Hombre Irracional

Jueves, 3 de Marzo de 2016 | 1:49 am | No hay comentarios

Título original:

Irrational Man

Dirigida por:

Woody Allen

Duración:

95 minutos

Año:

2015

Protagonizada por:

Joaquin Phoenix, Emma Stone, Jamie Blackley, Parker Posey, Ethan Phillips, Julie Ann Dawson, Mark Burzenski, Gary Wilmes, Geoff Schuppert, David Pittu, Steven Howitt, Kaitlyn Bouchard, Ana Marie Proulx, Kate McGonigle, Tamara Hickey

Ser mujer, no altamente intelectual y público de Woody Allen parece ser una ecuación improbable. De haber una excepción, correspondería a aquella persona que está dispuesta a presenciar espectáculos que, no con mucha sutileza, denostan el género femenino y que parafrasean un racimo de bibliografía que demanda una riqueza literaria superior al promedio –o mejor dicho, que alardea de leer mucho con el tonito elitista de ese que se toma un café en Starbucks con un Heidegger en mano–. De ahí la gigantesca falta de sorpresa al tener que toparse otra vez con lo mismo.

IRRATIONAL MAN 01Reconocido por sus lúgubres escritos y rumores sobre su vida privada, el profesor de filosofía Abe Lucas (Joaquín Phoenix) llega a una universidad a hacer clases. Ahí se involucrará con una alumna y una colega, sin embargo, será un homicidio el que inesperadamente dará un vuelco en la vida de todos.

Cuando Abe le comenta a Jill (interpretada por Emma Stone) que la mujer existe a expensas del hombre y ella sin más concuerda, el cuento se transparenta. La autoría de Allen se olfatea en todas sus películas, pero a ratos se llega a visualizar; a tocar. Su lente de imperceptible no tiene nada. Él revolotea todo el tiempo, dejando la estela de su perspectiva personal de la vida, haciendo sombra. “Hombre Irracional” es un ensayo filosófico kantiano auto-indulgente; una entre varias obras que plasman tanto la virtud de su creador para echar a andar historias, como sus fetichismos instigadores de arqueos de cejas.

Un atribulado sujeto en posición social de privilegio (tremenda novedad, ¿o lo es?) se involucra con una mujer que lo deslumbra y confunde, y entre medio se desencadena uno que otro enigma, cuyas profundidades se nutren de referencias artísticas que tendrán a los lectores de elite viendo estrellas. Descripción que no sólo se ajusta a esta última producción, y es que el estadounidense ha perfilado un espectador objetivo exigente que a estas alturas le debe demandar ejercicios de analogías cultas, casi como manteniendo una broma cómplice que se retoma film tras film. La omnipresencia de IRRATIONAL MAN 02Dostoievski continúa, en una saga que todavía no se agota; Allen es su adherente estrella, embajador del estudio de sus obras, en específico “Crimen Y Castigo”.

Eminentemente es un cuestionamiento respecto a la existencia de la casualidad y el forjamiento de nuestro propio destino. Abe es un hombre desencantado, pero porque sabe demasiado, ha racionalizado todo, y por tanto ha perdido el goce que otorga la dulce mundanidad. Juega a la ruleta rusa como quien juega a las bolitas, haciendo hasta de su posible suicidio un asunto ensayístico: no es que quiera morirse, pero tampoco le importa demasiado si el gatillo dispara, y de paso explora la incidencia de la chance. Entonces, en términos de texto –literalmente de guión–, la cinta es por cierto un interesante desarrollo existencialista. Allen se desliza con soltura en esa categoría, sabiendo introducir a los personajes para luego generar un desafío a través de un siempre atractivo incidente incitador.

Pero es mezquino, y ostentoso. Incluso dejando de lado la pobreza del despliegue audiovisual a nivel de concepto, que es sin duda la debilidad recurrente del realizador aunque él esté consciente y apruebe de aquello, el problema es que se embelesa tanto con esas discusiones académicas, que lleva a cabo con sus espectadores inteligentes (de los cuales una minoría deben ser féminas, porque quién tiene estómago para su sexismo) que descuida la construcción de la historia. Es, Allen, un profesional IRRATIONAL MAN 03capaz de dotar de encanto relatos de complejidad pesada, que en vez de transformar sus trabajos en manuales para tontos, les otorgan una segunda lectura que les enriquece mucho más. Aquí, no obstante, simplemente se agarra de esa extrañeza innata de Phoenix y su nueva adoración que es Emma Stone, los pone en escena como títeres y los usa como dispositivo. Sus presencias son una excusa; transportan el mensaje en lugar de interpretarlo.

Desaprovechar a Phoenix es un pecado mortal: para que su actuación no sea más que circunstancial, pensando en un actor cuyo rango de capas sólo es comparable a los Hoffman y Day-Lewis, algo mal se tuvo que haber hecho. Arranca prometedora, como todo lo del director, pero pronto se estanca en la complacencia de los pensamientos propios de Allen que hacen rodar los ojos, y se diluye. A diferencia de sus buenas películas, la recepción positiva de esta solo puede adscribirse dentro de su pandilla defensora, que de todas formas es amplia.

Por María José Álvarez

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