Especial Maquinaria 2012: En Vivo

Goldfrapp: Bailar y llorar

Miércoles, 9 de Noviembre de 2011 | 4:19 pm | Comentarios (2)

A veces uno piensa que el recinto da lo mismo mientras la banda sea buena y haga bien su performance, pero muchas veces este contexto ayuda o entorpece los flujos de energía, comunicación e incluso de movimiento de los asistentes al evento. Por eso vale la pena destacar cómo La Cúpula del Parque O’Higgins ayudó a alrededor de mil personas a disfrutar al máximo del concierto de Goldfrapp, parte de los opening shows de Maquinaria Festival 2011.

Principalmente, la existencia de una cancha consiguió, antes de que la agrupación británica siquiera tocara una nota, tener armada la pista de baile. Y claro, con el correr de los 82 minutos que duró el show, cada vez se fue llenando más.

Todo partió con una media hora de retraso –aunque también La Cúpula se llenó en ese tiempo- y lo hizo con una intro similar a “Voicething” del “Head First” (Mute, 2010), para luego pasar a la tremenda “Crystalline Green”, una canción que le hacía total justicia al glamour del traje brillante y barroco que portaba Allison Goldfrapp. Pero la emoción se haría presente con “You Never Know”, donde el violín que acaricia Will Gregory se nota más que en la versión de estudio, logrando traspasar las barreras sensitivas que invitan a bailar para lograr sentir, y hacer que estas canciones de synth pop consigan tocar alguna vibra profunda.

Un problema que se notó fue que el bajo nunca sonó, o por lo menos no lo suficiente. Pareciera que hay demasiados instrumentos para la influencia que tienen en la performance. Por lo menos, los teclados y las percusiones funcionaban a cabalidad, a tiempo y casi perfectos, pero era el bajo, un instrumento primordial precisamente para la música más bailable, el que falló. Esto no perjudicaría que “Dreaming” sonara todo lo buena que es, aunque sería “Number One” la que soltaría definitivamente al público hacia la música y la pista de baile.

Allison Goldfrapp siempre tuvo al público en el bolsillo, por eso no resulta tan relevante decir cuánto bailó, gesticuló o posó frente al par de ventiladores que la hacían siempre parecer en medio de una sesión de fotos. En cambio, con “Number One” los brazos se alzaron y los pies dejaron de estar en el mismo lugar. La gente por fin entendió que quedarse en los cómodos asientos de la tribuna de La Cúpula no era suficiente para disfrutar a Goldfrapp en pleno.

Con una cancha llena en más de dos tercios, llegó un momento tremendo de la noche: la interpretación de “Rocket”, coreada y bailada por todos. El primer single de “Head First” consigue que la gente se vuelva loca, que el recinto arda y que cada uno le pusiera su cuota de despecho o dedicatorias virtuales al coro “Oh / yo tengo un cohete / Oh / Tú vas en él / Oh / Nunca vas a volver”.

Entonces, cuando un clásico como “Satin Chic” entra en escena, más fácil le resulta a Goldfrapp hacer que el público mueva su cuerpo y mire con admiración cada gesto, cada aleteo de brazos o cada baile asemejando a una marcha que realiza Allison. Menos aún con el himno en el que se ha convertido “Believer”, con casi iguales cuotas de amor y odio. Un bueno ejercicio era ver los rostros de la gente y notar cómo interpretaban también.

Mientras, la banda suena bien, el bajo sigue sin aparecer —pese a que el bajista esté ahí, haciendo lo suyo— y el trabajo de iluminación es verdaderamente de joyería, dándole a Allison siempre el marco de deidad con el que su actuación queda perfecta.

Luego viene la bailable, aunque no tan relevante en el show, “Shiny & Warm”. Aunque es un buen respiro antes de otro clásico, “Train” del disco “Black Cherry” (Mute, 2003) Es este “tren” el que nos pasa por encima; nunca crees que el synth pop tiene tanto poder hasta que su desarrollo de teclados y percusiones lo logra. De hecho, es fácil advertir que hay mucho de rock en la propuesta de Goldfrapp, porque las estructuras de varias canciones, y en especial la forma de tocar los instrumentos en “Train”, hacen que en vivo parezca a ratos un “hardcore pop”.

El público agradece esto; aplaude, grita, corea. Allison luce a ratos desorientada entre las canciones y atina a dar las gracias “en el último show de la gira”. Luego vuelve a su personaje habitual y La Cúpula casi se derrumba con la versión de “Ride a White Horse” que incluso, de tan poderosa, pareciera que fuera la última canción de la velada. Afortunadamente no es así y se viene el delirio de la audiencia, mientras Allison sigue utilizando ese registro que incluso suena mejor que en el disco, para comenzar con la (supuesta) última canción: “Ohh La La”. Si bien suena adecuada, no es tan épica como fue “Ride a White Horse”, pero su fama la precede y la gente de todas formas ya está metida en esta fiesta. De hecho, no hay mucha reacción tras terminar la canción: aplausos, incertidumbre, algunos cánticos de barra para que Goldfrapp vuelva al escenario, pero nada del otro mundo. El grupo vuelve porque quiere hacerlo, y se agradece.

Comienzan el bis con dos canciones, ante las que el público se muestra más contemplativo y con una disposición a disfrutar de la emoción que esto le lega. “Black Cherry” es tierna, el violín emociona, y muchos y muchas aprovechan de acurrucarse. A su vez, “Little Bird” explica el traje de Allison, una verdadera ave que al abrir sus brazos abarca buena parte del escenario con su carisma. También, obvio, es una canción que funciona y en la parte instrumental se nota mayor cantidad de sonidos orgánicos, lo que sirve para darle profundidad a un momento que emotivamente tiene una gran energía.

El baile vuelve con la marcha feliz de “Happiness”, cuyo coro es otro gran momento de comunicación entre la vocalista y la audiencia.

Luego viene un momento inesperado. Una canción que no sonó en todo el periplo por Latinoamérica de Allison, Will y los suyos. “Lovely Head” ni siquiera está en las bases de fondo que utilizan para el concierto, todo es teclados, batería y la voz de Allison —el bajo jamás sonó— y es el momento de mayor agradecimiento por parte de la gente. Entienden que ese momento es único y que valió la pena mirar y admirar.

Para el final, la severidad disco de “Strict Machine” se hace un tremendo cierre de fiesta, y la gente recién entiende que bailó por más de ochenta minutos. La sensualidad synth del coro “I’m love / with a strict machine” es un gran momento para entender por qué Goldfrapp suena como suena.

No es cuestión de una banda o de una vocalista, sino que la fidelidad al sonido de sintetizadores y teclados, como una manera de homenajear a los pasados tiempos del pop.

Goldfrapp no busca sólo que la gente baile, ni que coree, ni que grite, también hay una clara vocación emotiva, para lo que ayuda la voz de Allison Goldfrapp, verdadera sacerdotisa del synth pop moderno, que te puede hacer llorar mientras mueves tu humanidad en la pista de baile. Porque eso fue la Cúpula anoche, una pista de baile. Y por eso es importante que las productoras identifiquen al público que tendrá la banda, precisamente por el bien del espectáculo. Ese que Goldfrapp dio, y de sobra, anoche en La Cúpula: para bailar y llorar (de alegría)

Por Manuel Toledo-Campos
Fotos por Fernanda Vaca

Setlist:

  1. Crystalline Green
  2. You Never Know
  3. Dreaming
  4. Number 1
  5. Rocket
  6. Satin Chic
  7. Believer
  8. Shiny & Warm
  9. Train
  10. Ride A White Horse
  11. Ooh La La
    ———————-
  12. Black Cherry
  13. Little Bird
  14. Happiness
  15. Lovely Head
  16. Strict Machine
(2)
  1. Alex says:

    maravilloso, comparto casi todo con la crítica, específicamente el relleno de shiny & Warm y lo bajito que se escuchaba el bajo…pero rocket y el encore completo, fueron de otro planeta !

  2. pau_b says:

    buena la crítica!!! a mí me encantó el concierto pero me faltaron temas del felt mountain y yo hubiera cambiado lovely head por utopia… de todas maneras estuvo notable!!!

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