la cámara tras bambalinas, para llevarnos a los rincones más oscuros y ocultos de Moscú y San Petersburgo. Ingenioso recurso, si tomamos en cuenta que la tecnología ahora permite recrear antiguos escenarios sin necesidad de salir de un estudio (técnica de la cual hizo uso y abuso recientemente “Les Misérables”), pero a la vez riesgoso, pues condiciona los movimientos y expresiones de los actores. Y aún cuando es forzado por las limitaciones del presupuesto, no escatima en detalles para no hacernos olvidar que estamos frente a una película de época. Es por ello que el diseño de vestuario fue el gran ganador en la temporada de premios que culminó recientemente. Ello no implica que la película no haga uso de locaciones en exteriores. Muy por el contrario, cuando lo hace es para abrirnos el mundo. La historia de Levin (Domhnall Gleeson), que es contada paralelamente a la de Anna, se desarrolla mayoritariamente en exteriores, siendo también el personaje que logra conectar de mejor manera con el espectador, ya que es el único que parece tener un contacto con la realidad, más allá de ese muro de espejos en el cual parece vivir la aristocracia de Moscú y San Petersburgo. Esto se logra gracias a un sólido trabajo de Gleeson, quien resulta ser un verdadero descubrimiento.

El resto del elenco, salvo excepciones, hace un buen trabajo, aunque también condicionado por la teatralidad de la narración. Jude Law, usual galán de cine, destaca como un engañado Karenin, gélido pero sufriente, llevando adelante su tarea con elegancia y sobriedad. Matthew Macfayden también destaca con su aporte en comedia, que aliviana el relato. Tal vez el mayor error está en la elección de ANNA KARENINA 04Aaron Taylor-Johnson en el papel de Vronsky, quien no parece dar nunca con la tecla apropiada para interpretar su papel. Keira Knightley, en tanto, logra salir adelante con su interpretación, la que siempre sufrirá con las inevitables comparaciones. Greta Garbo, Vivien Leigh y Sophie Marceau, por mencionar algunas, se han puesto los ropajes de la desgraciada aristócrata rusa en pasadas versiones.

El gran punto débil de esta cinta está en la excesiva apuesta por el romance. El relato se limita a sugerir o derechamente excluye cualquier atisbo de crítica social que estaba presente en la novela, y elige centrarse únicamente en el amor, pero con un nivel de profundidad propio de una telenovela, abundando los diálogos empalagosos. Así, un proyecto que parecía interesante por la forma de abordar la narración visual y su elenco, cae un par de peldaños por una elección inapropiada, que se suma a la escasa novedad que representa contar nuevamente la historia de Anna Karenina en el cine. Un intento fallido, pero aún así válido, que de seguro será del deleite de aquellos que disfrutan con los dramas románticos de época.

Por Rodrigo Garcés

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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