Star Wars: Supremacía galáctica

Jueves, 25 de Mayo de 2017 | 1:27 pm | No hay comentarios
Star Wars: Supremacía galáctica

Es mayo de 1977 y los cines de Estados Unidos se preparan para estrenar el inicio de la saga que se convertiría en la space opera más legendaria de todos los tiempos. Aquellos afortunados que pudieron estar presentes en las salas, fueron los primeros en ser testigos de un nuevo gran universo espacial que se abría ante sus ojos: un universo místico, pero también político, cuyas ciudades infinitas se expanden entre cientos de planetas; los humanos no son la única raza inteligente, existen millones de idiomas, hay naves espaciales para transportarse interplanetariamente, droides que siguen órdenes, pero tienen personalidad, y la Galaxia está dividida por la lucha entre los lados luminoso y oscuro.

Así, en “una galaxia muy, muy lejana…” suena sin preámbulos, y seguido de la fanfarria de Fox, el épico tema principal “Rebel Blockade Runner”, que presenta en el espacio exterior el título central: “Star Wars”. En ascenso, aparece el opening scroll introductorio sobre los tiempos de guerra civil entre los Rebeldes y el Imperio Galáctico. Luego, la superficie de un planeta y una nave que lo cruza, siendo esta seguida por un imponente Devastator Imperial que se toma la pantalla y deja sin aliento a los espectadores. Esta intro, icónica e insuperable, marcó y seguirá marcando generaciones por muchas décadas más. “Star Wars” llegaba para quedarse.

Desatada la starwarsmanía en Norteamérica, producto de la entusiasta recepción de los espectadores, junto a una fuerte campaña de marketing dirigida hacia los niños –que incluyó figuras de acción, juguetes alusivos a la cinta, publicidad en alimentos, cartas coleccionables, disfraces y más–, el impensado culto y la mitología que George Lucas pudo concretar a través de la inesperada reivindicación de las space opera (en los 70 reinaban las películas más realistas) y de ciencia-fantástica, que unen los elementos de la ciencia ficción y la fantasía como subgénero, sólo fue en ascenso. Así, en 1981 se reestrenaba esta cinta, ahora bajo el nombre de “Episode IV: A New Hope”, luego del lanzamiento de la secuela un año antes, “Star Wars: Episode V – The Empire Strikes Back”, dirigida por Irvin Kershner y considerada como el mejor filme de toda la saga. Tres años después aparecía “Star Wars: Episode VI – Return Of The Jedi”, bajo la dirección de Richard Marquand, hito que cerró la trilogía sellando para siempre la supremacía indiscutible de estas legendarias superproducciones.

Los nombres de Luke Skywalker, Leia Organa, Han Solo y Chewbacca, el sabio Obi-Wan Kenobi, el maestro Yoda y los inseparables droides R2-D2 y C-3PO, pasaron a ser parte del diccionario pop común. Y por el lado antagónico, el temible Darth Vader se convirtió en una fuertísima figura de culto para grandes y chicos. Junto a ellos, conceptos como sable de luz, Jedi, Sith y “la Fuerza”, bautizaron nuestros sueños utópicos de algo que todos quisimos ser en algún momento de nuestras vidas.

El imperio formado por la productora Lucasfilm, también responsable de la saga “Indiana Jones”, fue coronado por atreverse a crear una historia riquísima en cuanto a personajes, trama y universo. Se sabe que George Lucas basó muchos aspectos de Star Wars en tres puntos fundamentales: las películas del director japonés Akira Kurosawa, especialmente “Kakushi-toride No San-akunin” (“La Fortaleza Escondida”, 1958) –que sirvió como modelo para la relación entre C-3PO y R2–, la serie de ciencia ficción “Flash Gordon” y la forma en que J.R.R. Tolkien manejaba la mitología como enseñanza en su libro “The Lord Of The Rings”, sobre todo en cuanto a la moral y la lucha entre el bien y el mal, con tintes de budismo y taoísmo. Claramente, lo que el realizador logró fue tremendo.

Sin embargo, no fueron pocos los que comenzaron a criticar a Lucas por su tendencia creciente hacia las ventas, que por momentos lograron más dinero que las exhibiciones en cines. Uno de los principales críticos era Gary Kurtz, productor de los Episodios IV y V, quien en entrevistas posteriores a su salida señaló que las primeras dos cintas trataban acerca de la historia y de los personajes, pero notaba que las prioridades de Lucas estaban cambiando debido a las exigencias del negocio del merchandising asociado. “En vez de agridulce y conmovedor, él quería un final en el que todos estuvieran felices. La idea original consistía en el rescate de Han Solo al principio, el cual moriría a la mitad de la película en un ataque a la base Imperial”, contaba. Pero George Lucas decidió que no quería matar a ninguno de los personajes principales y la razón era la alta venta de juguetes que se estaban obteniendo, sumado a la popularidad de Solo encarnado por Harrison Ford. El final propuesto por Kurtz para la trilogía consistía en Leia aprendiendo sus nuevas responsabilidades como reina y Luke caminando solo, “estilo Clint Eastwood en los westerns”, bastante distinto al final eufórico de la fiesta con los Ewoks que definitivamente se siguió.

Los reestrenos de las cintas y las ediciones especiales que salieron posteriormente, contaron con una serie de cambios que Lucas consideró necesarios, producto de los avances en las técnicas de CGI. Por ejemplo, en la edición especial de “Return Of The Jedi”, Luke ve tres fantasmas al final de la cinta en las celebraciones en la Luna de Endor: Yoda, Anakin y Obi-Wan. En la película original, el rostro de Sebastian Shaw, quien interpretó a Anakin Skywalker ya redimido de Vader, es reemplazado por la cara de Hayden Christensen, actor que lo interpretó en los Episodios II y III. Esto ayudó a que los primerizos pudieran hacer la conexión entre ambas trilogías, sin embargo, no todos estuvieron contentos con ello.

Tanto fans como críticos concuerdan en que el Episodio V, “The Empire Strikes Back”, es la mejor cinta. Y con razón, pues lleva en ella el twist más dramático de la historia: la revelación de Darth Vader, y cómo su destino y el de Luke se unen. Además, fue introducida la sabiduría máxima del maestro Yoda, los gigantescos vehículos imperiales AT-AT y uno de los diálogos cortos más románticos del cine: “Te amo” – “Lo sé”, cortesía de la Princesa Leia y Han Solo.

¿Qué habría sido de la saga sin la excelsa composición musical de John Williams, que vertió en cada una de las cintas alma y corazón junto a la Orquesta Sinfónica de Londres, para otorgarle a cada episodio vida propia en un trabajo impecable que enmarcó escenas clásicas, tocando la fibra más sensible de nuestro ser? Desde el título principal en el Episodio IV y el “Imperial Attack”, pasando por “The Hologram / Binary Sunset” –más conocido como “The Force Theme”– cuando Leia entrega a R2-D2 los planos de la Estrella de la Muerte y la nostálgica escena en la cual Luke mira a los soles de Tatooine; la trágica “Burning Homestead”, que acompaña la muerte de los tíos Owen y Beru, o la alegre melodía de la cantina que introduce posteriormente a Han Solo; el tema “The Death Star” y, por supuesto, la inmortal Marcha Imperial incluida en el Episodio V.

Jedi y Sith, la lucha de los lados luminoso y oscuro de la Fuerza se hizo presente desde el inicio de la saga y se instalaron en el inconsciente colectivo como sinónimos de sabiduría, constancia, honestidad, compasión y misericordia, por un lado; y miedo, ira, odio y sufrimiento, por el otro. Esta pugna, también parte de nuestro universo desde tiempos inmemoriales, sólo es una señal más de cómo Star Wars está delicadamente construida a partir de sus cimientos. Lo que hizo George Lucas es un experimento sumamente cuidado para no dejar de lado ningún aspecto que realzara la realidad alterna que se pretendía mostrar bajo la tónica de la heroicidad de Luke, Han y Leia, quienes luchan a su manera por los ideales comunes bajo la búsqueda de restablecer el orden en la Galaxia, su hogar. Los detractores de la saga en general apuntan a la infantil forma en cómo la idea del papel fue llevada a la pantalla, con personajes alienígenas que no son más que máscaras y títeres, dicen, y batallas con efectos detectables y explosiones de naves miniaturas. Pero lo que ellos se pierden es la vastedad del ingenio humano para crear mundos nunca antes vistos desde cero, y reivindicar el heroísmo perdido entre tanta realidad. Sumando a ello las batallas fantásticas con sables láser, las armas y los disparos, el impresionante diseño de las naves espaciales de cada bando y los props en general, los nombres de los planetas, de los personajes y su background personal. Nada fue dejado al azar, y eso se nota en cada una de las entregas, tanto de la primera trilogía, como de la segunda.

Comparar los episodios IV, V y VI con los I, II y III es un ejercicio sádico y masoquista. Está absolutamente claro que hay diferencias –y grandes– entre las cintas originales y las que llegaron para el nuevo milenio, pero no hay que criticar sin comprender o dejándose llevar por lo que piensa la mayoría.

22 años después de que Star Wars se convirtiera en un ícono pop, llegaba la segunda oleada maquinada por Lucas, con las precuelas que afirmarían la segunda trilogía que se ubicaba cronológicamente anterior a los primeros episodios: “Star Wars: Episode I – The Phantom Menace” (1999), “Star Wars: Episode II – Attack Of The Clones” (2002) y “Star Wars: Episode III – Revenge Of The Sith” (2005), todas dirigidas por George Lucas. Si bien, esto logró atraer a nuevas generaciones hacia el universo, para los fanáticos de la saga original fue una total decepción, especialmente la primera.

Es cierto que la película de 1999, pensada como el inicio de la historia de la transformación del pequeño Anakin Skywalker en Darth Vader, no terminó de convencer por el flojo desarrollo del guion, el sobre abuso de los efectos especiales y la creación de personajes desechables –a ti te hablamos, Jar Jar Binks–. No obstante, para contrarrestar tanto odio hacia el director, que sin duda se dejó llevar por el negocio más que por el anhelo de continuar desarrollando la historia, en definitiva fue preferible que se hicieran tres películas más a que no se produjera ninguna. Las escenas de las carreras de pods, conocer la importancia de los midiclorianos y la batalla entre Darth Maul y Qui-Gon Jinn, lograron levantar a ratos los excesos cómicos y la gran cantidad de escenas sobrantes. Por otro lado, pudimos reencontrarnos con los entrañables C-3PO y R2-D2, y comenzamos a conocer muchos de los detalles personales de Anakin, que explicarían su posterior forma de ser, tapando la gran cantidad de dudas que dejó Darth Vader en su paso venidero. El soundtrack, también compuesto por John Williams, quien ha estado presente en todas las películas salvo el episodio II y “Rogue One”, es otro punto a favor. Claro, el Episodio I es muy político, urge acción y se pierde en personajes accesorios, pero ciertamente contribuyó a agrandar aún más el universo de Lucas. Nuevamente, entre hacerlo y no, es mejor lo primero, porque a pesar de que falle en un sinnúmero de aspectos formales y técnicos, y se pierda intentando buscar un nuevo estilo, entretiene y asombra de igual forma. Como dijo Jeff Albertson, el hombre de las historietas en el capítulo parodia de “Los Simpson”: “Es la peor ‘Guerra de los Cosmos’ de todas. Solo la veré tres veces más… hoy”.

Para el Episodio II se nota un avance en cuanto al desarrollo y a los personajes –Jar Jar tiene menos, mucha menos pantalla–, y la cinta en sí tiene más acción, inclinándose bastante más hacia el lado romántico con la unión entre Padmé Amidala y Anakin, un padawan en entrenamiento. Nuevamente hay momentos clave que marcan la forma de ser del protagonista, sus miedos y su ira ante aquello que no puede cambiar, los que forman la antesala a un clímax potentísimo que se vería en la última entrega. Por su parte, “Revenge Of The Sith” parte en lo alto, con suficientes dosis de acción y revelación, y termina con otra escena potentísima, desgarradora y violenta: la inmolación de Anakin en el Duelo en Mustafar a manos de Obi-Wan. Tintada de rojo, es lejos el acto mejor logrado de la segunda trilogía.

No se puede eliminar el hecho de que los episodios I, II y III se refugiaron con exceso en los CGI y que no contaron con tanta historia de peso y personajes entrañables –o construidos con más honestidad, si se quiere– como ingredientes esenciales al concebir estas cintas, elementos que sí hicieron grande a la trilogía original. Sin embargo, y en defensa de George Lucas y su equipo, para alguien que vivió el proceso al revés que aquellos nacidos en los 70 y antes, es decir, que creció con la segunda trilogía primero y que después pudo maravillarse con la inicial, no sería posible despreciar las cintas precuela, pues forman parte de su infancia, tal como las de Luke protagonista transformaron la vida de miles de niños en su momento. Quienes fuimos testigos primero de la transformación de Anakin antes de conocer su lado oscuro y posterior redención, si bien perdimos la oportunidad de entender en primera instancia las referencias y todos los guiños a los filmes originales, sí representó para nosotros conocer y adentrarnos en el universo Star Wars y por eso damos las gracias. Algunas soñábamos con ser Padmé Amidala y usar sus exuberantes atuendos, o tener el mismo sable láser azul de Skywalker.

Quizás es una opinión impopular, pero algunos de los noventeros no podemos odiar la segunda parte de la saga, aunque concordamos en que tienen fallas. Sin embargo, contrario a lo que se pueda pensar, también añoramos con pasión las primeras cintas que vieron la luz y, por supuesto, anhelamos ser parte de la amistad entre el farm boy, la princesa, el pirata y el wookie. También nos agitamos cada vez que vemos el Millenium Falcon en pantalla, y guardamos un respeto sagrado por las películas que hicieron todo eso posible. Amamos la saga completa por lo que es, por lo que conforma en su totalidad, pues todo encaja para hacer sentido en el canon construido.

La gracia detrás de todo esto, es que cada uno de los episodios de “La Guerra De Las Galaxias” están llenos de sentimientos y reflejan aspectos de la vida con igual importancia que la que le damos nosotros: el cariño incondicional a la familia y a los amigos, la lucha por la libertad y los derechos de la sociedad, el respeto por todos los seres vivos con los cuales compartimos en el universo, la búsqueda de la paz y la iluminación a través de lo que uno ama, y el poder de las cosas que no podemos comprender. Aunque pasen las décadas, todo lo que compone a Star Wars seguirá siendo fuerte en nosotros y soberanamente emotivo. Las historias que nos cuentan, y que nos sorprenden en cada oportunidad que vemos los largometrajes como si fuera la primera vez, son historias que nos llevan a creer en la Fuerza, porque sí existe en todos nosotros.

Por Daniela Pérez

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