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Cine

¿Por Qué Él?

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Considerando todos los elementos en juego, el marketing de las películas dirigidas a las masas es casi tan esencial como contar con actores conocidos que muevan público a las salas. A pesar de ello, en estos tiempos en que los estrenos son cada vez más seguidos, no siempre se alcanzan a advertir esfuerzos que salgan de lo que acostumbramos a ver. Por eso, desde que hace aproximadamente un mes se anunció que llegaría a nuestras salas una película hollywoodense de comedia subtitulada al ‘chileno’, inmediatamente se generó un gran revuelo en redes sociales, entre personas a favor de la sátira localizada y otros en contra de leer nuestras groserías como parte de un relato ajeno. Buena o mala idea, este experimento centró la atención del público generando curiosidad por una cinta que, de haber llegado en condiciones normales, sería una comedia-tipo más agregada a la ya extensa cartelera. Y ¿es un experimento exitoso?

Stephanie Fleming (Zoey Deutch) decide presentar a la familia a su nuevo novio, Laird (James Franco), un millonario empresario de videojuegos sin filtro aparente. Su chocante forma de ser pondrá de cabeza a sus sobreprotectores padres, Ned (Bryan Cranston) y Barb (Megan Mullaly). A pesar de todo, aceptarán darle una oportunidad a Laird pasando las festividades de Navidad en la excéntrica casa del –posible– yerno.

John Hamburg es uno de los escritores que estuvo a cargo del guion contemporáneo de “Meet The Parents” (2000), y que trabajó en la forzada trilogía de la comedia. Por ello, ahora incursionando en la dirección de una película que trata la dinámica hija-presenta-novio y padre-desaprueba, se hace notoria la adaptación de dinámicas ya probadas con maniobras cada vez más grotescas enfocadas a un público menos escandalizado, pero que recae ilusamente en las consecuencias del efectismo fácil. Ese nefasto reciclaje que es forzado a funcionar es uno de los principales problemas de “¿Por Qué Él?, cuya gracia formal –como pasa en este tipo de producciones– radica en ciertos gags aislados o medianamente armados que producen una reacción hilarante, pero momentánea.

Si bien Bryan Cranston hace lo posible por elevar lo mediocre del guion, realmente son pocos los momentos en que verdaderamente logra apoyar las escenas pobremente escritas, tijereteadas y pegadas en lo que se nota un trabajo poco prolijo. Hay un acto en particular que nos recuerda a su época dorada en “Malcolm In The Middle” (2000) por la que podríamos satisfacernos en que todo valió la pena, pero los problemas argumentales, sumado a las evidentes deficiencias en edición y continuidad, van cavando anticipadamente la tumba. James Franco también hace lo suyo, a su particular manera, por evidenciar la soltura y habilidad con que es capaz de interpretar a un personaje especial, sin pelos en la lengua y con más groserías que artículos. Aunque le salga natural y sea gracioso –punto a favor– tras tanto tiempo en pantalla con el mismo juego, lo repetitivo atrofia la conducción del relato, evidenciando una primera mitad mejor trabajada y más entretenida que la segunda.

Ahora bien, el principal enganche con que esta producción llega a nuestro país radica en la utilización de subtítulos adaptados a nuestro lenguaje particular. “Nica”, “tío” y “buena” son algunas de las palabras que más se repiten dentro del relato, comunes en nuestro hablar pero extrañas al leer, además de los innumerables garabatos que el antagonista principal ocupa a destajo. Después de que lo curioso es saciado, y especialmente para aquellos que entienden en mayor medida el inglés, estos subtítulos no hacen más que distraer y desenfocar las ideas que se pretenden transmitir en los diálogos. A menos que haya gente que logre abstraerse totalmente de lo que se escucha, este llamativo intento no consigue convencer, salvo un particular y corto chiste que junta nuestra contingencia educacional y se adapta al contexto. Pero más allá de eso, los “cachai” o la traducción forzada no tienen mayor idoneidad ni razonamiento.

Es cierto: es molesto leer extranjerismos españoles o mexicanos, pero presionar nuestro habla para que calce no sólo en un medio tan grande como el cine, sino que en un contexto que, querámoslo o no, proviene de otro país tampoco es lo correcto. Lo mejor es siempre optar por la redacción del español neutral que compartimos entre naciones hispanas, adaptando las muletillas propias del país de procedencia al vocabulario común. Claro está que siempre habrá palabras o frases sin traducción literal, y es ahí donde se podrían permitir ciertos beneficios para que el público territorial se sienta más parte del relato, accediendo a que palabras o groserías más complejas sean adaptadas al equivalente local, según el contexto.

Pero ni contar con un cast mayormente entregado, con una gran cantidad de cameos a estrellas de música, cine e incluso empresarios renombrados, o con una llamativa propuesta salvan a una historia coja, llena de agujeros argumentales y completamente desechable tras las excesivas casi dos horas de duración. “¿Por Qué Él?” es un ejercicio bastante pobre en logros conceptuales y cinematográficos, que si bien puede sacar un par de risas, no obtiene mayores resultados como otras comedias de su mismo género o ambición. Es un relato que deja más dudas que certidumbre, y ciertamente, la que más se nos repetirá en la cabeza durante todo el metraje será “¿y por qué Bryan Cranston?”.

Por Daniela Pérez

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Cine

David Lynch: The Art Life

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David Lynch: The Art Life

A través de su filmografía, y con el reciente regreso de “Twin Peaks”, David Lynch ha demostrado ser uno de los autores más prolíficos y complejos de las últimas décadas. Desde su primer largometraje, “Eraserhead” (1977), que su imaginario significa entrar a mundo de sensaciones donde representaciones visuales de la psiquis se vuelven tangibles. Debido a lo intrincado que podría ser su forma de narrar, experimentar su obra exige conectar con lo sensorial, pues su trabajo busca crear reacciones y evocar emociones. El director de “Blue Velvet” (1986) y “Mulholland Dr.” (2001) ha sido capaz de construir un estilo reconocible gracias las características que su obra comparte, en un estilo vago e incierto, pero envolvente, donde lo inexplicable convive con personajes que se ven atrapados en mundos complejos.

Dirigido en una colaboración entre Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental “David Lynch: The Art Life” se centra en el trabajo artístico pictórico del cineasta, mientras se va creando un relato autobiográfico de sus primeros años formativos y su acercamiento al arte, sirviendo como puente entre sus inicios en esta disciplina y sus primeras obras cinematográficas.

Las conversaciones de tres años entre los realizadores y el director estadounidense son condensadas en una hora y treinta minutos, en un relato íntimo en la voz del mismo Lynch. El hecho que sea construido como un monólogo produce una atmósfera más natural y cercana con el director, así también adjudicando un punto de vista donde el espectador sólo observa cómo se mezcla su creación artística y su biografía. La voz en off de Lynch se hace omnipresente en un montaje que mezcla al artista trabajando en sus obras plásticas, en su estudio en Los Angeles –a veces acompañado de su pequeña hija, Lula– intercalando material biográfico como fotografías, videos de archivo y sus pinturas.

La autobiografía que acompaña el viaje visual habla de sus inicios, vida familiar, la relación con sus padres y cómo su influencia inevitablemente ayudó a formar su primera relación con al arte, siendo capturado por esta disciplina cuando decide mudarse a Filadelfia, donde pudo estudiarlo de manera profesional. Y es a través de todas estas experiencias e historias acumuladas que se juntan para inspirar gran parte de su trabajo, y cómo en el proceso de absorber, internalizar y plasmar se ha moldeado un imaginario enigmático y surrealista.

Claramente el foco de este registro documental está puesto en sus creaciones plásticas, concebidas a partir de distintos materiales y mezclando técnicas pictóricas que le dan la libertad de crear pequeños universos, en cuadros que perfectamente podrían ser sacados de alguna de sus películas. Por otra parte, los realizadores utilizan estas obras en el montaje no tan sólo como un apoyo visual, sino también para poder crear pequeños episodios visuales que enfatizan los relatos en off, y utilizando los textos que el mismo Lynch incorpora en sus cuadros, se destaca el estado emocional del relato. Por último, el uso de stop motion le agrega un dinamismo a la narración, haciendo de estas obras pequeñas escenas de la vida del artista, donde algunas de ellas contienen personajes que parecen atrapados en distintas realidades.

Este documental termina siendo un estudio del autor en un estado mucho más primitivo, además de una exploración íntima, donde se logra ver el mundo a través de sus ojos y se puede conocer con frescura una etapa de descubrimiento y creación artística. No es un retrato biográfico de principio a fin, tampoco se centra en una obra en particular, sólo es un acercamiento a procesos creativos desde una mirada de total naturalidad y comodidad por parte del cineasta.

Para entender el universo interior de David Lynch, y posteriormente apreciar con mayor profundidad su trabajo, es importante considerar todos los aspectos y los procesos de creación que lo han llevado a posicionar su nombre y ser poseedor de un estilo particular y reconocible. Así, este documental logra dar a conocer ese otro aspecto del cineasta, un lado que tiene relación con su configuración estética. Se vuelve importante conocer y revisar su filmografía, no necesariamente para poder entender este relato –sólo se cita a sus primeros cortometrajes y las primeras etapas de producción de “Eraserhead”–, aunque sí puede servir como complemento para enriquecer este acercamiento diferente y privado.


Título Original: David Lynch: The Art Life

Director: Jon Nguyen

Duración: 88 minutos

Año: 2016

Reparto: David Lynch, Documental

 


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