Y llegó la primavera. Llegó de repente, de un día para otro se fueron contagiando los árboles de colores inesperados y el aire se cargo de espesos aromas. ¡Dios! Es como si hubiesen fumigado de noche secretamente, en todo Santiago, feromonas y licores corporales para despertar al instinto salvaje. Dejaron las hormonas en las paredes como húmedos graffitis, las tiraron al suelo, las pisotearon para que expulsaran su lúbrico veneno en el aire, las rociaron en los árboles, las metieron en las bolsas de basura, perfumaron con ellas las correspondencias.
Llegó la primavera y ante este panorama, uno anda en la calle como un verdadero niño que pasea a otro niño delincuente, que a veces se asoma furioso en la ropa, escondido en los pliegues mentirosos, como un severo puñal de carne.
Hay que reconocerlo, la primavera tiene dos caras; una romántica, de paisajes y colores, jazmines que estallan inesperadamente en las esquinas, veredas alfombradas por mantos de flores, algunas bandadas de pájaros verdes aterrizando en las plazas, todo un lindo espectáculo, pero también existe la cara libidinosa de la primavera, donde florecen otro tipo de flores carnívoras, y estallan igual que las otras en un lúbrico gesto.
Son las blusas de las muchachas anónimas en las calles las que parten los sesos con lo que ocultan, traviesamente, estremecidas por el viento. Después llegamos con las cervezas, y se nos van horas comentando como se verían nuestras mejillas acurrucadas en ese tibio escondite. En gustos no hay nada escrito, hay algunos que se reconocen culeros o poteros, prefieren un generoso culo antes que unas traviesas pechugas. Yo soy tetero, no lo puedo evitar, me descomponen, me ponen mal, es que son todas, pero todas, tan condenadamente queribles, no conozco a nadie en la vida que haya hablado mal de ellas, todas tienen algo, y mientras más excéntricas sean – cuestión que acompleja a muchas – son un tesoro inencontrable que se recuerda con locura siendo una cuestión de honor agotarlas en sus detalles.
Las mujeres caminan con soltura por las calles, desplegando todo su arte antiguo para alucinar a las predecibles bestias. Están los eternos arrepentidos vagando en las noches, condenados a la botella por no haberse atrevido, los que prometen suicidarse al otro lado del teléfono, los que escriben abortos de poesía a altas horas de la madrugada jurando que ahora sí ahora sí, los que susurran a la novia entre hipos y lagrimas que lo abracen, que lo abracen fuerte. Los que revientan el disco duro de pornografía imposible y crecen como bestias insensibles.
El taxista depresivo que se tienta con un travestí de Av. Holanda de huesos horriblemente chuecos. El viejo del barrio alto de la mano con una niñita que vende rozas a los que enamoran en Av. Suecia. La cuarentona en escabeche que tartamudea en el sexshop mientras señala con el dedo un enorme vibrador. La monja adolescente, que después de abrirle las piernas al cielo, piensa oscuramente abrírselas a un espinilludo en la micro, estremecida por la humedad inesperada.
La muchacha virgen que envejece de golpe, cuando recibe la primera estocada de un muchacho enamoradizo que llora de repente, que siente por ella un amor enloquecido que es como un odio, como diría Baudelaire, a todas de una vez, dejen infundirles, oh hermanas, nuestros venenos. Amén.
4:57 pm (17-12-2007)
Wajkskjskjakjja wenoo !