Herbie Hancock: El rostro por sobre el nicho

Jueves, 15 de Agosto de 2013 | 6:00 pm | Comentarios (2)
Herbie Hancock: El rostro por sobre el nicho

Pocas veces se ha visto que el jazz genere mucho revuelo en Chile. Con suerte, hacen noticias las miles de personas que se congregan en el Festival Internacional de Jazz de Providencia, pero no existe una ligazón directa entre la música popular y un estilo de nicho, a menos que se trate de figuras cuyo mero rostro las haga parte de algo más allá. Y Herbie Hancock, es una figura con esos quilates.

No por nada, el Teatro Caupolicán estaba repleto, casi hasta el último asiento disponible, en un evento histórico para el jazz en nuestro país, aunque más temprano esto le provocaba dolores de cabeza a la gente, dado que el acceso al recinto de San Diego 850 recién se permitió alrededor de las 20:20 horas, lo que formó aglomeraciones en los ingresos, que además se vieron aún más demorados dado que los asientos eran numerados. Todos estaban desesperados porque se advertía que el show iniciaría con puntualidad, cosa que –suerte para muchos- no ocurrió, porque a las 21:16 hrs. irrumpió sobre el escenario la banda que acompañó a Herbie en esta aventura chilena. Lamentablemente, los problemas en los ingresos hicieron que mucha gente se perdiera parte del inicio del show.

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La alineación era de lujo, porque Herbie no era la única estrella. Muchos aplaudieron a rabiar el trabajo del baterista Vinnie Colaiuta, otra institución en su instrumento, que además es lo suficientemente dúctil para poder amoldarse a las canciones de Herbie y a las improvisaciones que rigieron la jornada. El más desconocido del grupo era el bajista James Genus, que no obstante igual se lució, aunque su instrumento fue el que tuvo más problemas de sonido, perdiéndose en la multitud de somas sonoros muchísimas veces. Uno por el que nadie asistió, pero que se ganó merecidos aplausos tras un extenso solo, fue el percusionista Ustad Zakir Hussain, que demostró porqué es el percusionista en la actualidad, que no sólo hizo clases de cómo darle matices a su instrumento en escena, sino que también dotó al show completo de otro carácter mucho más rico, perfecto para aquellos que no eran tan expertos en el jazz más clásico. Es que Herbie Hancock es una institución no sólo del jazz, sino que también de la música en general, siendo precursor de estilos como el funk y, tal como explicó en el escenario, creador del vocoder, que hoy utiliza hasta Daft Punk. Y también es un excelente anfitrión, tomando el micrófono en repetidas ocasiones para contar historias, y generar una cercanía que pareció ser genuinamente humilde. Gran cosa pensando en la relevancia de su figura.

En lo que respecta a lo musical es difícil decir mucho, porque Herbie trastocó todas sus canciones en aras de generar versiones únicas e irrepetibles con esta banda que, vale recordar, por primera vez tocaba junta. Sí fueron reconocibles canciones como “Watermelon Man 17” o “Come Running To Me”, además del inicio con la clásica “Fascinating Rhythm”, además de la funky “Chameleon”, todo estaba cruzando por un halo de improvisación que obligó al público a escuchar con la mayor atención posible.

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Al final, Herbie no hizo un show de Herbie Hancock, sino que hizo un show de jazz, para todos, donde usó sus canciones como la base de un espectáculo más complejo y al borde de la perfección. El único problema, que no fue menor, se presentó con que el bajo o las percusiones de Ustad no se escucharan a ratos y quedaran escondidas en medio del piano o los teclados de Hancock, afectando las capas de sonido en las interpretaciones de estos artistas. Pero un show de siete canciones que se extiende por casi dos horas claramente permite que digamos que las composiciones eran la excusa para dibujar por sobre ellas, y generar nuevos conceptos, donde los quiebres clásicos del jazz se mezclaban con jugueteos y miradas cómplices entre los diferentes integrantes de la banda.

Un punto importante es que Herbie Hancock no hizo gala de su virtuosismo para demostrar cuánto vale. No fue necesario que hiciera gigantescos solos o que fuera el centro de atención en todo momento. Simplemente, se dedicó a ser el maestro de ceremonias y dejarle el espacio a sus músicos para que ellos se lucieran y así, sumando todo, lo del Caupolicán fuera un show redondo. No por nada el público aplaudió de pie en muchos momentos del recital, y no por nada el recibimiento al inicio del show también fue ensordecedor.

Lo de la noche del 14 de agosto fue histórico, y más allá de qué canciones le faltaron o qué problemas pudieron haber existido, lo claro es que cuando cerró con “Canteloupe Island” el público operó con devoción ante uno de los mejores shows del año.

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Coincidentemente, Joe Bonamassa y Herbie Hancock se presentaron en días consecutivos, generando la certeza de que incluso los nichos que no son tan considerados en las agendas de conciertos internacionales masivos, son capaces de generar expectación. Y aún más: son capaces de generar señales de agradecimiento por parte de la audiencia mayores que las de los shows que estamos habituados a ver, y esa calidez del público es algo que se desearía ver más seguido.

Por Manuel Toledo-Campos
Fotos por Julio Ortúzar

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  1. Willy Blood says:

    Más respeto con Hussain basta escuchar Shakti

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