Promesa de Vida

Miércoles, 29 de Julio de 2015 | 1:43 am | No hay comentarios

Título original:

The Water Diviner

Dirigida por:

Russell Crowe

Duración:

111 minutos

Año:

2014

Protagonizada por:

Russell Crowe, Olga Kurylenko, Jai Courtney, Isabel Lucas, Damon Herriman, Jacqueline McKenzie, Cem Yilmaz, Ryan Corr, Dan Wyllie, Deniz Akdeniz

Cuando, más allá del efectismo, poco y nada se puede extraer de una película, la necesidad de una perspectiva de director se hace clave. No tiene que ver con el concepto de cine de autor, sino simplemente la exigencia de que el responsable tras el lente tenga transparentado lo que quiere decir y el modo en que lo quiere decir, para que esto se haga visible a través de su trabajo. Si no se puede dilucidar nada por debajo de un dibujo lindo, entonces no queda más que pensar que no se tiene claro para qué se está contando la historia en cuestión, y que, de hecho, la obra es el resultado de unas ganas de hacer dinero camufladas de buenas intenciones.

THE WATER DIVINER 01Joshua Connor (Russell Crowe) es un granjero que vive en Australia junto a su esposa, ambos atormentados por la desaparición de sus tres hijos en batalla durante la reciente terminada Primera Guerra Mundial. Cuando la angustia lleva a la mujer a suicidarse, Joshua emprende un viaje a Turquía en busca del paradero de los chicos.

Como dato no menor, este es el debut tras las cámaras de Russell Crowe, taquillero actor que obtuviese fama de proporciones intergalácticas con su trágicamente entrañable rol de Maximus en “Gladiator” (2000). No es antojadizo el recordatorio, por una razón muy simple: el film no es sólo la conjugación de las fórmulas de todos los clásicos épicos posibles, sino también se agarra sin pudor de esa visión heroica del australiano, que ha estado impresa a fuego en nuestras cabezas desde hace ya quince años. Crowe, para el imaginario público, será el bueno de Maximus por siempre y como realizador saca provecho de aquello, reavivando aquí las cenizas de un recuerdo que no muere.

El listado de referencias que saltan a la mente es demasiado extenso como para entrar en ese terreno, pero al menos sí se puede detallar el manojo de estrategias recicladas. Partiendo por la propia trama: bien intencionado sujeto pierde a su familia y no descansará hasta obtener respuestas. La premisa es antiquísima y puede ser abordada con un tono oscuro y visceral, optando en esta ocasión por el THE WATER DIVINER 02sentimentalismo más prístino, ese que recoge al espectador de teleserie de la tres de la tarde. El interés amoroso tan inesperado como imposible es el elemento infaltable, interpretado por Olga Kurylenko, cuya solidez dramática es muy somera como para no ser ensombrecida por su cara bonita. La tensión entre ambos es presentada de forma tan inmaculada que parece extraída de una novela rosa de antaño, cuando el mero roce de manos era el gran evento erótico que sacaba suspiros.

No alcanzan a pasar dos escenas sin que la música asome como decoro, y siendo una especie de decoro empalagoso, de apelación emotiva majadera. Debemos conmovernos y llorar, es el mensaje subliminal que aparece en pantalla si se rebobina y ralentiza la cinta. Como complemento, un tratamiento de cámara recargado de acercamientos mal ejecutados, que no debiesen ser permitidos en una producción de semejante envergadura. El lente insiste en hacer repentinos zoom in en el personaje para enfatizar la intención, en una decisión fotográfica de gusto dudoso y pasada de moda.

El afán lacrimógeno es explícito, sin embargo la falta de una postura cinematográfica clara de parte de su director lo deja todo más bien vainilla. Es que el material en bruto es potente, pero la THE WATER DIVINER 03construcción no le hace justicia. Si bien hay que darle el crédito a Crowe por un desempeño actoral aceptable, lo bastante para sostener la película en su espalda, todo el resto sabe desabrido, en especial lo más importante, que es la resolución del conflicto y el destino de la pareja romántica. Aquellas instancias nos interesan por obligación en vez de manera orgánica.

Por lo menos no se transforma en un viaje fatigoso, a pesar de sus casi dos horas de duración y de que contiene menos acción física de lo que parece prometer a primeras, dado su rasgo bélico. El hecho de que no inspire bostezos es un mérito, pero está a años luz de equivaler a un “Braveheart” (1995) contemporáneo o algo por el estilo, dado su arsenal de lugares comunes e instigaciones de llanto que harían pensar que aspiraba a aquello. No es el peor debut en la dirección de la historia, por cierto, proclamar algo semejante constituiría una injusticia. No obstante, eso no la salva de caer en la categoría de olvidable.

Por María José Álvarez

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