La Noche del Demonio: Capítulo 2

Miércoles, 23 de Octubre de 2013 | 11:15 am | No hay comentarios

Título original:

Insidious: Chapter 2

Dirigida por:

James Wan

Duración:

106 minutos

Año:

2013

Protagonizada por:

Patrick Wilson, Rose Byrne, Lin Shaye, Ty Simpkins, Leigh Whannell, Barbara Hershey, Steve Coulter, Angus Sampson, Andrew Astor, Hank Harris, Jocelin Donahue, Lindsay Seim, Danielle Bisutti, Tyler Griffin, Garrett Ryan, Tom Fitzpatrick

El australiano de origen malayo James Wan se ha despachado algunas de las pocas realizaciones encuadradas en el terror que han conseguido un vuelo sobresaliente. En concreto, son dos las que lo han encumbrado como uno de los cineastas más hábiles a la hora de aterrar a la audiencia: “Insidious” (2010) –titulada acá como “Demonio”- y “El Conjuro” (2013). Una más agitada y la otra más reposada, ambas han servido para que Wan, si bien no llegue al punto de renovar las pautas, le otorgue dignidad a un género que está por el suelo, recogiendo clichés habituales del terror de manera clara y auto consciente. Con su más reciente largometraje, secuela de “Insidious”, revela que con un material más inconsistente es incapaz de sostener la mano firme que había exhibido con sus últimos dos trabajos.

Esta segunda parte comienza inmediatamente después de la película original, con Josh y Renai Lambert (Patrick Wilson y Rose Byrne) intentando dejar en el olvido la terrorífica experiencia que vivieron. Junto con sus tres hijos, se mudan a la casa de Lorraine (Barbara Hershey), la madre de Josh, buscando tranquilidad. Lo que ignoran es que este cambio de hogar no hará que los sucesos sobrenaturales dejen de azotarlos, puesto que están más ligados al mundo de los muertos de lo que se imaginan.

El que la historia se instale temporalmente adyacente a la anterior, hace que sea vital ver la primera, sobre todo porque una de sus aristas se concatena directamente con lo antes narrado. En su afán por alejarse y no ser una mera repetición de forma y fondo de lo ya contado, arriesga no poco. Lo que la película hace es intentar expandir sus límites narrativos, determinación que tiene perjudiciales consecuencias. Específicamente, esquiva la idea de ser otra cinta sobre casa embrujada y divide la acción en dos escenarios, repartiendo también el protagonismo entre sus personajes. La historia progresa, se va complicando y se suceden un cúmulo de soporíferas explicaciones. Esta apuesta, lejos de hacerle un favor, ocasiona que la tensión se diluya bastante a medida que avanza. En definitiva, se propone una historia intrincada que termina atentando contra una importante porción de suspenso y sorpresa.

Su predecesora tampoco es que fuese un canto a la minuciosidad, pero la historia estaba bien acotada y era guiada con sobriedad por James Wan. Aunque no se puede negar que también recurría al golpe de efecto, lo cierto es que lo empleaba de manera atinada durante buena parte de su metraje, mientras que acá está suministrado a tontas y a locas, ni siquiera teniendo el mínimo cuidado con los cortes. En el escenario que más palidece esta secuela es si se le pone frente a “El Conjuro”, la consumación de este joven talento. Una apuesta cuidada, que se daba el tiempo para sembrar cuidadosamente el miedo, se amparaba en la afinación de sus recursos para crear una atmósfera atemorizante y no estaba tan subordinada a las formas más banales que existen para hacer saltar. Puestas a comparar, “La Noche del Demonio: Capítulo 2” es un ejercicio light y descompensado.

Llevada por caminos poco inquietantes y atada a decisiones carentes de sazón, esta cinta por ahora es la última apuesta de Wan en el género, ya que ahora se encuentra abocado a la saga “Fast & Furious”. Un realizador capaz de brindarle decencia a un tipo de cine alicaído, que una eterna lista de profesionales ha devaluado hasta límites vergonzosos. El tipo no ha inventado la pólvora, pero al menos con un par de sus películas ha honrado la vertiente clásica del terror. Por ello es que sorprende tanto que se despida con un producto tan vulgar como este, para nada digno de un director de sus pergaminos.

Por Gonzalo Valdivia

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