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Alien: Covenant

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Casi cuarenta años han pasado desde el estreno de “Alien” (1979) y aún continúa siendo un referente en el género de la ciencia ficción por su particular manera de mezclar elementos de aquel género y el horror, desarrollando eficazmente el suspenso en una atmósfera enigmática y oscura. Es así como, luego de tres secuelas y otros proyectos cinematográficos que tenían a los xenomorfos como protagonistas, el director de la primera parte, Ridley Scott, volvió a la franquicia estableciendo sus origines en “Prometheus” (2012).

Concebida como una precuela, trataba de insertar el concepto de origen en un universo narrativo, pero con adiciones que cambiaban drásticamente la propuesta de sus inicios. Enfocándose principalmente en explicar y develar los misterios que se esconden en estos entes biológicos extraterrestres, con un proceso que intentaba ensamblar a la fuerza con la primera parte de la franquicia, terminó dejando un sabor amargo en quienes confiaban en la visión de Scott. Ahora, una nueva versión viene a servir como puente para unir ambas historias.

La tripulación de la nave Covenant viaja hacia un alejado planeta con el objetivo de colonizar y desarrollar una nueva civilización. Sin embargo, una extraña transmisión aleja el rumbo de la nave hacia otro planeta que parece albergar mejores condiciones. Al decidir explorarlo, la tripulación descubrirá los peligros que este esconde y deberán luchar para escapar con vida.

Si bien, parece sensato analizar “Alien: Covenant” sólo como la secuela de “Prometheus”, resulta casi imposible separarla del resto de la saga. Este nuevo capítulo se alimenta directamente de la película de 1979, pero transitando desde el lado equivocado al añadir guiños y homenajes que terminan siendo artificiales y descuidados. Los realizadores se preocupan de replicar lo que hace memorable aquella cinta, pero separando la ejecución visual de los cimientos narrativos, lo que genera que el relato avance lento y que a ratos tambalee, dejando que todos los hechos parezcan ocurrir gracias al azar y a las malas decisiones de sus personajes.

La principal razón que hace que esta nueva entrega no alcance a ser satisfactoria, tiene que ver de con la débil construcción de sus personajes. Estos son presentados casi artificialmente, estableciendo relaciones que poca relevancia tendrán a medida que avance el relato, sirviendo sólo como pretexto para que la acción se lleve a cabo. Poco a poco dejan de importar, esto gracias a que sus torpes decisiones detonan los predecibles escenarios en los que se verán envueltos.

No obstante, los androides Walter y David serán los personajes con mayor relevancia, puesto que son ellos los responsables de albergar los diálogos con mayor trascendencia, dejando a los tripulantes humanos a un lado y casi justificando esta nueva aventura en un terreno ya recorrido. De esta forma, se desarrollan las ideas propuestas en su antecesora y profundiza aún más en los conceptos de creación, evolución y perfección, agregando ingredientes frescos a la saga. Por lo tanto, es importante destacar la actuación de Michael Fassbender, quién es capaz de desarrollar apropiadamente la labor de sostener gran parte de la cinta.

Si hay algo que caracteriza fundamentalmente a la saga -sobre todo en su inicio- es el tratamiento visual y cómo se logra transmitir una atmósfera sombría, desoladora y a ratos grotesca. Si bien, estos elementos han ido perdiendo protagonismo, el esfuerzo por trabajar una estética en particular se confirma en esta nueva entrega, pues el trabajo fotográfico -a cargo nuevamente de Dariusz Wolski- consigue realzar la belleza natural del paisaje con el ritmo opaco en el que se desenvuelve la historia.

Por otra parte, se acentúan los momentos de horror al directamente no esconder nada cuando el enemigo alienígena ataca a los tripulantes, yendo un paso más allá en la audacia y el gore de algunas secuencias si se compara con su antecesora. No obstante, el misterio se olvida y el diseño digital de las diferentes etapas de los ya conocidos xenomorfos podrían causar rechazo en una propuesta visual que desconecta del relato y que debilita su desarrollo.

Si se justifica a “Alien: Covenant” como una adición más en el universo narrativo de la saga, se podría entender la intención de extender y profundizar en ideas nuevas. Además, al ser ubicada como secuela de “Prometheus”, exhibe mejoras que la hace atractiva en su propuesta visual. Sin embargo, la responsabilidad es grande si se asume el legado que la franquicia tiene en el género y, desde esa perspectiva, queda debiendo con creces, pues es su débil fundamento narrativo lo que provoca una sensación de amarga insatisfacción.

Por Ángelo Illanes

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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