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A Toda Velocidad

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Si se toma una de las caras de la comedia y se la separa, clasificándola como una forma de retrato idiosincrásico, se puede entender que este género puede funcionar de maneras diferentes dependiendo del punto geográfico donde se represente. Por otra parte, es un medio que sirve de pretexto para trabajar las premisas más impensadas, pues las posibilidades de poner a un grupo de personajes en alguna situación divertida pueden ser diversas. Considerando lo anterior, el director francés Nicolas Benamou se afirma de estas características para contar la historia de una familia al centro de una extrema e imprevista situación, destacando, sobre todo, el objetivo más simple y básico que tiene el género: hacer reír.

Un día de verano en París, una familia decide irse de vacaciones en su nuevo auto de manejo exclusivamente electrónico. Cuando una discusión familiar casi los hace regresar, el padre de familia sea da cuenta que la velocidad establecida en 130 km/h no desciende y los controles no responden. Desde ese momento, todos harán un gran esfuerzo para mantener la calma y poder salir de esta inesperada situación.

“A Toda Velocidad” establece desde un principio el tono en el que se mantendrá, presentando personajes un tanto caricaturescos y basados en estereotipos familiares. Por una parte, Tom (José Garcia), el padre de la familia y médico cirujano, intenta hacer de todo para mantener un estatus y a sus seres queridos contentos. Por otro lado, su esposa es quien mantiene el orden y es capaz de cualquier cosa por sus dos inocentes y divertidos hijos. Por último, quien es uno de los responsables de empujar la mayoría de las situaciones cómicas en la narración, el padre de Tom, es un hombre que ha sabido vivir su vida de forma licenciosa y mantiene una tensa relación con la esposa de su hijo debido a su comportamiento irresponsable e irreverente.

Son personajes que a ratos recuerdan el ensamble casi perfecto de “Little Miss Sunshine” (2006), pues cuentan con el potencial suficiente para desarrollar una trama divertida. Sin embargo, estas oportunidades son pasadas por alto y desaprovechadas, debido a la poca profundidad y sutileza con la que estas se trabajan, destacando la torpeza de cada uno, lo que termina creando situaciones un tanto obvias y que terminan por alejarlos de la audiencia.

Si bien, sus personajes logran ser identificados de inmediato gracias a la clara representación de arquetipos, el tono y el ritmo en el que se desarrollará la narración parte con demasiada cautela y desaciertos que rayan en lo inverosímil. Se empieza a construir lentamente un tipo de comedia que arranca con dificultad, apostando al slapstick, pero en un tono demasiado inocente y forzado. Este ritmo se mantiene constante y es fiel a su premisa durante todo el metraje, y cuando ya logra despegar, es demasiado tarde.

El corazón de esta cinta se encuentra en el género en el que se desarrolla, pues será la comedia su refugio y soporte, el problema se genera cuando se deja a un lado la profundidad que se puede alcanzar en ese medio y se opta sólo por nadar superficialmente en el objetivo más simple, que es lograr hacer reír. Sin embargo, lo hace subestimando a la audiencia, pues abundan en ella situaciones absurdas e inconexas. Y si bien, el tipo de comedia física puede llegar a resultar altamente graciosa, en esta oportunidad no es trabajada de manera apropiada, descansando en la ingenuidad infundada de todos los personajes.

“A Toda Velocidad” invita al espectador a ser parte por una hora y treinta minutos de una alocada y casi absurda aventura, que puede resultar divertida sólo si se deja de lado la lógica y se entra en el juego de situaciones torpes, donde lo más increíble es posible que suceda. La comedia no es ofensiva, por el contrario, cae en una extrema ingenuidad, aunque sí logra entregar momentos de diversión. El problema es que su irregular estructura es demasiado débil y amenaza con caer a cada momento. Al final resulta ser sólo el cúmulo de gags inconexos que se juntan incómodamente para contar una historia armada a la fuerza para que el resultado final sea un relato coherente, pero nunca alcanza a encontrar un camino sólido para aterrizar y concluir apropiadamente.

Por Ángelo Illanes

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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