
A todos los que reconocíamos el talento de Michael Douglas, nos agradó su manera de seleccionar roles a fines del siglo pasado. Pasó del cliché de hombre rudo y/o el de galán, a sumergirse en la arriesgada apuesta de los personajes ‘perdedores’. Como olvidar su magnifica interpretación del profesor Grady Tripp en “Fin de semana de locos” (Wonder Boys, 2000) y, el mismo año, la del empleado gubernamental anti-drogas en “Traffic” de Steven Soderbergh. El actor estaba creando una interesante tendencia. Pero comenzó a tropezar de bodrio en bodrio, sin dar en el clavo –artísticamente hablando- hasta ahora… quizás.
Miranda (Evan Rachel Wood) es una muchacha que se las ha sabido arreglar para vivir sola luego de la muerte de su madre y del encierro de su padre en una institución mental. La cinta comienza cuando, su progenitor (Michael Douglas), ha sido dado de alta y se muda con ella. No pasa demasiado tiempo para que el desaliñado hombre desordene la rutinaria vida de su hija intentando convencerla de que le ayude a encontrar un tesoro del siglo XVII enterrado en algún lugar de California.
A simple vista resalta el parecido argumental con la archiconocida obra de Cervantes “El Quijote de la Mancha”: un hombre que tiene todo en contra, desea conseguir sus sueños por imposibles que sean, pero que sabe no puede lograrlos sin la ayuda de un Sancho. En este caso el Quijote es el personaje de Douglas y su hija su panzón acompañante (aunque ella no tiene nada de panzona, por el contrario es muy guapa), sin embargo, la historia carece de la profundidad de la obra del ibérico escritor y, muy a mi parecer, esto se debe a que la estructura de la película se desarrolla dentro de la plantilla de las últimas entregas del cine indie.
Algunos ejemplos son “Little Miss Sunshine” o “Juno”, entre otras, las cuales por ningún motivo se podrían catalogar como mediocres o malas, pero que obedecen a ciertas ‘reglas’ que caracterizan a este tipo de cine y que, indefectiblemente, en algún momento se agotará.
Por otro lado, es muy agradable de ver, sustentándose en el carisma e interpretaciones de su elenco, con una notable química entre sus dos protagónicos y, principalmente, en la brillantez de Michael Douglas. Su director, que debuta en largometrajes, Mike Cahill, desarrolla un correcto trabajo de cámara y endulza la narrativa con una cuidada selección de la música.
No obstante, hacia el final hay tremendos vacíos en el guión y cierto grado de melodrama revestido de melancolía, pero en definitiva, “El rey de California” es una buena película, la cual logra por momentos tocar nuestros sentimientos, obteniendo sus mejores peaks en unos muy adecuados flashbacks, los cuales nos sumergen en las motivaciones originales de los personajes.
Se me olvidaba algo: lo peor de la película son las burdas tomas del personaje de Douglas tocando el contrabajo. Menos mal que el tipo sabe actuar.
Por Homero
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