El Reencuentro

Jueves, 3 de Agosto de 2017 | 12:10 am | No hay comentarios

Título original:

Sage Femme

Dirigida por:

Martin Provost

Duración:

117 minutos

Año:

2017

Protagonizada por:

Catherine Frot, Catherine Deneuve, Olivier Gourmet, Quentin Dolmaire, Mylène Demongeot, Pauline Etienne, Audrey Dana, Marie Paquim

La amistad entre mujeres siempre es buena en una sociedad globalmente machista que impulsa a competir en vez de compartir con la otra. Aunque huela a cliché, es importante entender que culturalmente el género femenino fue puesto de forma arbitraria en desventaja y, por ende, propagar la solidaridad entre ellas está lejos de dejar de ser una necesidad. Conforme avanzan los tiempos, los medios se han volcado hacia lo que no debería ser una tendencia, sino un entendimiento instaurado. Mujeres comprendiéndose unas a otras como tópico nunca debería saturar, concedámosle la convicción a Almodóvar.

Claire Breton (Catherine Frot) trabaja de matrona, vive sola y en sus ratos libres jardinea. Su poco apasionante vida personal es interrumpida cuando la ex pareja de su padre, Beatrice (Catherine Denueve), regresa tras años alejada sin explicación. Enferma terminal, Beatrice sólo quiere hacer las paces con Claire, a quien quiere como hija.

Solemos encontrar la adultez en la pantalla ya sea como los padres secundarios, o como protagonistas en toda comedia o tragedia. En cualquier caso, en la generalidad de la ficción cinematográfica el adulto es despojado de su total dimensión, y negar que esto responde a un asunto estético –que por extensión se asocia al interés publicitario– es vendarse los ojos a propósito. Este es uno de los valores de “El Reencuentro”: retratar cotidianamente una etapa de la vida que el cine descuida por debajo de las infinitas posibilidades que ofrece un personaje que goza de juventud. Lo que hizo Sebastián Lelio en “Gloria” (2013), por ejemplo, pero sin una protagonista forzosamente desbandada.

Su director, Martin Provost, ha hecho carrera internándose en el universo femenino, y específicamente aquel de la mujer francesa con trayecto recorrido. De nuevo sin martirizar ni enemistar a sus heroínas, Provost esta vez recluta a dos íconos galas como son Frot y Denueve, y se apoya en la magia de su experiencia para echar a andar la cinta. Cómo no, ninguna decepciona: Frot personaliza a una muy creíble dama de clase media, estoica y con el cansancio de una trabajadora madre soltera en los ojos, mientras que Denueve se empodera del epítome de la francesa bohemia magnética. Enfrentadas en el encuadre, las dos son solidarias con la otra, retroalimentándose para el goce del espectador –crédito que comparten con Provost–.

Lo que narra, en resumidas cuentas, es la historia de dos mujeres solitarias que se necesitan a pesar de sus estratosféricas diferencias, pero no como una necesidad constreñida ni tortuosa, sino todo lo contrario: les hace bien. Esta lectura se comprende, sabe dulce y emotiva, y por supuesto que el desempeño de las actrices juega un rol preponderante. No obstante, este material –que es rico– se siente algo insuficiente en retrospectiva. Es como si esta última visita de Beatrice se sintiera tan alentadora y efímera como Claire la siente; se agradece y disfruta, pero no deja de ser incompleta.

Notables son las escenas de parto; tan viscerales como conmovedoras, dualidad que justamente compone la perspectiva que el realizador propone detrás de la cámara y sala de montaje. Son planos de duración justa, que enseñan lo suficiente para estremecerse un poco para luego continuar. La poética contraposición entre la vocación de dar vida de Claire y los años que ella desperdició estancada en su vida privada se enfatiza con el arribo de su madrastra, que coincide con la aparición de un interés romántico y su transformación en abuela. Sin embargo, esto no pareciera dar la vuelta completa y adhiere a la sensación de sabor a poco. Es que la constante inclusión de los nacimientos genera la falsa sospecha de que algo concreto ocurrirá al respecto en algún punto del filme; es válido que cumplan una función netamente alegórica, pero cuando ya son más de tres escenas que narran lo mismo, el recurso pasa del aporte a la redundancia.

“El Reencuentro” fluye, de todas maneras. Para ser un relato doméstico, centrado en las relaciones humanas en vez de grandes acciones, se mantiene fresco gran parte del metraje y sólo hacia el término tiende a desinflarse. De todas, lo anterior es la principal debilidad de la película: su final excesivamente ligero. Quiere conmover, pero no se hace cargo de la pobre expectación que construyó antes, entonces queda un camino monótono que se cierra sin más. Falencias honestas que conviven con una bella historia.

Por María José Álvarez

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