La Teoría del Todo

Jueves, 5 de Febrero de 2015 | 12:31 pm | No hay comentarios

Título original:

The Theory Of Everything

Dirigida por:

James Marsh

Duración:

123 minutos

Año:

2014

Protagonizada por:

Eddie Redmayne, Felicity Jones, Charlie Cox, David Thewlis, Emily Watson, Simon McBurney, Charlotte Hope, Adam Godley, Harry Lloyd, Maxine Peake, Joelle Koissi, Zac Rashid, Hugh O'Brien, George Hewer, Georg Nikoloff, John W.G. Harley

Escoger un personaje esencial de la historia reciente. Poner el foco en la etapa de su vida que lo definió. Abordar su historia con un tono tenue y amable. Tocar los temas polémicos a la rápida o derechamente evitarlos. A todo eso el cine estadounidense se ha apegado a la hora de bucear en los terrenos del biopic, siendo un deleite para la Academia cuando se hace de la manera más tradicional. La jugada se replica en “La Teoría del Todo”, película envuelta en la euforia de los Oscar, que no merecería en ningún caso tanto bullicio a su alrededor.

THE THEORY OF EVERYTHING 01Stephen Hawking (Eddie Redmayne) es un matemático y físico que cursa sus estudios de postgrado en Cambridge, donde en una fiesta conoce a Jane Wilde (Felicity Jones), una estudiante de Literatura. Al brillante joven le diagnostican esclerosis múltiple, enfermedad degenerativa que lo deja con una esperanza de vida de dos años. Sin embargo, la pareja se casa y forma una familia, dando inicio así a décadas de sobrecarga y postergación.

El filme –no se crea otra cosa- está basada en el libro “Hacia el Infinito” de la misma Jane Wilde. Es su perspectiva de los años que pasó junto a Hawking, su mirada respecto al tiempo que estuvo sosteniendo una familia completa. Lo que hace la cinta, sin embargo, no es ubicarla como protagonista. Esto escapa de ser, por ejemplo, “The Last Station” (2009), donde la atención estaba puesta en la esposa de Tolstoi. Desde un comienzo –pasando por los momentos de mayor drama-, hasta la resolución, la película no hace más que debatirse entre la fascinante figura de Hawking y el drama de su esposa.

THE THEORY OF EVERYTHING 02Pero más allá de esa indecisión, la cinta trata todo con liviandad, sin molestar a nadie, como un adolescente que no quiere ser descubierto llegando tarde. Se pasea con una parsimonia y marcha liviana, inentendibles a través de años envueltos en capas de drama. “La Teoría del Todo” es una versión edulcorada de una historia por todos los costados terrible.

La película tiene un par de actuaciones que no merece. Eddie Redmayne es el septuagésimo actor en interpretar a una persona con una enfermedad de características visibles, pero su trabajo es apreciable sobre todo por las dificultades que implica: debe adaptar cada músculo para encarnar a un enfermo de ELA, y en este caso la proeza no es simplemente bajar o subir de peso. Su trabajo no merecería el Oscar, pero se agradece que, mientras la cinta se desplaza en ese vaivén de irrelevancia, su actuación logre mantener cautivado. Por su parte, Felicity Jones, pese a no despuntar en ningún momento, no palidece ante la presencia de Redmayne.

La película transmite en todo momento la sensación de estar cuidándose las espaldas. No le interesa indagar en zonas sombrías, de la misma manera que la esposa tampoco se atrevió a ser más dura en THE THEORY OF EVERYTHING 03la novela. Que no se malentienda: no se trata de distorsionar los hechos con tal de plantear una mirada más crítica; en ocasiones sólo basta con dar más tiempo a ciertas situaciones, despojar los diálogos de frases pre-fabricadas, y privilegiar la hondura en vez del melodrama. Lo que aborda no es simple, pero su máxima es simplificar todo lo que más se pueda. Eso, pese a la paradoja de que se mueve en tres frentes: los planteamientos de su teoría, el desarrollo de su matrimonio y la lucha por su enfermedad.

Viendo las candidatas al Oscar, no se puede creer que por debajo de “La Teoría del Todo” hayan quedado inmensas obras como “Primicia Mortal” o “Perdida”. O más bien, sí se entiende: a la Academia siempre le han encantado los dramas inofensivos, blandos, digeribles y, finalmente, irrelevantes.

Por Gonzalo Valdivia

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