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La Aparición

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No es novedad que durante las últimas décadas, uno de los géneros cinematográficos que le ha costado más mantenerse en un estándar de calidad por sobre la media, es el género de terror. Puede ser culpa de un público cada vez menos impresionable, o de un montón de propuestas genéricas que más que sacar gritos de espanto, provocan bostezos de aburrimiento. Un servidor apunta a la segunda opción, pero lo cierto es que sagas como “Saw”, sobreviven sólo gracias a la explotación de sus secuencias gore, que ni cercanas a las grotescas imágenes propias del sub-género, mantienen a una legión de fieles fanáticos, que más que buscar buen terror, se congregan para disfrutar de un morboso festín de sangre.

El horror no pasa por su mejor momento, y propuestas como “La Aparición” sólo vuelven a reafirmar que el género en la gran industria se sustenta con fines mercantilistas, dando a luz productos que son refritos de las sagas que han triunfado en la taquilla, entregando terror genérico para las masas, lleno de clichés y lugares comunes.

“La Aparición” va de una pareja que comienza a sufrir el acoso de espíritus malignos, liberados por un experimento universitario que salió mal, y que amenazan con  destruir sus vidas. Y eso es todo. Detrás de este “original” argumento, se suceden acontecimientos igual de “originales”, dando vida a una película que pasa frente a los ojos del espectador sin entregar ningún momento que despierte un ápice de curiosidad –o interés- por el martirio que están viviendo los personajes.

Es una lata tener que llenar un escrito con reproches sobre un filme que no da mucho para hablar. La sensación de estar viendo algo que ya hemos visto mil veces –y mil veces mejor- es recurrente durante el visionado. Todo en “La Aparición” tiene sabor a repetición de sus referentes, inspirando escalofriantes escenas como la de la cámara reptante embrujada, o la de la sábana asesina, que hay que reconocer, es de lo mejorcito de la película.

Los ánimos de mantener a “La Aparición” como un producto asimilable para el gran público, quedan patente incluso en la elección de su reparto. Ashley Greene tiene un parecido considerable con la protagonista de la saga “Crepúsculo” (en la que también participó), Kristen Stewart, tanto físicamente como en su nula expresividad ante la cámara, limitándose a poner cara de asustada cuando hay que ponerla, y a pasearse en ropa interior durante la primera mitad de la cinta, como si eso ayudará a pasar por alto la mediocridad del conjunto. Sebastian Stan hace del soso novio de la protagonista, y Tom Felton da un salto al vacío desde la saga de Harry Potter, para hacer el ridículo como un inverosímil científico paranormal.

En fin, una película más en el dilatado catálogo del género del terror, y peor aún, una más de las malas películas del género de terror. “La Aparición” es digna de caer en la categoría de “películas para ver en un viaje de bus”, donde el sonido del motor y el paisaje que pasa junto a la ventana, logran distraernos –y de paso salvarnos- del suplicio. Aunque pensándolo mejor, las “películas para ver en un viaje de bus”, no merecen ser comparadas con este despropósito.

Por Sebastián Zumelzu

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Cine

David Lynch: The Art Life

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David Lynch: The Art Life

A través de su filmografía, y con el reciente regreso de “Twin Peaks”, David Lynch ha demostrado ser uno de los autores más prolíficos y complejos de las últimas décadas. Desde su primer largometraje, “Eraserhead” (1977), que su imaginario significa entrar a mundo de sensaciones donde representaciones visuales de la psiquis se vuelven tangibles. Debido a lo intrincado que podría ser su forma de narrar, experimentar su obra exige conectar con lo sensorial, pues su trabajo busca crear reacciones y evocar emociones. El director de “Blue Velvet” (1986) y “Mulholland Dr.” (2001) ha sido capaz de construir un estilo reconocible gracias las características que su obra comparte, en un estilo vago e incierto, pero envolvente, donde lo inexplicable convive con personajes que se ven atrapados en mundos complejos.

Dirigido en una colaboración entre Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental “David Lynch: The Art Life” se centra en el trabajo artístico pictórico del cineasta, mientras se va creando un relato autobiográfico de sus primeros años formativos y su acercamiento al arte, sirviendo como puente entre sus inicios en esta disciplina y sus primeras obras cinematográficas.

Las conversaciones de tres años entre los realizadores y el director estadounidense son condensadas en una hora y treinta minutos, en un relato íntimo en la voz del mismo Lynch. El hecho que sea construido como un monólogo produce una atmósfera más natural y cercana con el director, así también adjudicando un punto de vista donde el espectador sólo observa cómo se mezcla su creación artística y su biografía. La voz en off de Lynch se hace omnipresente en un montaje que mezcla al artista trabajando en sus obras plásticas, en su estudio en Los Angeles –a veces acompañado de su pequeña hija, Lula– intercalando material biográfico como fotografías, videos de archivo y sus pinturas.

La autobiografía que acompaña el viaje visual habla de sus inicios, vida familiar, la relación con sus padres y cómo su influencia inevitablemente ayudó a formar su primera relación con al arte, siendo capturado por esta disciplina cuando decide mudarse a Filadelfia, donde pudo estudiarlo de manera profesional. Y es a través de todas estas experiencias e historias acumuladas que se juntan para inspirar gran parte de su trabajo, y cómo en el proceso de absorber, internalizar y plasmar se ha moldeado un imaginario enigmático y surrealista.

Claramente el foco de este registro documental está puesto en sus creaciones plásticas, concebidas a partir de distintos materiales y mezclando técnicas pictóricas que le dan la libertad de crear pequeños universos, en cuadros que perfectamente podrían ser sacados de alguna de sus películas. Por otra parte, los realizadores utilizan estas obras en el montaje no tan sólo como un apoyo visual, sino también para poder crear pequeños episodios visuales que enfatizan los relatos en off, y utilizando los textos que el mismo Lynch incorpora en sus cuadros, se destaca el estado emocional del relato. Por último, el uso de stop motion le agrega un dinamismo a la narración, haciendo de estas obras pequeñas escenas de la vida del artista, donde algunas de ellas contienen personajes que parecen atrapados en distintas realidades.

Este documental termina siendo un estudio del autor en un estado mucho más primitivo, además de una exploración íntima, donde se logra ver el mundo a través de sus ojos y se puede conocer con frescura una etapa de descubrimiento y creación artística. No es un retrato biográfico de principio a fin, tampoco se centra en una obra en particular, sólo es un acercamiento a procesos creativos desde una mirada de total naturalidad y comodidad por parte del cineasta.

Para entender el universo interior de David Lynch, y posteriormente apreciar con mayor profundidad su trabajo, es importante considerar todos los aspectos y los procesos de creación que lo han llevado a posicionar su nombre y ser poseedor de un estilo particular y reconocible. Así, este documental logra dar a conocer ese otro aspecto del cineasta, un lado que tiene relación con su configuración estética. Se vuelve importante conocer y revisar su filmografía, no necesariamente para poder entender este relato –sólo se cita a sus primeros cortometrajes y las primeras etapas de producción de “Eraserhead”–, aunque sí puede servir como complemento para enriquecer este acercamiento diferente y privado.


Título Original: David Lynch: The Art Life

Director: Jon Nguyen

Duración: 88 minutos

Año: 2016

Reparto: David Lynch, Documental

 


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