Vivir de Noche

Jueves, 26 de Enero de 2017 | 12:33 am | No hay comentarios

Título original:

Live By Night

Dirigida por:

Ben Affleck

Duración:

129 minutos

Año:

2016

Protagonizada por:

Ben Affleck, Sienna Miller, Zoe Saldana, Elle Fanning, Chris Cooper, Brendan Gleeson, Remo Girone, Robert Glenister, Matthew Maher, Chris Messina, Miguel J. Pimentel, Anthony Michael Hall, Titus Welliver, Chris Sullivan, Max Casella, Kristen Annese, Larry Eudene, Derek Mears

Los créditos iniciales de Batman v Superman: Dawn Of Justice” (2016) muestran la muerte de los papás del pequeño Bruce Wayne y el consecutivo origen del superhéroe. Se expone, así, el nacimiento de la versión de Ben Affleck, más agobiada, ruda y de contextura maciza que las presentadas anteriormente en el cine. Cual hombre murciélago, los primeros minutos de “Vivir de Noche” revelan el inicio de un criminal de poca monta: Joe Coughlin, estadounidense de raíces irlandesas que partió a Francia a combatir contra los alemanes en la Primera Guerra y, tras regresar y saborear la decepción, se dedica a perpetuar pequeños robos con una dupla de colegas. Sólo una secuencia introductoria y la narración del propio Affleck en el personaje basta para cumplir con esta especie de definición del antihéroe.

La película en un comienzo se estaciona en el Boston de los años 20, con el veterano de guerra liderando atracos y buscando maneras para proseguir su relación con la amante (Sienna Miller) de uno de los mayores mafiosos de la ciudad, Albert White (Robert Glenister). Nada sale bien de ese amorío, inmiscuyéndose primero Thomas Coughlin (Brendan Gleeson), padre de Joe y capitán de la policía de Boston, y luego el jefe de la mafia italiana, Maso Pescatore (Remo Girone). Un funesto final hará que Joe deba pasar años en la cárcel, y a su salida, gracias a un acuerdo con un viejo conocido, parta a Tampa a asumir nuevas tareas, siempre conectado al crimen y la ilegalidad en pleno período de Ley Seca.

En el mismo año donde puso en riesgo su crédito en lo actoral, con la apropiación del traje del hombre murciélago en una opaca cinta (y otra aún más triste, si se suma su aparición sin acreditar en “Suicide Squad”) y su protagónico en la olvidable “The Accountant” (2016), Ben Affleck además se jugó más que nunca como director, asumiendo llevar a la pantalla grande un relato vasto y de carácter biográfico. Nuevos terrenos para él, aunque no implique abandonar lo criminal de “Gone Baby Gone” (2007) y “The Town” (2010), y de por sí “Argo” (2012) ya encarnara la inmersión en un nuevo registro. Se trata de otra adaptación de una novela de Dennis Lehane, escritor originario de Boston obsesionado por contar las historias de su ciudad y predilecto de cineastas como Eastwood, Scorsese y el mismo Affleck, que hizo su primera película a partir de una novela suya. En este caso el material original exigía extender brazos en direcciones múltiples y la respuesta del ganador del Oscar consiste en aceptar el reto, elaborando una narrativa que transita por el melodrama, la épica histórica y personal, y criminal.

Acaso lo peculiar es que, a pesar de lo increíble de la vida de Coughlin, existe poco con lo que fascinarse, no obstante, el filme realiza esfuerzos para estirarse con holgura y dar con lo que la historia original ofrecía. Sintomático de aquello es que el carácter del protagonista no parece complejizado ni observado a contraluz. Transcurren los años, la vida lo sacude y la cinta se satisface con el retrato que desliza desde sus primeros minutos: un tipo herido que cae en el lumpen, pero parece regirse por una ética inquebrantable y considerada hacia la vida humana, probablemente marcas del padre que tuvo. Instaurado desde su base como relato de dimensiones ampulosas, en verdad hay más interés en encontrar un balance a lo largo de los distintos episodios de su vida y en cristalizar una factura visual y narrativa correcta. En esa línea, por cierto, la película es bastante intachable y no decae, aunque su melodrama sea de manual –en específico, en lo desarrollado con Zoe Saldana–, se acomode en exceso en su salto a Florida y el mundo de los inmigrantes cubanos, y en general resulte poco desafiante para el espectador.

También hay que mirar con buenos ojos que no se desbande en la tentación de explotar la acontecida existencia del protagonista y sostenga las sombras del criminal. Lo que no genera demasiada inspiración ni parece admirable es que extrae poco de un material tan jugoso, de honduras y abismos, lo que se acentúa si se recuerda que grandísimas cintas se han hecho a partir del mismo período. Los hermanos Coen, Sergio Leone, Brian De Palma y Sam Mendes inscribieron títulos suntuosos sobre la Ley Seca, grupo al que Affleck con su nueva película no se une ni tiene el ánimo de hacerlo. Sin llegar a convertirse en un pasar revista a hechos notables, este último trabajo parece menor en sus distintas facetas –no dejando de ser versátil e incluso rendidor–. Una de ellas, como cuarto largometraje de su filmografía como director, el que prometía seguir afianzándolo como uno de los narradores claves del cine estadounidense y rescatador de una tradición en lenta retirada, apegada a arrebatos contenidos y un realce del héroe norteamericano.

Un acercamiento diferente quizás habría acentuado los lazos de sangre, algo que de todos modos está presente en la cinta –como en las dos primeras de Affleck–, pero no es prioritario en ningún sentido. Tal vez algo de ese tipo le habría concedido mayor espesor dramático, como los grandes criminales suelen ostentar, haciéndola perdurable y a la altura de los trabajos previos del realizador. Porque lo que quedan son altos valores de producción, buenas actuaciones de Brendan Gleeson, Chris Cooper y Elle Fanning, y la sensación de que, ante el desafío de un libro que pedía a gritos una adaptación cinematográfica, las determinaciones sustanciales del relato pasaron por una evaluación de riesgos que garantizara evadir el naufragio, pero al mismo tiempo clausurara los caminos hacia el cine virtuoso y colosal.

Por Gonzalo Valdivia

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