
Hollywood ha vuelto moneda de cambio a sus leyendas, y ha terminado por quitarle sus encantos a uno de los pocos mitos que quedaban en el cine norteamericano. Porque el caso de la última película de la saga de Hannibal Lecter, “Hannibal: El origen del mal”, resulta un paradigma de la industria. Las secuelas y presecuelas que terminaron degenerando a un personaje enorme.
Primero que todo, porque el estatus de criminal de salón queda desmitificado. Entre otras cosas – ya que a fin de escarbar en su origen – el guión ha prescindido de la acostumbrada frialdad del personaje. Ahora, que más que mostrar busca demostrar la tesis del trauma. Ya que más humano de lo esperado, Hannibal Lecter reaparece consumido por la venganza, el dolor, la soledad y la suma de ingredientes que, a esta alturas, ya son un tópico a la hora de concluir en los elementos que dan origen a una personalidad sociópata. Es que, con un talante que en nada tiene que ver con sus anteriores versiones, de adolescente resulta mucho menos intrigante, sofisticado y más parecido a criminal que a un intelectual. No tan refinado y sin un ápice de su ironía. Mucho más cerca del final de un mito que de sus inicios.

Una personalidad que se origina en un ambiente familiar destruido por la segunda guerra mundial. Y donde, curiosamente, el mal queda relegado a un caso psicológico. Histórico si se quiere. Cuando el adolescente, ya becado en la facultad de medicina busca a los asesinos de su hermana, aquellos que los tomaron de niños como rehenes durante la guerra, luego de haber visto como asesinaban a sus padres. Atormentado por el recuerdo. Sin duda un trauma difícil de superar pero que, en cualquier caso, no satisface el desarrollo del personaje.
Pareciera que el mito acabó. O que por lo menos acabó mal. Porque parte del encanto del famoso caníbal estaba en su sangre fría, así como también en los aciertos de “El silencio de los inocentes”, del director Jonathan Demme. Si se quiere, el caso, tiene un origen más que razonable, pero de sobremanera obvio. Del que se hace arte y parte una actuación que cae en los lugares comunes. Sin las sutilezas y matices del personaje original. Con la consecuente espectacularización de una cinta notable. Y de un personaje aún mayor.

La factoría norteamericana, sin duda, hizo mella, donde las actuaciones restan. Porque, pobre por sobre todo, el guión resulta menor para las características del protagonista. Una cinta donde el director, Peter Webber, no ha sabido generar suspenso. Y con una cámara que en nada aporta, y dónde los primeros planos – a la orden del día- son más efectistas que efectivos. Con la clara idea de que la imaginación quede supeditada a imaginar lo que las tomas nos muestran. Si por factura mal, por historia peor. Pues esta última entrega de la saga sólo contribuye a caricaturizar a uno de los personajes más perturbadores del cine norteamericano.
Por Maximiliano Villena
Director: Peter Webber
País: EE.UU., Reino Unido, Francia
Duración: 117 minutos
Año: 2007
Reparto: Gaspard Ulliel, Gong Li, Rhys Ifans, Kevin McKidd
9:42 pm (10-07-2008)
no me gustó para nada esta película =/…