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Alvin y Las Ardillas: Aventura Sobre Ruedas

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Desde los ‘50 que ha existido “Alvin y las Ardillas”. Estableciéndose como una marca, primero se mostró como un grupo de personajes cuyas canciones lograron un éxito de ventas para las disqueras, luego se convirtió en una popular caricatura y actualmente es una serie de películas de live action con tres particulares ardillas animadas. Y siempre el gancho ha sido el mismo: ardillas cantando éxitos pop con un registro agudo obtenido mediante la ALVIN AND THE CHIPMUNKS THE ROAD CHIP 01aceleración del registro vocal. Pero con la transición y supervivencia de la franquicia salta la duda de si este sigue siendo un material que vale la pena preservar,  y cada cinta lucha con imponer su defensa.

Alvin, Theodore y Simon son el exitoso trío musical, y ya están establecidos en la casa y vida de Dave (Jason Lee), quien está saliendo con una mujer con la que su relación va cada vez más en serio. Cuando Dave planea un viaje con ella a Miami, las ardillas asumen que le propondrá matrimonio y los dejará de lado, por lo que, junto al rebelde hijo de la mujer, Miles (Josh Green), planean llegar a Miami para detener la propuesta, encontrándose con miles de obstáculos en el camino.

Desde la premisa, se puede inferir fácilmente cómo la cinta va a proceder y terminar, y “Alvin y Las Ardillas: Aventura Sobre Ruedas” no hace mucho por eludir lo predecible de su trama y desviar las expectativas de una audiencia que seguramente va más adelantada que ella. Desde el afecto que les tiene Dave, hasta lo ridículo del plan principal, el grupo central se da cuenta del estado de las cosas demasiado tarde; aunque esta se trate de un grupo de ALVIN AND THE CHIPMUNKS THE ROAD CHIP 02ardillas cantantes y sea una película dirigida para niños, esto es quizás lo menos verosímil de la propuesta.

Donde la cinta intenta compensar lo débil de su historia, es con los números musicales y las breves apariciones de estrellas invitadas. Al tratarse de una suerte de road trip, las ardillas pasan por diferentes áreas de Estados Unidos, lo que les da la excusa de sumergirse en las culturas correspondientes y reflejarlo a través de canciones. Esto es quizás el punto más interesante del filme, aunque no parezca ser su foco central y se termine desaprovechando. Por su parte, las diferentes caras conocidas que aparecen un par de minutos pueden ser divertidas, pero se quedan en la broma fácil y no son suficientes para levantar escenas que parecen más bien de relleno.

Cada personaje tiene, a lo más, una cualidad diferenciadora, la cinta es casualmente sexista o reductiva con las mujeres (lo que se ve con las Arditas, la contraparte femenina de las Ardillas) y el sentido del humor que caracteriza la película parece ser el de que el caos es divertido. Cuanto más desastre produce el trío principal, la cinta parece ALVIN AND THE CHIPMUNKS THE ROAD CHIP 03creer que más cómica está siendo, y el que las ardillas terminen destruyendo todo a su alrededor es su recurso para terminar todos los hilos y subtramas que parecen no llevar a ninguna parte.

Y es que quizás la franquicia tenga que aceptar que, si no se reinventa, enfrenta un fin inminente. Las cuatro películas, si bien han logrado un éxito moderado globalmente, son producciones caras que no parecen estar dirigidas a nadie específicamente. Esta en particular, la cuarta instalación, es la del presupuesto más abultado y a la que más le ha costado obtenerlo de vuelta. Apuntando un poco a la nostalgia de quienes están familiarizados con los personajes desde décadas anteriores, pero con un humor demasiado básico incluso para los niños que hoy en día pueden verla, el chiste de las ardillas cantantes ya parece estar viejo. “Alvin y Las Ardillas: Aventura Sobre Ruedas” no presenta un caso lo suficientemente fuerte como para que continúe.

Por Ignacio Goldaracena

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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