Andrés Calamaro: “Pido cantar sin una selva de celulares a la vista”

Lunes, 12 de Junio de 2017 | 1:28 am | Comentarios (1)
Andrés Calamaro: “Pido cantar sin una selva de celulares a la vista”

Cuando nos dijeron que podríamos entrevistar a Andrés Calamaro, inmediatamente aparecía la chance de preguntarle de muchísimas cosas más allá de la música, porque en los últimos años el autor de “El Salmón” ha entrado en polémicas por ser claro en lo que piensa, sin miramientos a los estándares morales o sociales dominantes. Ahí, ha caído en dichos contra el activismo y contra la “sensibilidad” de tiempos que, a su juicio, viven en lo políticamente correcto. Lamentablemente, las consultas para abordar esto fueron abortadas de forma certera por el filtro que pone la forma de entrevista que permite Andrés hace varios años. El correo electrónico y las preguntas por escrito son la forma de evitar que su mensaje se tergiverse, tal vez, y ahí él tiene la oportunidad de indicar sin posibilidad de contrapregunta por qué no responde más que de música.

También pasan cosas como que la primera de nuestras consultas fue dispuesta como publicación en las redes del propio Calamaro, con un gran impacto, incluso en diarios de circulación nacional, quizás porque es parte de sus creencias más firmes hoy, en un público más humano y en artistas más transparentes, y es eso lo que le preguntamos al argentino, pensando también en su próxima visita a Chile en tres fechas (Santiago, Valparaíso y Concepción) en su tour “Licencia Para Cantar”, que lo tiene en formato acústico, quizás más vulnerable y de frente que nunca. Es ahí donde los celulares se apagan y comienzan las palabras de un Andrés que nos respondió lo que quiso, con honestidad y mayor cercanía de la que se podría creer.

Hola, Andrés, lo primero que le quería preguntar es acerca de su petición de no sacar fotos y videos en sus conciertos. ¿Cómo cree usted que estas acciones pueden arruinar un espectáculo musical?

Cantar para teléfonos no es lo mismo que cantar para personas. Confío en la retina y en la memoria para capturar instantes imborrables. Ver los brazos en alto sosteniendo un bosque de teléfonos me da vergüenza ajena, y si la rebeldía incluye una luz de flash además del resplandor de la pantalla, entonces es un factor de distracción incómodo. Comparemos un concierto de estas características con un momento de intimidad personal, rodeados de personas con teléfonos en todo lo alto: definitivamente estarían rompiendo con un clima necesario para que la intimidad sea posible. Se puede confiar en la humanidad a secas, en lo que escuchamos y vemos; en la memoria y en el respeto por un cantante que pide cantar sin una selva de celulares a la vista.

En esta gira por Chile usted vendrá en formato aparentemente solista, únicamente con su voz y otros instrumentos. ¿Cuán diferente es la experiencia de esta soledad solapada respecto al hecho de encabezar una banda? ¿Cuán distinta cree usted que es la relación con el público?

Nos apoyamos en sonido y en música, pero sin el concurso de las guitarras eléctricas y la batería. Es un concierto acústico. Cierto es que elegimos un poco de tango y bolero para ofrecer, pero mayormente son canciones incluidas en algún capítulo de mi discografía. Estamos en esta gira hace un año y la relación con el público resulta muy buena. Si la gente está de pie y bebiendo cervezas, entonces es posible que murmuren mientras interpretamos un tango grande, pero tampoco representa un drama para nosotros que intentamos ganarnos los aplausos y merecerlos -también- a golpe de mis canciones emblemáticas.

Es interesante cómo usted se mueve entre diferentes géneros musicales, nunca quieto, nunca en una zona de confort que lo inmovilice. ¿Cuán dañina piensa usted que es la comodidad para un creador? ¿Le ha tocado enfrentar esos impulsos alguna vez en su carrera?

Hay artistas de raíces y otros desarraigados; mantenerse dentro de una zona segura es respetable y conforma al público. La comodidad es un derecho humano y un beneficio, pero también podría “traducirse” en menor sorpresa o inquietud sonora. Ahora mismo estoy en un período de cambio completo en el escenario, y en la gira esto es lo que venimos a ofrecer, y lo hacemos con el mayor de los respetos por el público y por la música.

En “Volumen 11” se notan homenajes a artistas y creadores, ¿cuán difícil es compatibilizar la humildad con la que un artista puede llegar a la gente y acepta influencias y aportes ajenos, con el ego que muchas veces se hace necesario para avanzar y hacerse un lugar en un medio tan competitivo como la música?

Según Sigmund Freud, el ego es importante para definirse como un individuo y vulgarmente se entiende por “ego” tener una opinión demasiado buena de uno mismo. Sigo avanzando porque sigo cantando, no me siento en la necesidad de escribir nuevas canciones con urgencia y me conformo con buenas sensaciones en el escenario y una sala colmada. Cada uno arrastra sus asuntos y viajamos mucho para llegar y cantar. Digamos que aquello que se conoce como ego se disuelve en las esperas interminables en los aeropuertos o arrastrando malestar físico por la carretera, algo que puede ocurrir a cualquiera. Un simple dolor de muelas diluye el orgullo más arraigado.

También es notable la forma en la que “Volumen 11” presenta múltiples estilos, a veces con menor coherencia, pero con un ánimo experimental. ¿Siente que está en una etapa de la vida donde puede experimentar sin problemas? ¿Qué tipo de ideas cree que le falta explorar dentro de su arte?

Lógicamente, hay cantidad de géneros que no exploré en grabaciones ni conciertos, algunos no están a mi alcance, pero confieso haberme involucrado con artistas del flamenco, jazz, tango y la música popular. Me doy cuenta que conseguí casi todo ofreciendo canciones de rock, pero íntimamente me siento además un artista proclive al experimento y a la apertura. La música experimental me complace y puede arrastrar un cierto prestigio minoritario al tiempo que asusta al público más radial o masivo. Soy un oyente inquieto de los géneros musicales, escucho salsa dura, blues auténtico y jazz grabado hace sesenta años. Son terrenos que estoy estudiando mientras escucho y descubro cosas. No sé si a mi carrera le falta algo o le sobra, no soy un artista ambicioso, me conformo con tener bonitas sensaciones en el escenario, dormir bien y sentirme bien.

La música argentina, al parecer, no ha avanzado más allá de los referentes que marcaron y siguen marcando época como usted, entre muchos otros. ¿Por qué pasa eso? ¿Dónde está esa argentinidad en el rock? ¿Por qué pareciera que se queda en un nicho y no genera interés más allá de las fronteras de, por ejemplo, Tan Biónica o cosas más murgueras?

El rock en Argentina es una institución, porque hay miles de jóvenes ensayando para salir adelante con sus deseos. Se valora el pasado con cierto rigor histórico; se desean los viejos discos originales y el rock existe en pequeños locales o en salas grandes. Como en todas partes, la competencia de la música ligera es mucha. Convivimos con el folklore nuestro, que es popular e interesante, y también con productos que nadie nos obliga a escuchar. Personalmente, jamás escucho música que no me gusta. Sé que existe, pero no sé cómo suena. Los nuevos iconos tienen el respaldo de un público o de su propia convicción. Compararse con los inventores del invento siempre es delicado y discutible.

Finalmente, en este tour que lo trae a Chile se habla de una “Licencia Para Cantar”. ¿Cuál es la dificultad de cantar lo propio en un mundo de tanto pastiche y tanta copia? ¿Cómo siente que se viene la cosa en los tiempos venideros?

Cantar siempre involucra una serie de responsabilidades y dificultades, somos cuerpos arrastrados por salas de espera de aeropuertos, comiendo lo que encontramos, y siempre esperando la siguiente prueba de sonido o el momento de actuar. Al tiempo que está por llegar hay que pedirle alegrías y buena salud.

Muchas gracias por su tiempo, Andrés.

Gracias a ustedes. Nos vemos en Chile.

Por Manuel Toledo-Campos

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  1. Sincero says:

    Un boludo importante.

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