Pompeya

Miércoles, 7 de Mayo de 2014 | 11:12 am | No hay comentarios

Título original:

Pompeii

Dirigida por:

Paul W.S. Anderson

Duración:

105 minutos

Año:

2014

Protagonizada por:

Kit Harington, Emily Browning, Jared Harris, Kiefer Sutherland, Carrie-Anne Moss, Jessica Lucas, Sasha Roiz, Currie Graham, Joe Pingue

Cuando las ideas de ficción para escribir un guión se acaban, es común que los estudios recurran a la historia como fuente. Dentro de esto, y especialmente en el género de las películas de acción y aventura, la antigüedad, esa donde las espadas y las flechas imponían la ley, es la más popular. Sea medieval o anterior, los resultados tienden a dramatizar más de lo que recrean. Aunque a veces, dentro de magros resultados, se puede encontrar algo de valor. Eso sí, no es el caso de “Pompeya”.

Milo (Kit Harrington, más conocido como Jon Snow en “Game Of Thrones”), es un esclavo de origen Celta, cuyo dominio de la espada y cercanía con los caballos lo separan de sus similares. Pero cuando es llevado a la próspera ciudad de Pompeya para luchar contra el campeón local, Atticus (Adewale Akinnuoye-Agbaje), en una forma de entretención para el perverso senador romano Corvus (Kiefer Sutherland), su destino se verá ligado a la catastrófica erupción del volcán Vesubio.

Películas anteriores del género, como “Troy” (2004) o “The 13th Warrior” (1999), mostraban una real preocupación por la reconstrucción histórica de los hechos, o al menos del ambiente en el que estaban situadas. Así es cómo, a pesar de su dudosa calidad, la superproducción con Brad Pitt como Aquiles tenía un trabajo de vestuario, y estético en general, cuidado y que denotaba un estudio acabado de los textos ligados a la antigua Grecia. Al mismo tiempo, la cinta de Antonio Banderas presentaba una muy adecuada recreación de las creencias y costumbres de los germanos, aparte de mostrarlos como temibles guerreros.

“Pompeya” no hace nada de esto. Empezando porque coloca al personaje de Sutherland como un general de guerra, hábil en el uso de todo tipo de armamento, cuando es de conocimiento popular que estos políticos solían no ensuciarse las manos para nada que no fuera política. De hecho, estaban dentro los personajes más inútiles y malogrados del imperio una vez que se comenzaron a suceder los emperadores.

POMPEII 02Es esta misma línea argumental la que “Pompeya” sugiere en un minuto, pero rápidamente la desecha: durante el fragor de una de las batallas en la arena de la ciudad, el rey de Pompeya alega que aquello es una masacre, a lo que el senador le responde que es “Política”. Si esta línea hubiera sido la columna del relato, cargando todas las acciones de los personajes (desde el esclavo guerrero a la familia real) de motivaciones y estratagemas relacionadas a la administración del poder, los resultados habrían sido mucho más interesantes.

En vez de esto, la película es dos horas de algo que se asemeja más a la sucesión de hechos de un videojuego, ya que absolutamente todo lo que no es pelea, son conexiones entre ellas, sin sostenerse en absoluto por sí mismas. Los diálogos son brutos en extremo, las actuaciones caricaturescas, y la inevitable explosión del volcán se demora demasiado en llegar, para después quedarse más de lo soportable. Al mismo tiempo, el inminente fin que conlleva la explosión del Vesubio nunca parece preocupar demasiado a los protagonistas, quienes insisten en perseguirse y buscar venganza, más allá de cualquier lógica.

POMPEII 03Por último, como vehículo para que Kit Harrington salte a las grandes producciones cinematográficas, “Pompeya” falla justo donde, por ejemplo, la mencionada “Game Of Thrones” ha dado en el clavo: la inteligencia. La serie ha probado que lo que finalmente mantiene el interés e imbuye de calidad al relato, no son las luchas con espadas, la magia o los dragones, sino que un entramado político complejísimo, pero que al mismo tiempo resuena en la actualidad.

“Pompeya” termina siendo nada más que una apuesta vacía, un vehículo para que un grupo de productores inviertan dinero con el fin de aumentarlo al largo plazo. Pero toda ambición de calidad, tanto por el lado de la reconstrucción histórica (porque, después de todo, ese volcán estalló y sepultó a la ciudad), como de un relato con cierto peso y atractivo, queda olvidada frente a la espectacularidad y la violencia gratuita.

Por Lucas Rodríguez

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