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Frozen: Una Aventura Congelada

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Sin duda que, en el campo de la animación, los estudios Disney son toda una institución, con una larga tradición de cortos y películas animadas, aptas para todo el público. Por décadas su hegemonía no fue puesta en duda, y cuando pasaron por un momento oscuro supieron reinventarse –y promocionarse- para volver con aún más fuerza a un sitial que nadie supo reclamar con propiedad. La “era del renacimiento” de Disney, que se tradujo en una seguidilla de éxitos sin precedentes, alcanzando su cenit con ese clásico moderno conocido como “El Rey León”, permitió al estudio del castillo encantado recuperar su trono.

FROZEN 01De ahí en adelante, la animación tradicional comenzó a recibir duros y efectivos golpes por parte de la animación digital, especialmente de los estudios Pixar, cuyas películas curiosamente eran distribuidas por la propia Disney, antes de adquirirla definitivamente. La tradición de la animación comenzó a cambiar sus dogmas, las fórmulas de éxito se ajustaron a los nuevos tiempos y el público se amplió aún más, pero la “fórmula Disney” cada vez resultó más resistida por el público. Probablemente desde “Lilo & Stitch” (2002), el estudio ha dado tumbos probando distintas formas de reencantar tanto a la crítica como, obviamente, a la taquilla, hasta que pareció dar con la tecla correcta con “Ralph, El Demoledor” (2012). Si sumamos a eso el decepcionante año en cuanto a lo que animación se refiere, las expectativas sobre “Frozen: Una Aventura Congelada” están muy por sobre la media.

La película cuenta la historia de Elsa y Anna, princesas del reino de Arendelle y cuyos padres fallecieron trágicamente cuando aún eran niñas. En el día de su coronación como reina, y presa del pánico, Elsa deja libre sus poderes sobre el frío y el hielo, el cual tuvo oculto por años, congelando el castillo y sumiendo al reino en un crudo y eterno invierno, para finalmente huir a las montañas. Anna debe partir en busca de su hermana para que detenga el hechizo, contando para ello con la ayuda de Kristoff, un amable hombre de la montaña, su reno Sven y Olaf, un tierno hombre de nieve.

FROZEN 02Aún cuando con “Ralph El Demoledor” apelaron a todos los nuevos dogmas de la animación junto con elementos de nostalgia para construir un relato fresco y entretenido, en esta oportunidad buscaron rescatar la tradición clásica de Disney, que tan buenos dividendos les trajo durante su era del renacimiento, aún cuando habían fracasado antes en su intento con “La Princesa y El Sapo” (2009). Adaptando de manera muy libre –casi vagamente- la historia de “La Reina de las Nieves” de Hans Christian Andersen, añadiéndole a esta dinámicas familiares que le dan mayores elementos de empatía y cercanía con el público, e incluyendo algunos de las características propias de los musicales Disney, la historia de esta fría aventura transcurre alegre y divertidamente durante la hora y media de metraje.

Un relato sencillo y fácil de comprender, o de soportar, según sean o no el público objetivo, que gira en torno la magia, la familia, la amistad y el amor. Pero cabe hacer presente que este no es cualquier cuento de hadas como los que solía narrar el estudio del ratón. El relato abarca algo más que la clásica lucha antagónica entre el bien y el mal por salvar el amor verdadero. Los personajes son queribles porque muestran una amplia gama de emociones y reacciones, que van del egoísmo al amor incondicional, pasando por la ingenuidad y el descaro. Y es lo suficientemente inteligente para acabar con los mitos de los cuentos de hadas sin llegar a lo burdo y elocuente de “Shrek”.

FROZEN 03La animación, por su parte, es técnicamente impecable, llena de detalles y colores que resultan ser una verdadera delicia para la vista. Aún así, como casi cada película que sale en formato 3D, queda la sensación de que este especial campo de profundidad no es lo suficientemente aprovechado, por lo que la experiencia entre uno u otro formato no debiera disminuir. Por lo demás, lo que realmente destaca en esta cinta son los números musicales, que recuerdan (o a veces derechamente homenajean) a otros clásicos de la misma factoría. Para nuestro país las copias vienen sólo dobladas, donde la canción principal es interpretada por Martina Stoessel (Violetta), quien se ha convertido en una verdadera apuesta regional por parte de Disney.

Así, mientras Pixar se ha convertido en una máquina de exprimir franquicias, tal y como ha sido la tónica con todo lo que ha adquirido Disney (Marvel, Lucasfilm, Miramax) y ha perdido el rumbo en cuanto a sus propuestas originales, al igual que los competidores Dreamworks y Fox (con anuncios de nuevas “Como Entrenar a Tu Dragón”, “Kung Fu Panda”, “Rio” y “La Era del Hielo”), la propuesta de el estudio Disney de renovar su clásica receta para hacer películas animadas puede parecer fresca y novedosa. Si hasta el propio corto animado que acompaña a la película muestra una lucha entre lo clásico y lo moderno, en un esfuerzo por demostrar cómo la magia de sus creaciones no está en la técnica. De momento, habrá que esperar cuanto puede resistir esta nueva y remozada fórmula, y por mientras disfrutar en familia de 90 minutos de música, bailes, aventuras y entretención.

Por Rodrigo Garcés

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Cine

David Lynch: The Art Life

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David Lynch: The Art Life

A través de su filmografía, y con el reciente regreso de “Twin Peaks”, David Lynch ha demostrado ser uno de los autores más prolíficos y complejos de las últimas décadas. Desde su primer largometraje, “Eraserhead” (1977), que su imaginario significa entrar a mundo de sensaciones donde representaciones visuales de la psiquis se vuelven tangibles. Debido a lo intrincado que podría ser su forma de narrar, experimentar su obra exige conectar con lo sensorial, pues su trabajo busca crear reacciones y evocar emociones. El director de “Blue Velvet” (1986) y “Mulholland Dr.” (2001) ha sido capaz de construir un estilo reconocible gracias las características que su obra comparte, en un estilo vago e incierto, pero envolvente, donde lo inexplicable convive con personajes que se ven atrapados en mundos complejos.

Dirigido en una colaboración entre Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental “David Lynch: The Art Life” se centra en el trabajo artístico pictórico del cineasta, mientras se va creando un relato autobiográfico de sus primeros años formativos y su acercamiento al arte, sirviendo como puente entre sus inicios en esta disciplina y sus primeras obras cinematográficas.

Las conversaciones de tres años entre los realizadores y el director estadounidense son condensadas en una hora y treinta minutos, en un relato íntimo en la voz del mismo Lynch. El hecho que sea construido como un monólogo produce una atmósfera más natural y cercana con el director, así también adjudicando un punto de vista donde el espectador sólo observa cómo se mezcla su creación artística y su biografía. La voz en off de Lynch se hace omnipresente en un montaje que mezcla al artista trabajando en sus obras plásticas, en su estudio en Los Angeles –a veces acompañado de su pequeña hija, Lula– intercalando material biográfico como fotografías, videos de archivo y sus pinturas.

La autobiografía que acompaña el viaje visual habla de sus inicios, vida familiar, la relación con sus padres y cómo su influencia inevitablemente ayudó a formar su primera relación con al arte, siendo capturado por esta disciplina cuando decide mudarse a Filadelfia, donde pudo estudiarlo de manera profesional. Y es a través de todas estas experiencias e historias acumuladas que se juntan para inspirar gran parte de su trabajo, y cómo en el proceso de absorber, internalizar y plasmar se ha moldeado un imaginario enigmático y surrealista.

Claramente el foco de este registro documental está puesto en sus creaciones plásticas, concebidas a partir de distintos materiales y mezclando técnicas pictóricas que le dan la libertad de crear pequeños universos, en cuadros que perfectamente podrían ser sacados de alguna de sus películas. Por otra parte, los realizadores utilizan estas obras en el montaje no tan sólo como un apoyo visual, sino también para poder crear pequeños episodios visuales que enfatizan los relatos en off, y utilizando los textos que el mismo Lynch incorpora en sus cuadros, se destaca el estado emocional del relato. Por último, el uso de stop motion le agrega un dinamismo a la narración, haciendo de estas obras pequeñas escenas de la vida del artista, donde algunas de ellas contienen personajes que parecen atrapados en distintas realidades.

Este documental termina siendo un estudio del autor en un estado mucho más primitivo, además de una exploración íntima, donde se logra ver el mundo a través de sus ojos y se puede conocer con frescura una etapa de descubrimiento y creación artística. No es un retrato biográfico de principio a fin, tampoco se centra en una obra en particular, sólo es un acercamiento a procesos creativos desde una mirada de total naturalidad y comodidad por parte del cineasta.

Para entender el universo interior de David Lynch, y posteriormente apreciar con mayor profundidad su trabajo, es importante considerar todos los aspectos y los procesos de creación que lo han llevado a posicionar su nombre y ser poseedor de un estilo particular y reconocible. Así, este documental logra dar a conocer ese otro aspecto del cineasta, un lado que tiene relación con su configuración estética. Se vuelve importante conocer y revisar su filmografía, no necesariamente para poder entender este relato –sólo se cita a sus primeros cortometrajes y las primeras etapas de producción de “Eraserhead”–, aunque sí puede servir como complemento para enriquecer este acercamiento diferente y privado.


Título Original: David Lynch: The Art Life

Director: Jon Nguyen

Duración: 88 minutos

Año: 2016

Reparto: David Lynch, Documental

 


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