Scott Weiland: Quisimos creer que era inmortal

Domingo, 3 de Enero de 2016 | 1:20 am | No hay comentarios
Scott Weiland: Quisimos creer que era inmortal

Cada cierto tiempo, alguna de las estrellas que adornan el universo del rock se extingue y deja de brillar. En algunos casos lo asumimos como algo natural, en otros nos consolamos apelando al carácter autodestructivo que suele rodear al rockstar, y en otras situaciones simplemente absorbemos la pérdida y el dolor que eso conlleva. Pero, ¿qué es precisamente lo que hace que una muerte duela más que otra? ¿Es acaso que, al asociar la música a ciertas etapas de nuestras vidas, terminamos haciendo participe a sus intérpretes de nuestra propia historia, como si fuesen amigos, familiares, o simplemente como un punto de referencia que más adelante nos ayudará a transportarnos hacia un recuerdo que fue musicalizado por cierta canción en alguna parte del camino? Es precisamente este fenómeno el que hace que comulguemos generacionalmente con otros seres humanos que forjaron sus vivencias en torno a los mismos artistas, y que nos unamos en un sentimiento de profundo dolor cuando alguno de estos ídolos nos abandona.

Seguramente, todos aquellos que crecieron musicalmente en la década del 90 se estremecieron al conocer la lamentable noticia del fallecimiento del carismático Scott Weiland, otrora vocalista de Stone Temple Pilots y Velvet Revolver, y uno de los personajes más talentosos de su generación, quien dejó en sus fanáticos una huella tan profunda como su legado musical, con un sinfín de obras maestras, verdaderos himnos que destilan sentimiento y rock en cada una de sus líneas, y que han sido capaces de sobrevivir a sus bandas-madre para convertirse en parte fundamental del catálogo popular. Sin lugar a dudas, la figura de Weiland tiene algo especial, algo que llama profundamente la atención y que lo hace destacar por sobre sus contemporáneos, produciendo ese extraño sentimiento de amor y odio que sólo las mentes más brillantes e incomprendidas pueden concebir. Es acaso el nativo de San José, California, la representación más precisa del estereotipo del rockstar, con una postura totalmente desfachatada ante la vida, una reconocida adicción al alcohol, el crack y la heroína, y un sentido de trascendencia totalmente distorsionado, con episodios que rayan en la demencia y un transitar tambaleante que fluyó constantemente entre éxitos y fracasos.

Lo cierto es que, si la noticia de la muerte de Weiland hubiese llegado en la segunda mitad de los 90, probablemente no habría causado tanto impacto mediático, básicamente porque ese período fue uno de los más oscuros en la carrera del cantante, envuelto en constantes problemas legales a causa del uso y abuso de las drogas, que hacían presagiar un fatídico desenlace. A la larga, sus múltiples adicciones terminaron por sabotear su participación en Stone Temple Pilots y posteriormente en Velvet Revolver, donde fue desvinculado por Slash aludiendo a su comportamiento errático e impredecible, además de terminar con sus dos matrimonios, primero con Janina Castanera y después con Mary Forsberg, con quien tuvo dos hijos: Noah (2000) y Lucy (2002). Posterior a esta etapa llena de sombras y altibajos, todos pensaron que lo peor había quedado en el pasado y que era el momento de rectificar el camino, sobre todo cuando en 2014, durante la gira de Scott Weiland & The Wildabouts, el vocalista aseguró haber superado su adicción a las drogas. Pero el destino tenía otros planes para el frontman.

Resulta necesario escarbar un poco en la biografía del cantante para que cuadren ciertas piezas de su confusa personalidad: en 2001 fue diagnosticado con desorden bipolar y rehusó medicarse para tratar su condición. Adicionalmente, en su biografía “Not Dead & Not For Sale” (2011) confesó que fue violado a las 12 años, recuerdos que suprimió durante mucho tiempo y que recién se manifestaron cuando entró en rehabilitación. Sin embargo, intentar glorificar sus pecados, justificar sus innumerables pasos en falso, o tratar de encontrar una explicación lógica al desperdicio de talento en que se convirtió la vida de Scott Weiland, resulta un ejercicio fútil e intrascendente, ya que es básicamente esta dicótoma personalidad la que desde un principio cautivó a sus miles de seguidores; esa postura frontal que nunca tuvo miedo de esquivar las balas, yendo siempre de frente, con sus deficiencias y virtudes, vestigios de un ídolo que forjó su legado tomando la ruta más difícil.

I fall to pieces, I’m falling, fell to pieces and I’m still falling”, pregonaba Scott Weiland en el coro de “Fall To Pieces” de Velvet Revolver, en un mensaje pseudo camuflado que todos captamos, pero que nos rehusamos a asimilar. En el fondo, todos sabíamos que este ídolo noventero estaba caminando peligrosamente por la cornisa y que eventualmente se desplomaría hacía el precipicio, pero lo omitimos, nos engañamos creyendo que, ante la salida de Chester Bennington de Stone Temple Pilots, era el momento para que el frontman volviera a ocupar el lugar que nunca debió abandonar; creímos –o al menos quisimos creer– que su organismo estaba libre de drogas y que recuperaría la voz que dio vida a las gemas hermosas y honestas de sus primeros álbumes; quisimos creer que era inmortal, y nos equivocamos rotundamente. Ahora miramos en retrospectiva, quizás aún con un nudo en la garganta y ojos inundados de amargura, la imagen de un joven Scott Weiland que irrumpió en nuestras vidas a principios de los 90, creyendo tener el mundo a sus pies, y sólo nos queda desear que, donde quiera que esté, siga marcando diferencias. Su luz se apagó, pero su música seguirá brillando.

Por Gustavo Inzunza

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