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Amantes Por Un Día Amantes Por Un Día

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Amantes Por Un Día

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El impacto que causó el movimiento social de mayo de 1968 en Francia y la influencia de la Nueva Ola, ha hecho que el trabajo del director francés Philippe Garrel parezca estar suspendido en el tiempo, no sólo por la elección del blanco y negro que le otorga un tono nostálgico a sus historias, sino también porque sus relatos y personajes avanzan a un ritmo mucho más pausado del actual, donde se le da prioridad a su interioridad y capturando emociones humanas universales, siendo estas las que logran tener preponderancia en historias que parecen simples, pero que alcanzan un alto nivel de complejidad. Su último trabajo, “Amantes Por Un Día”, cierra la trilogía conceptual de la que forman parte “La Jalousie” (2013) y “L’Ombre Des Femmes” (2015).

Luego de haber terminado una relación amorosa, Jeanne (Esther Garrel) llega a vivir a la casa de Gilles (Éric Caravaca), su padre, un profesor de filosofía que vive con su novia Ariane (Louis Chevillote), una de sus alumnas de la misma edad de su hija. Ambas jóvenes inician una amistad que estará en el medio de su padre, el que deberá afrontar las inseguridades de su relación amorosa.

Los últimos trabajos de Garrel se han centrado principalmente en las dinámicas y conflictos de las relaciones de pareja, donde los fuertes vínculos entre dos personas son enfrentados a la fragilidad del compromiso y la fidelidad es cuestionada desde su base, entendiendo que quienes aceptan entrar en un romanticismo idílico están dispuestos a sufrir las consecuencias que este podría acarrear. La manera que tiene de retratar la intimidad lo lleva a explorar los rincones más profundos de sus personajes, casi estudiándolos, como si fuera la búsqueda de una exploración personal, pues, sin necesariamente ser relatos autobiográficos, están impregnados de las dudas e ideas de un punto de vista en particular.

Los personajes que arman este triángulo están construidos con una naturalidad que llega a ser excesivamente real, así, su complejidad los lleva a retratar con pureza las temáticas que rodean la obra del director, las que tratan de cuestionar los conceptos de compromiso, fidelidad e intimidad. Por una parte, la dinámica entre padre e hija es capturada sin mayor aprensión, existiendo entre ellos una conexión capaz de incomodar a la pareja de Gilles, quién se ve desplazada cuando la joven llega a –de cierta forma– invadir el espacio que ella y su amante estaban empezando a construir. Por otro lado, el entusiasmo que ha experimentado el romance entre Gilles y Ariane se ha debilitado, llevándolos a la desconfianza, aflorando los deseos íntimos de cada uno, donde los celos del profesor empujan la relación al límite.

El encuentro entre estas tres personas inicia los conflictos a nivel interno relacionados con el amor de pareja, amistad y filial, y que explota una vez que ya no puede ser contenido, por lo que cada uno lo manifiesta de forma diferente. Siendo particularmente los personajes femeninos quienes canalizan sus procesos de manera más evidente, donde el padre y amante tiene un rol sólo de observador, actuando acorde a las consecuencias de los conflictos que se han desatado. En ese momento, las dinámicas humanas sacan lo mejor y peor del carácter natural de las personas, en un contexto que parece atemporal, pero que también habla del mundo contemporáneo y la evolución de nuestros vínculos.

Garrel ha utilizado el medio monocromático para contar sus historias, característica que se aprovecha del dramatismo que le otorga el blanco y negro al relato audiovisual. Aquí el foco está puesto en las emociones de los personajes, quitando de en medio cualquier distracción que pueda entorpecer el desarrollo de la narración, la que termina volviéndose aún más íntima, provocando que los acotados setenta y seis minutos de metraje capturen las inquietudes y los conflictos de estas tres personas.

“Amantes Por Un Día” puede parecer una cinta de una construcción simple y sin mayores pretensiones, la que gracias a su duración y la precisión en su guion da como resultado una película directa y honesta. Sin embargo, es la profundidad de sus personajes lo que le otorga un dramatismo puro y natural, en una reflexión sobre las relaciones humanas, la libertad del deseo y las consecuencias del control que se le atribuye al compromiso.


Título Original: L’Amant D’Un Jour

Director: Philippe Garrel

Duración: 76 minutos

Año: 2017

Reparto: Éric Caravaca, Esther Garrel, Louise Chevillotte, Laetitia Spigarelli, Paul Toucang, Félix Kysyl, Michel Charrel, Nicolas Bridet, Marie Sergeant, Raphaël Naasz, Justine Bachelet, Christian Bouillette


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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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