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Amigos Con Ventaja

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Esperar que una rom-com destaque por sí sola y entregue un mensaje más allá de la propia conformidad que el género que refleja, es pedir demasiado. No obstante, tampoco nos enojamos con cintas de estilo “livianito” que cumplen en los aspectos más básicos, como que sea graciosa, que otorgue personajes convencionales con demonios y miedos antagónicos, y que se toquen temas identitarios sobre el amor en ciertas etapas de la vida. El final que deja sensaciones positivas es opcional. Ahora bien, si se le resta a una producción de este tipo calidad en cuanto a un desarrollo, aunque sea coherente con su objetivo, no se saca nada con simplemente cumplir o contar con actores PLAYING IT COOL 01reconocidos. La falta de entusiasmo se puede ver reflejado en un guión, y esta vez ocurre en el de “Amigos Con Ventaja”.

Un escritor que no cree en el amor (Chris Evans) debe realizar un guión para una comedia romántica. Desesperado por no tener buenas ideas y refugiado en su grupo de amigos escritores fracasados (Topher Grace, Martin Starr, Aubrey Plaza y Luke Wilson), un día conoce de forma inusual a una mujer bastante particular, Ella (Michelle Monaghan), con la cual construye una profunda atracción. Sin embargo, ella está comprometida, por lo que el narrador se las ingenia para tener una relación de amistad mientras lucha internamente para descubrir el verdadero significado del amor.

Con un tono que hace parodia de las comedias románticas tradicionales, “Amigos Con Ventaja” podría parecer una narración fuera de lo común, que destaca por su sentido del humor graficado a través de escenas en las cuales el narrador nos introduce a su –relativamente- triste historia, desde su propia imaginación. Inteligente y aparentemente graciosa, vende una premisa que en su segundo tercio se destruye tajantemente por dos terribles errores: la ambigüedad en el desarrollo de las dimensiones de los personajes principales y la masiva falta de conexión entre los actores y sus papeles. De este PLAYING IT COOL 02último punto se salvan sólo Topher Grace y Aubrey Plaza. El primero por hacer un intento para que su personaje no sea otra caricatura más de los homosexuales, a pesar del guión, y la segunda porque su zona de confort son los papeles de chica rara con humor deadpan.

Trastocado por los mismos errores de los que se burla, la cinta del director Justin Reardon dista bastante de producciones que se podrían categorizar a la par, como “Ruby Sparks” (2012) o “(500) Days Of Summer” (2009), donde los personajes sí evolucionan y la comedia no es limitante alguna para entregar un mensaje –algo desconcertante- sobre la vida, y no simplemente un montón de ideas que suenan bonito en el contexto de un guión pobre y desganado, cuyo objetivo es sólo ser efectista como cualquier vil película de domingo por la tarde. “Amigos Con Ventaja” no es nada más que eso.

Peor aún, Chris Evans pareciera haber regresado al tiempo de “Not Another Teen Movie” (2001) y “Fantastic Four” (2005), tirando por la borda el gran camino construido como Capitán América  y su aclamada actuación en “Snowpiercer” (2013), definitivamente papeles donde destaca. Claro, también son historias mejor tratadas y guiones muchísimo más cuidados de directores y escritores más PLAYING IT COOL 03audaces, sin embargo, como espectador es desconcertante cuando la carrera de un actor va en ascenso y, por los motivos o acuerdos particulares que se tengan, aceptan roles muy inferiores a sus capacidades.

El único aspecto que no hace de esta película una triste pérdida de hora y media –a menos que alguien sea seguidor indiscutido de las comedias románticas- es ese lazo entre la imaginación del narrador con lo que va sintiendo o pensando. Con esa simple e infantil forma de construir la realidad del protagonista, incluso ocupando animación, se percibe algo de interés por otorgar un ritmo más juguetón y diferenciador a una historia que no destaca precisamente por ser innovadora o por tener personajes complejos más allá de ser atractivos. Pero ni siquiera el curioso hecho de que salga Chile mencionado un par de veces en la historia es motivo suficiente que justifique el sacrificio.

Por Daniela Pérez

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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