El Secreto de Albert Nobbs

Jueves, 15 de Noviembre de 2012 | 9:00 am | No hay comentarios

Título original:

Albert Nobbs

Dirigida por:

Rodrigo García

Duración:

113 minutos

Año:

2011

Protagonizada por:

Glenn Close, Mia Wasikowska, Aaron Johnson, Jonathan Rhys Meyers, Brendan Gleeson, Maria Doyle Kennedy, Janet McTeer

Las obras de arte son momentos de perfección que escapan del control del autor y toman vida más allá de cualquier preparación, consideración o planificación. A pesar que son un mito generalizado los “golpes de suerte”, sin la necesaria pericia, experiencia y, por sobre todo, preparación, es imposible dar con un buen producto final. Por otro lado, buena parte del valor del arte está en aquello que se escapa, que no se planificó, que desbordó la creatividad del artista y simplemente surge frente a los ojos del espectador. Sólo los grandes han logrado un equilibrio entre el control absoluto de toda la elaboración de una película y la necesaria improvisación, ese rayo de luz que dota de vida al arte. “El Secreto de Albert Nobbs” exagera en la perfección, sobre todo en la interpretación, y con eso se vuelve una película sin alma, donde la cuidada y precisa factura, atenta contra la empatía e identificación necesaria con el espectador.

Albert Nobbs (Glenn Close) es un reservado mayordomo en el hotel Morrison de Dublín; atento, eficiente y que cumple su trabajo sin quejarse. Con el dinero de las propinas pretende, algún día, comprar una tienda e independizarse, y quizás por fin lograr ser quién realmente es. Porque el señor Nobbs guarda un secreto: desde su adolescencia que se disfraza de hombre para así trabajar y sortear los maltratos y humillaciones que sufren las mujeres en la Irlanda del siglo XIX. Pero esta mascarada entra en crisis cuando la dueña del hotel (Pauline Collins) obliga a Nobbs a compartir cuarto con el pintor de brocha gorda Herber Page (Janet McTeer), quien descubre su verdadera condición. Por otro lado, Nobbs intentará convencer a Helen (Mia Wasikowska), joven camarera del recinto donde trabaja, de contraer matrimonio, pero ella se niega por mantener un romance con Joe (Aaron Johnson), el chico de los mandados.

Estamos ante una película de factura impecable, con actuaciones notables, que valieron dos nominaciones al Oscar 2012, a la protagonista Glenn Close y a Janet McTeer como actriz de reparto, respectivamente. El guión, basado en una obra del autor irlandés George Miller, fue adaptado por la misma Close, quien también participó en la producción. No hay objeciones que agregar en ningún sentido. La historia es novedosa, pese a que la premisa se dispare en los pies al revelarse demasiado temprano. Pero no es ahí donde está puesto el acento ni el conflicto. Lo importante no está en el engaño levantado por Nobbs para proteger su verdadera condición, sino en la imposibilidad de encajar en una sociedad que al parecer valora la mentira y la careta, y que las valida con injusticias de las que nadie puede escapar. Por eso que este mayordomo jamás logra concretar su liberación, está demasiado apresado en el engaño, tal como todos los demás personajes.

Albert Nobbs no encaja en este mundo. Más que un travestido, el personaje es completamente asexuado, en parte por años de represión, para así dotar de consistencia la treta que le permite vivir como hombre. He ahí su mayor conflicto, y también lo que impide que el público pueda conectar con él y su derrotero. La interpretación de Glenn Close es tan perfecta que se vuelve impenetrable. Nobbs no puede entender cómo otra mujer, que finge ser hombre igual que él, esté casada. Tampoco puede comprender como Helen prefiere la incertidumbre económica y emocional que le entrega Joe, en comparación con la oferta de matrimonio y una tienda que varias veces le propone. Si para Albert es imposible empatizar con las emociones y las pulsiones sexuales de ellos, tampoco nosotros podemos compartir sus dramas.

“El Secreto de Albert Nobbs” se perfila, de esta forma, como una película impecable, sin errores de forma, con una escenografía cuidada y precisa, unas actuaciones secundarias solventes y una intérprete protagónica rozando la perfección. Lo lamentable es precisamente eso: que al querer ser tan perfecta termine siendo una propuesta sin alma, demasiado pretenciosa, de esas cintas que sólo buscan el reconocimiento de los festivales y estatuillas varias. Por eso, el único instante donde el rostro entumecido de Nobbs se quiebra y llora, es el más valioso del metraje, es ahí donde ella se da cuenta de su maldición, y el espectador puede presenciar que, más que lograr la perfección, es el accidente de la emoción la que aporta vida a la obra.

Por Juan Pablo Bravo

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