Silencio

Jueves, 16 de Marzo de 2017 | 11:18 am | No hay comentarios

Título original:

Silence

Dirigida por:

Martin Scorsese

Duración:

161 minutos

Año:

2016

Protagonizada por:

Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Ciarán Hinds, Issei Ogata, Tadanobu Asano, Shin'ya Tsukamoto, Ryô Kase, Sabu, Nana Komatsu, Yôsuke Kubozuka, Yoshi Oida, Ten Miyazawa

A lo largo de una carrera monumental, que ya se empina por el medio siglo, pocas veces Martin Scorsese ha establecido una ficción suya fuera de Estados Unidos. Judea regida por los romanos en “The Last Temptation Of Christ” (1988), el Tíbet en “Kundun” (1997) y París en “Hugo” (2011) han sido las excepciones dentro de una filmografía enclavada fuertemente en las raíces del país norteamericano. En aquellos casos el material ya existente o la obligación con la historia lo han empujado a salir y, al mismo tiempo, tomar cierta distancia de la violencia, los clanes y su retrato del mundo callejero, habitualmente vinculado a Nueva York. Con “Silencio”, basada en el libro homónimo de Shûsaku Endô de 1966, el director vuelve a abandonar su tierra natal con la mirada puesta en temas que le inquietan desde sus inicios cinematográficos.

Aquí se asienta en el siglo XVII y muestra cómo hasta Italia ha llegado el mensaje de que el padre Ferreira (Liam Neeson) ha apostolado en Japón, donde encabezaba una misión para cristianizar, una noticia que se esparce por cada rincón de un país donde impera el budismo y los intentos occidentales no prosperan. En ese momento es que dos padres jesuitas que fueron sus pupilos, Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver), van en su búsqueda, convencidos de que la información no puede ser cierta. Para ello, en un principio cuentan con la asistencia de Mokichi (Shin’ya Tsukamoto), quien los dirige hasta donde una comunidad compuesta por cristianos que viven su fe en secreto, por el miedo que causa la persecución que lidera un “Inquisidor”, dispuesto a someter a quienes desafíen la religión oficial.

La determinación es probablemente algo que define de sobremanera a los personajes de Scorsese. No son irresolutos ni se quedan en medias tintas; pueden estar embargados de dudas o encontrarse acechados por fantasmas, pero actúan, dan un paso adelante. En esta oportunidad, aquello se manifiesta en dos hombres que guiados por la fe parten a un lugar particularmente inhóspito para dos jesuitas portugueses que entran a hurtadillas.

Por sobre todo en sus ficciones suele ser sustancial lo que transcurre debajo de esas decisiones, insospechado, y el modo en que en algún momento aquello genera fricciones y halla una salida. Es la dimensión plenamente humana que Scorsese le concede a sus personajes, algo que en “Silencio” también encuentra eco. Bajo la lucha áspera que enfrentan sus protagonistas, bajo una historia principal que discurre más fluida que poética o etérea, lo que no es visible le otorga al relato una densidad inusual. Y lo es en este caso fundamentalmente por la amplitud que, mediante el cedazo de la fe, adquieren conceptos como la voluntad, la obstinación y el temor.

El director sumerge en un espiral donde los cuestionamientos se suceden y reiteran y no hay más escapatoria que detenerse en la mirada de Rodrigues y Garupe y en la de su contraparte japonesa, intentar acercarse a comprender el peso de sus decisiones y que en esa prueba irremediablemente todo parezca más inabarcable y abismal. ¿Quién va a ayudar a ese par de padres en un lugar donde apenas unos pocos los acogen y los perciben como la última esperanza? ¿Se apiadará su Dios de ellos? ¿Les responderá en algún momento? ¿O deberán padecer el mismo destino que el hijo de Cristo descrito en la Biblia? La historia es inexorable y, en ese cierre de opciones, tiene las características de un lento descenso a las tinieblas, por más que nunca se abandone un despliegue inquieto y tenaz de la cámara, opción que le otorga otra dosis de espesor a la película.

Por las razones referidas, sus más de horas y media de duración no son las más placenteras. Desajustan, incomodan, llevan a preguntarse hacia dónde conduce todo y por qué sus protagonistas no claudican. Todo, a la larga, se dirige hacia la fe y, cualquiera sea la sensibilidad del espectador, hace que se termine cuestionando sobre ella. Es la ardua exploración a la que invita un autor que desde siempre se ha interrogado acerca de lo que está más allá de lo humano, y seguramente hoy sigue teniendo más dudas que certezas sobre sus creencias. Aquí cada pieza está ubicada en pos de plantear –a través de una narración bien circunscrita– las mismas insistentes e inagotables preguntas que lleva décadas realizándose. No temiendo ser directo, hacia allá administra sus esfuerzos y por ello, por ejemplo, el cristianismo no parece la última panacea ni tampoco una mera víctima de una sociedad bárbara. Ni lo uno ni lo otro, simplemente porque su director no es condescendiente y está tan intrigado por la historia de estos jesuitas, que el acercamiento tiene carácter de interminable: no comienza ni termina con estos hombres perdidos en Japón, así como esas reflexiones no se inician ni concluyen con la mirada de Scorsese.

Quizás en su parte final lo que demandaba “Silencio” era que el cine se moviera con total libertad y las imágenes hablaran por sí solas, como ocurre con muchos de sus instantes más estremecedores, pero en ese momento se antepone el uso de lo discursivo para encarar algo que posiblemente no tiene respuesta. Es una disposición válida para un narrador habituado a no dejar cabos sueltos y, sobre todo, a sostener interrogantes serias usando como vehículos historias donde la pasión y la violencia están a la orden del día. Aun recostado sobre ficciones donde se impone la aspereza y no hay espacio para triunfos, su cine parece más lúcido que nunca. Son las lecciones que sigue dejando un director despojado de miedos, empecinado en extraer lo más elemental de sus relatos y personajes, y siempre entregado en honrar este arte.

Por Gonzalo Valdivia

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