Vida de Familia

Jueves, 26 de Enero de 2017 | 12:32 am | No hay comentarios

Título original:

Vida de Familia

Dirigida por:

Alicia Scherson y Cristián Jiménez

Duración:

80 minutos

Año:

2016

Protagonizada por:

Jorge Becker, Gabriela Arancibia, Blanca Lewin, Cristián Carvajal

La colaboración en dirección entre dos cineastas con carreras ya armadas, asoma como un ejercicio propio de invitaciones muy específicas y singulares. Se ha dado en el marco de certámenes internacionales, a modo de acercar a autores de distintas latitudes, pero en general sucede poco porque implica aunar estéticas, discursos y otros insumos fundamentales de la realización cinematográfica. Precisamente, el primer estreno chileno del año es fruto de una codirección entre dos exponentes de la escena local que sorprendió con su impulso a partir de la mitad de la década pasada: Alicia Scherson y Cristián Jiménez, dupla que ya había coincidido en la ópera prima del segundo, “Ilusiones Ópticas” (2009), donde coescribieron el guion.

En “Vida de Familia” a ambos se les suma en esa labor el escritor Alejandro Zambra, que en 2011 ya había visto cómo Jiménez adaptaba su concisa y bella novela “Bonsái”. Como se aprecia, una cinta nacida de la contribución entre conocidos y que en particular se ocupa de adaptar un cuento del libro “Mis Documentos”, de Zambra. El filme arranca con Consuelo (Blanca Lewin), Bruno (Cristián Carvajal) y sus dos hijas a sólo días de partir de vacaciones fuera del país, mientras se aprestan a encontrarse con Martín (Jorge Becker), un viejo conocido que cuidará de la casa y el gato durante su ausencia. Aunque este “cuidador” genera sensaciones disímiles en el matrimonio, de todos modos queda a cargo y, en medio de un cumplimiento dudoso de su tarea, conoce a Pachi (Gabriela Arancibia), una joven que lo deja en la obligación de inventarse una historia que calce con su permanencia en tan amplio y cómodo hogar.

Una sensación de ligero extravío atraviesa la película y seguramente la secuencia que mejor lo expresa sea aquella en que el personaje que interpreta Becker es seguido por la cámara por calle Matucana y sus alrededores en busca del gato. Ese hombre cae casi de casualidad en el relato y no se sabe con exactitud ni de dónde viene ni menos hacia dónde quiere avanzar. Por momentos parece más bien un ser suspendido en el tiempo, absorto en sus dudas, que aterriza en la tierra para desplegar su conjunto de mentiras y armas de seducción. Esa construcción le sirve a la cinta, que no está interesada en proponer nada demasiado concreto ni concluyente; de hecho, las situaciones más intensas provienen de los encuentros sexuales que la cámara de Jiménez y Scherson atrapan con intensidad, denotando un trabajo firme con los actores.

Ciertamente, las búsquedas del filme corren por el lado de lo sensorial y el retrato cariñoso y volátil de personajes, quienes tienen varias capas y en algún grado están quebrados o evidencian algún tipo de herida. Esa exploración la hace dentro de una historia acotada, que no se detiene en explicaciones e incluso ocupa excusas argumentales para en seguida no temer abandonarlas y dejarlas en el olvido. La película se constituye y nutre de esa libertad, de ese no deseo por amarrarse al desarrollo convencional de una narración, por lo que no disgusta que deliberadamente deje atrás pedazos anecdóticos.

Paralelamente, en un ensamble lúcido de visualidad y montaje con el guion, existen escenas atravesadas por el desconcierto, la tirantez y el humor negro, siempre urdidas con estilo. Es también por eso que la esencia de la cinta parece compuesta por el juego de la tensión de ciertos pasajes –la pérdida del gato, el inminente regreso de la familia– con la distensión de la narrativa –inherente del personaje de Martín–, una aleación que, además de no correr en contraposición, bajo el tratamiento de los directores y Zambra consigue congruencia y sagacidad.

Tal como en “Whisky” (2004), de parte de un personaje surge la necesidad de levantar una mentira ante una situación determinada, sea para guardar las apariencias o sea para ayudar a conseguir un propósito –como en este caso–. Si en ese filme se elaboraba toda una mecánica para capturar parte de la esencia de la idiosincrasia uruguaya, en “Vida de Familia” los anhelos son más modestos y están más cerca de lo juguetón que del apunte realmente serio y de bordes trágicos. Aun evitando conceder respuestas grandilocuentes, la película se refugia en las sensaciones y un análisis detenido de sus personajes, en especial de Martín, contando con la gracia de que lo hace con fluidez y una apertura a que se generen lecturas anchas y no definitivas. Es frescura lo que se encuentra en este largometraje y eso se adopta con calidez, sobre todo si existe un trabajo minucioso desde la puesta en escena y un balance que se acerca a lo óptimo en la dirección de actores.

La cinta puede lucir como una prolongación de las inquietudes de Jiménez, lo cual es válido, aunque no hay que perder vista que también se conecta con los inicios de Scherson, que en “Play” (2005) abordó las distintas manifestaciones de jugar a ser otro, contemplando la inclusión del absurdo y el insólito. Por sus méritos quizás “Vida de Familia” no parezca una obra maciza para estos dos realizadores –parte del grupo que en 2011 fue denominado como Novísimo Cine Chileno–, pero de todos modos es un ejercicio que expresa prestancia y vocación de probar y arriesgarse sin miedo a fallar. Su sencillez y soltura conquistan y, si bien es austera y muy pequeña, escribe un capítulo atractivo dentro del cine nacional reciente, cada vez más abierto a intentos que desarman esquemas en distintos grados.

Por Gonzalo Valdivia

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